Goma de borrar
 
lunes, agosto 15, 2005
EL SUJETO ENCERRADO ALLÍ

por Efraim Medina Reyes


La novela de Harold Brodkey, Esta salvaje oscuridad, subtitulada La historia de mi muerte, es, por exacta lógica, una de las más vitales que haya leído en mi vida. Cada línea sucumbe al ansia sobrehumana del escritor por exprimir al máximo ese conteo regresivo. Desde las dos primeras palabras: Tengo sida, Brodkey nos informa que la retórica no tiene cabida en su texto. Pero no vayan a creer por eso que se trata de un panfleto lloroso, Brodkey la escribió con toda la franqueza, crueldad y desesperación posibles. La carga emocional párrafo tras párrafo no da tregua, ni una línea se desperdicia porque quien la escribe sabe que puede ser la última. Uno lee y queda atrapado sólo que esta vez no hay trucos ni sorpresas, el sujeto encerrado allí está diciendo la jodida verdad y la verdad, como todos sabemos, es una joya terrible que no hace concesiones. Pero para un escritor, y Brodkey es de los mejores que han existido, la verdad es sólo una parte. Mucha gente en el mundo tiene sida pero eso no significa que escriba novelas extraordinarias. La verdad es el punto de partida, la apuesta esencial, sin ella ninguna literatura importa. Ella sostiene y justifica el artificio. Brodkey sabe que va a morir, de hecho murió, pero no cede un ápice en su intención de tejer en forma perfecta esa agonía. No quiere compasión ni distancia, exige entrar con él hasta el borde mismo de esa salvaje oscuridad.

La primera obra de Brodkey se publicó en 1954, se trataba de una colección de relatos que tituló Primer amor y otros pesares; entonces tenía 24 años y no le dolía un hueso, pero aquellos exquisitos relatos que sedujeron a John Cheever, tenían la extrema franqueza y honestidad de su última novela. La literatura contemporánea, que podría prescindir de tantos escritores, no sería la misma sin Brodkey.

Creo que precisamente eso que prima en Brodkey, y en todo escritor que valga la pena, es lo que falta a menudo en la nueva literatura latinoamericana. Muchas veces leer a mis contemporáneos me resulta un fastidio, no se trata sólo de las pretensiones, los lugares comunes y el oportunismo de las historias: es algo peor, es sentir que son escritores de juguete. No hay pasión ni compromiso en ellos y me refiero al compromiso visceral, emocional e intelectual que debe haber entre el escritor y lo que escribe. La mayoría de nuevos escritores latinoamericanos tienen una idea casi suntuaria de la literatura, lo que escriben no pesa, no significa un pito. Obvio que cada quien tiene sus propios intereses y temas para abordar, lo triste es convertir la literatura en una fórmula. La literatura debería ser una experiencia única, cada libro que escribimos debería llevarnos al borde del delirio, abrir nuestra mente, estremecer los cimientos de nuestras convicciones y no creo que esto se logre haciendo astrología o pasando noticias y desgracias ajenas a formato de libro. Los temas de la literatura son infinitos, Ray Bradbury, por ejemplo escribió sobre marcianos. Sin embargo, los marcianos de Bradbury son más intensos, reales y vecinos a nuestro vértigo que tantas historias y personajes de la nueva literatura latinoamericana. Y es que Bradbury no usó a esos marcianos como truco publicitario, ellos le sirvieron para retratar en forma espléndida lo deformes, feroces y egoístas que somos los seres humanos. Y si son tan creíbles esos marcianos es porque están hechos de la fibra íntima de Bradbury. El escritor y sus criaturas son caras de la misma moneda. Nadie te pidió escribir, cuando se toma esa decisión se asumen todas las consecuencias que entraña. Escribir es un acto personal, un secreto que deseamos compartir con el resto del mundo así que no deberíamos quejarnos cuando ese mundo nos pida cuentas. La literatura es un arma poderosa que debe estar a favor de la vida, debe arriesgarse, debe intentar ir más allá de los cócteles y de los pequeños círculos aduladores. Como decía Capote, hay grandes diferencias entre escribir y escribir de verdad. Me decepciona ese tipo de escritores que hacen carrera imitando la literatura, esos inexpresivos cronistas de lo inmediato y peor aún los falsos gurúes. Pensar que fábricas de mierda como Pablo Cohelo, JK Rowling o Dan Brown tengan algo que ver con la literatura es una imperdonable estupidez .

Está claro que el negocio de las editoriales es vender libros pero, aunque algunos editores no logren captar la sutil diferencia, los libros no son papas fritas. Está claro que escribir es un oficio y tener lectores más que una ambición es una necesidad. Otra cosa es rebajarse, como ese saco de mocos llamado Isabel Allende, a escribir novelas por encargo. Odio ese tipo de gente, no puedo evitarlo. Me gusta escribir porque me ayuda a sobrellevar mis taras y encontrar algo de belleza en este bosque automático donde existo. No empecé a escribir, y jamás lo haré, porque pensara que podía ganarme la vida con esto. Escribir fue la única cosa que tuve cuando no tenía nada, escribir me salvó la vida y logró que aceptara ser esta maldita cosa que soy. Respeto este oficio, he leído a grandes escritores y sé que las bibliotecas del mundo están repletas de libros valiosos que no alcanzaré a leer, por eso detesto a quienes pierden el tiempo leyendo mierda de fábrica. No tengo nada contra el dinero; si pudiera compraría un yate de lujo para que lindas top models divirtieran a mis amigos, pero no voy a vender el alma por eso. He peleado duro para conservar mi dignidad y quiero morir con ella.

Un escritor está solo frente a su criatura, él debe ser su crítico más eficaz y despiadado. Afuera sólo se trata de vender y si vendes tendrás el abrazo del editor y el apoyo de los medios masivos de comunicación. Para los medios es fácil crear fenómenos, día tras día ellos pueden inflar a cualquier mamarracho y convertirlo en estrella. Miles de personas comprarán tu libro pero debes tener claro que no siempre ser vendido significa ser leído y que los tinacos de basura se llenan cada hora de libros inútiles. Tampoco se consigue mucho intercambiando opiniones con otros escritores, a la mayoría sólo les interesa lamerse el culo mutuamente. Quien los critique en serio se convertirá de inmediato en su enemigo. Por eso hay que afinar bien la autocrítica y recordar que la autocrítica es una función delicada; cualquier premio o sobredosis de halagos pueden averiarla y ya sabes que los premios son como el pescado para la foca amaestrada. Leyendo a ciertos escritores de nuestra más reciente literatura uno puede saber los estragos que causa tener averiada la autocrítica. He perdido amigos por expresar mi opinión de forma sincera y algunas veces me han dicho que debería sólo sonreír y seguir la corriente, pero no puedo. Fui educado por una madre recia y honesta. Ella siempre dice que no se trata de tener muchos o pocos amigos, basta que sean amigos de verdad.

Sin duda hay expectativas en Europa por la nueva literatura latinoamericana pero eso no significa que será fácil abrirnos espacio. Allá, como en cualquier parte del mundo, todo va rápido y pasa pronto. Estuve buscando en librerías de Barcelona, París y Milano a escritores latinos que, según los medios, estaban de moda en el primer mundo y no los encontré. Miles de libros cada día desplazan a otros en los estantes y mostradores de esas librerías. O vendes o te jodes es la ley del mercado. Bajo esa ley convertirse en moda es como tomar las medidas de tu propio ataúd. Sabemos que nuestros medios no cesarán de convertir a cualquier ciclista, conductor de autos o cantante de tercera en símbolo nacional: es la forma como ablandan nuestros cerebros y nos obligan a comprar porquerías. Lo mismo puede pasar con los escritores aunque espero que nosotros seamos capaces de tener la mínima ética para evitarlo. Se supone que debemos ser una especie de reserva moral en nuestras abatidas sociedades y para ello debemos tener los pies en la tierra. Aceptar la crítica no es fácil pero negar que somos eso que nos critican puede ser peor. Creo que toda crítica sea positiva, negativa o incluso injusta debe ser bienvenida y que necesitamos que esos críticos se multipliquen y sean aún más severos. Nuestra medida no pueden ser los medios ni los halagos gratuitos. No debemos olvidar que el objetivo de los premios que convocan las editoriales es la promoción gratis e indiscriminada. El escritor está solo frente a su criatura y no puede permitirse engaños.

Debido a que el éxito de nuevos escritores en nuestros países no va acompañado de un considerable aumento de lectores, y que es criminal la existencia de millones de analfabetas básicos y funcionales, se hace necesario redoblar los esfuerzos en ese sentido. En la Costa Atlántica colombiana viven alrededor de diez millones de personas y sólo existen ocho librerías, ¿se imaginan las posibilidades que tiene un libro de encontrar su lector allí? Creo que las editoriales deben pensar más en el lector y no reducir su impacto a los premios y las reseñas; utilizar mejor el espacio virtual, bajar los precios y realizar ventas de bodegas más a menudo, abrir librerías y hacer campañas de difusión en las regiones más apartadas. Más que producir y producir escritores tenemos que formar lectores, un libro sin lector no pasa de ser un objeto triste e inútil. Me siento afortunado al saber que he vendido más treinta mil ejemplares de mi primera novela en Italia y que pronto estaré también traducido al alemán y francés. Pero me amarga la idea de que miles de colombianos, con quienes quisiera compartir esas historias, ni siquiera sepan leer. Más que de los escritores y críticos, el futuro y la calidad de una literatura debería estar en manos de los lectores. Necesitamos crear lectores, lectores con rigor que marquen la pauta. Mientras no existan esos lectores los medios impondrán su mediocridad hasta hacernos creer que farándula y cultura son la misma cosa.

Leyendo a Harold Brodkey y también a Stefano Benni he sentido que otra de las debilidades de nuestra nueva literatura es la escasa formación intelectual: los jóvenes escritores no leen, escriben. Peor aún: no escriben, publican. Si los editores, y sus lectores de confianza, no hacen de filtro y publican cada cosa ?vendible? que les va llegando, no sólo van a llenar el mercado de libros flojos si no que arruinarán a esos escritores por falta de exigencia. No basta sentarse y escribir la primera tontería que se te venga a la cabeza, un libro debe representar y significar algo. Muchos escritores consagrados como Vargas Llosa, García Márquez o Saramago, que hicieron valiosos aportes a la literatura, son hoy momias sagradas que publican libro tras libro amparados más en la técnica que en la pasión. Los escritores piensan que deben escribir hasta la muerte y terminan repitiendo el consabido sonsonete o haciendo investigaciones históricas para adaptarlas a su molde literario. Por eso me gusta Stefano Benni, este curtido escritor italiano sigue teniendo el fuego inicial y buscando la belleza y la verdad que esta entraña, sigue creyendo que cada palabra cuenta y sigue siendo tan personal como la primera vez. Quizá soy un poco obsesivo en esto, pero creo que el papel de un escritor, sobre todo en nuestros países, no puede limitarse a las revistas de farándula y las entrevistas en la tele. Hay una función social que cumplir y esa función exige experiencia y conocimiento. Basta conversar un poco con ciertos escritores para entender que sus libros sean tan blandos y gratuitos. Algunos hasta tienen fluidez y habilidad, pero no hay que olvidar que Corín Tellado y Danielle Steel también son hábiles y fluidas. En este oficio la fluidez no es un atributo sino una condición, condición que debe estar respaldada por ideas y argumentos y, sobre todo, por la voluntad de crear situaciones y conflictos que aporten algo al invisible lector.

Parece ser que en cada uno de nuestros países hay nuevas figuras literarias, y que esas figuras empiezan a tener la atención de los medios y por ende a ser reconocidas dentro de su ámbito. Lo extraño, que no es nada extraño, es que más allá de cada país somos desconocidos. Y no es nada extraño porque aún compartiendo fronteras y todo un bagaje cultural y étnico, aún teniendo los mismos líos, nuestras relaciones suelen ser distantes e incluso hurañas. Sólo hasta que España u otro país del Primer Mundo otorgan su aval, empezamos a ser aceptados por nuestros vecinos. Eso, por desgracia, no es un problema exclusivo de la literatura, ocurre en todos los órdenes. Nuestro distanciamiento, aparte de absurdo, tiene consecuencias fatales desde todo punto de vista y nos hace presa fácil ante los mezquinos intereses de ese Primer Mundo. Sería estupendo que la literatura, como ya lo hizo en otras épocas, ayudara a reducir esas distancias. Si por ejemplo, las nuevas generaciones de colombianos, sólo vamos a ser representados y conocidos en el espacio continental y mundial por Juan Pablo Montoya, Shakira, Juanes o alguna telenovela, estaremos jodidos. La literatura implica, aún en el peor de los casos, un conocimiento mucho más hondo de país y cultura que el pretendido por cualquier mamarracho creado por los medios.

Creo que cada escritor tiene un compromiso con la literatura, el mismo que tuvo Harold Brodkey y tiene Stefano Benni, el mismo que han tenido tantos a través de la historia. Brodkey logró hacer una novela estremecedora sobre su experiencia como enfermo terminal, y mucho antes había escrito obras de igual factura sobre las diversas etapas de su vida. Pero esas obras no sólo retratan la vida y visión personal de Brodkey si no todo un contexto humano, político y cultural que deja al descubierto las enfermedades del grande imperio norteamericano. Me parece muy bueno que logremos abrirnos espacio en Europa y el mundo, que tengamos la atención de los medios y cada vez más lectores, pero por deslumbrante que sea el talento y el éxito de un escritor, su compromiso más importante sigue siendo la verdad.

posted by Mori Ponsowy at 5:22 p.m.

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Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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