Goma de borrar
 
jueves, septiembre 29, 2005
Annabel Chong: alias Supercuca

Por Efraim Medina Reyes

Día y noche los hombres se matan unos a otros en nombre de los más disparatados fines; las ambición de poder y riqueza parecen llevar la delantera. Sin embargo, lo que hay en el fondo de toda guerra o en cualquier anhelo de paz es una suave, acolchonada y peluda cuca. Los hombres hablan de bondad, honestidad y justicia porque se saben crueles, traidores y mezquinos. Recurren a la fuerza porque se sienten débiles y desconfian hasta de su propia sombra porque en realidad nunca han dejado de ser un montón de pequeñas y bulliciosas criaturas perdidas en esa enorme cuca sideral que es el universo. Para nadie es un secreto que debido a una cuca nos echaron del paraíso, quizá por eso nuestro único contacto con el paraíso sigue siendo una cuca. Por eficaz que sea la clonación, y otros futuros inventos de la ciencia en su estúpido afán de traer aún más gente a este mundo, dudo que exista algo más seguro y divertido que aterrizar desde una cálida y respetable cuca materna. A diferencia del sexo másculino cuya mecánica es obvia y en extremo pretenciosa, la cuca es un océano de misterio. A una mujer le bastan tres o cuatro sacudidas para borrar la arrogancia del más macho, en cambio no existe todavía un hombre capaz de colmar las expectativas que encierra hasta la más tierna y delicada cuca. Aunque contar sus hazañas con las mujeres sea un deporte muy común entre los hombres y la mayoría crea que tener esposa, dos amantes y revolcarse de vez en cuando con una puta los convierte en verdaderas máquinas sexuales la verdad es que frente a la cuca la tenemos perdida. Y si por tirar con dos o tres mujeres al tiempo o echarse cinco polvos en una jornada algunos se ufanan y exigen diploma como sementales hay que recordarles que en 1995 una diminuta y frágil mujer se embocó a 251 tipos, de todos los estilos y tamaños, en menos de diez horas imponiendo con ello una marca mundial de la especialidad y ganándose un merecido espacio en el Record Guinness. Annabel Chong, la autora de dicha proeza, nació en China y creció en Singapur. Su verdadero nombre era Grace Ouek; siendo una adolescente se trasladó a Londres para estudiar flisofía y derecho, sus profesores dicen que fue una estudiante brillante hasta que una noche una pandilla la secuestró y la retuvo en una bodega donde fue violada hasta el amanecer. En su declaración a la policía Annabel contó que la habían ultrajado nueve hombres y mientras lo hacían alardeaban de su virilidad y la llamaban “zorra amarilla�. Al poco tiempo abandonó la universidad e inició una carrera como actriz porno que la llevaría después a Estados Unidos donde se convertiría en la reina del gang-bang (*) y, como ella misma ha declarado en varias ocasiones, un símbolo del movimiento feminista. En una entrevista, previa al encuentro con los 251 voluntarios, Annabel dijo que hacía aquello para “Mostrar el lado más agresivo y politicamente incorrecto de la sexualidad femenina�. Y luego agregó: “No soy una puta, disfruto lo que hago. Quienes violan a una mujer pretenden que se sienta culpable por disfrutar del sexo. La violencia de los hombres nace de su incapacidad de expresarse sexualmente porque son funcionales y poco imaginativos�.

En Colombia los niveles de violencia sexual contra la mujer son alarmantes y parte de esa violencia nace, como bien explicaba Annabel, del temor a la cuca; los hombres intentamos por todos los medios negar nuestra condición de cuca-dependientes. Ninguna ofensa es más terrible para un hombre que ver profanada por otro la cuca de la que se siente dueño. La retórica del amor tiene como objetivo la cuca; la cuca nos domina. Hasta para vender una licuadora hay que ponerle una cuca encima. Vivimos en el reino de la cuca, hasta el universo virtual está invadido por ellas; cuando abres una página para saber cómo va la guerra en Irak enseguida aparecen de la nada decenas de avisos de las cucas.com que bloquean el sistema y se quedan flotando en la pantalla. Deseamos controlar la cuca pero es imposible, la cuca nos supera, nos aprisiona, nos devora.

Annabel Chong, alias Supercuca, acepta que su vida fue marcada por aquella salvaje violación y considera el gang-band una forma didáctica de enseñarle a los hombres el poder sexual de las mujeres. Sin duda que, junto al secuestro, la violación es de los peores crímines que existen. Según las estadísticas el 90% de mujeres violadas prefiere mantenerlo en secreto por temor a las consecuencias sociales; en otros casos porque el agresor era un pariente cercano (el 50% de las violaciones ocurre en la misma casa de la víctima). Por supuesto que no toda víctima de una violación se convierte en actriz porno, pero un ataque de esa naturaleza dejas huellas imborrables y la justicia en países como el nuestro sigue siendo muy blanda en ese aspecto. Los hombres no podemos imaginar lo terrible que es para una mujer ser forzada a tener sexo, algunos incluso creen que cuando una mujer niega su cuca lo que quiere es provocarlos. Hay que tener claro que cuando una mujer dice No significa No y hay que olvidarse de ella. Sé que no es fácil, a todos nos ha pasado, pero antes que obsesionarte por la cuca que te niegan es mejor pensar en todas las cucas que te esperan con una sonrisa.

Un sector de la física sostiene que todo empezó en un agujero negro a lo que siguió el inmenso estallido del big-bang, esto hace posible que todo termine en un agujero negro. El origen y futuro del universo se asemeja mucho a nuestra vida, y más que tristeza para mí es un consuelo pensar que si empecé a rodar desde una cuca por qué no acabar allí; cerrar los ojos respirando por última vez el profundo aroma que en buena hora nos sacó del paraíso.
(*) Fatigosa especialidad que consiste en un encuentro entre una mujer y varios hombres, habitualmente de ocho a diez (el límite mínimo convencional es cuatro).

posted by Mori Ponsowy at 7:42 p.m. 15 comments

miércoles, septiembre 28, 2005
SOUVENIRS (Cartografía en progreso)



Fotografías de Sara Maneiro

Mi trabajo se ubica en algún lugar entre el de un arqueólogo, un investigador social y un artista. Las fotografías de esta serie son parte de un cuaderno visual que acumula imágenes producto de mis merodeos por la ciudad. Este archivo urbano no sólo trata de la relación de las personas con las cosa, sino con los “usuarios� del espacio urbano y social.
Esta serie es un acercamiento al paisaje, una mirada más cernana a los objetos que definen la ciudad en toda su caótica dimensión. He puesto un énfasis especial en Caracas, mi ciudad natal, una metrópolis que cambia constantemente en dos direcciones: la de la informalidad, constituida principalmente por los “ranchos� o “villas miseria� y, en segundo lugar, la de las áreas que han sido diseñadas formalmente y “planificadas". En términos generales, el caos urbano y el discurso de la violencia se han esparcido por toda la ciudad, cambiando la relación de los ciudadanos con su entorno.

Mi trabajo tiene que ver, entre otras cosas, con la sobreproducción, la segregación, la deshechabilidad, el centro y la centralidad, el urbanismo como una disciplina fracasada, la demarcación de territorios y el espacio urbano como un espacio de negociación (reterritorialización). El corazón del proyecto también tiene que ver con otras cualidades de la ciudad basadas en la estética de la calle más allá de los clichés, con el espacio público como un área abierta al debate y con la invasión como una solución para los problemas habitacionales.


Sara Maneiro es Comunicadora Social, estudió fotografía en el Taller Manoa de Ricardo Armas en Caracas y obtuvo luego una maestría en fotografía de la New York University y en el International Center of Photography en Nueva York. En la actualidad realiza un postgrado en Estudios Literarios con énfasis en Estudios Culturales en la Universidad Central de Venezuela. Ha expuesto en México, Finlandia, España, Argentina y Estados Unidos. Sus series fotográficas podrían inscribirse en la fotografía documental, pero fuera de la tradición, y están vinculadas a temas de la cultura e historia venezolanas.

posted by Mori Ponsowy at 6:32 p.m. 4 comments

OTRO SOUVENIR M�S


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martes, septiembre 27, 2005
ÉTER PERNICIOSO

Por Alejandra Laurencich

Cada tanto los diarios, la radio, la televisión, informan sobre acalorados debates acerca del bajo nivel cultural de “nuestra juventud�. Se critica el papel de la paupérrima educación que los adolescentes reciben en las escuelas y ámbitos institucionales. Se termina casi siempre endilgando la culpa a la falta de presupuesto educativo, a la ausencia de objetivos rectores o de largo alcance, bla-bla, bla-bla. Conclusión que permite la apertura de otros debates, la clausura de soluciones urgentes. Quizá ganaríamos bastante comenzando por aplicar como herramienta básica educativa el simple refrán popular: la verdadera educación empieza por casa. Cuando hablamos de casa en tiempos actuales, sabemos que no es la figura de padres biológicos la que actúa allí como principal referente y ejemplo, sino la de esos popes mediáticos que parapetados detrás de una imagen que oscila entre lo progre, lo crítico, lo cultural, penetran con impunidad en los dormitorios, livings, cocinas, colectivos, taxis, kioscos y casi todos los sitios habituales donde la juventud vive, proyecta, se deprime, habla, escucha. Sobre todo eso. Cualquier adolescente desprevenido anda con sus oídos destapados o los tiene bajo las dos almohadillas del disc-man. No hay nadie que proteja a nuestro divino tesoro de diálogos cotidianos como éste que paso a reconstruir:

(Comentario oído por la Rock & Pop, jueves 18 de agosto, cerca de las nueve y media de la mañana).
El comentarista de cine –ignoro su nombre y no me molestaría continuar haciéndolo- luego de balbucear una confusa descripción de la película Planta 4 (no se entendió si la recomendaba o no) pasa a reseñar el estreno de La balada de Jack & Rose, de Rebecca Miller, y agrega, en lo que sería un supuesto desasnar a los oyentes:
-Rebecca es hija de Henry Miller.
A lo que Pergolini responde con un tarareo jazzístico que parecería rememorar a otro Miller.
Eduardo de la Puente lo frena y le dice:
-Nooo, “Henry� Miller, el que se empomó (sic) a Marylin Monroe-, y suma confusión enumerando las obras de Henry, uno de los tantos Miller que nada tienen que ver con el progenitor de Rebecca –El de Trópico de cáncer, Trópico de capricornio.
-Aaaah- suelta Pergolini y deja de tararear asumiendo mansito su error literariomusigarrafal.
El comentarista de cine (seguramente alertado por alguien de la producción) se sincera:
-No pará, pará, estamos diciendo pelotudeces…, es Arthur Miller.
Pergolini entonces, entusiasmado, arremete con el tarareo anterior (el de Glenn).
-No, no, “Arthur� Miller- dice de la Puente, y vuelve a frenarlo para pavonearse en su error agregando: -Trópico de cáncer, de capricornio…

No seguí escuchando por que tenía que llevar un frasquito de orina al mostrador del laboratorio. Frasquito que estuve a punto de arrojar contra el receptor de radio del ascensorista de la clínica mientras un par de preguntas ingresaban a mi circuito de impotencia:
¿Cuántos libros de Arthur y Henry Miller se pondrían comprar y repartir en bibliotecas populares con los abultados sueldos de estos señores periodistas?
¿No hay quien les sugiera a estos “genios� del éter cerrar sus respectivas mouthes antes de cotejar su información con la de cualquier diccionario? ¿No hay quien les proponga leer la sencilla máxima de Pitágoras «Más le vale a un hombre tener la boca cerrada, y que los demás le crean tonto, que abrirla y que los demás se convenzan de que lo es.» Por el bien de “nuestra juventud� lo digo.


posted by Mori Ponsowy at 7:21 p.m. 6 comments

CONSULTA A LOS LECTORES

¿Les parece bien un texto o post por día? ¿Es mucho? ¿Poco?

Pueden responder en los comentarios o por mail a mponsowy@yahoo.com

(ADVERTENCIA: Que consultemos no significa que haremos caso. Sólo significa que queremos estar informados.)

posted by Mori Ponsowy at 6:33 p.m. 9 comments

lunes, septiembre 26, 2005
NO HAY LUGAR PARA UN POETA EN EL BANQUETE DE LA VERGÃœENZA

Por Sharon Olds

(Traducción del artículo publicado por THE NATION en su edición del 10 de octubre, 2005)


La poeta Sharon Olds rechazó la invitación para asistir al Festival Nacional del Libro en Washington que, coincidencia o no, se llevó a cabo antes de ayer, 24 de septiembre, el mismo día para el que estaba convocada una manifestación anti guerra en esa ciudad. Olds, una de las grandes poetas norteamericanas contemporáneas, ganadora de un Premio del Círculo Nacional de Críticos y profesora de escritura creativa en la Universidad de Nueva York, había sido invitada por la Primera Dama a leer poemas suyos durante el Festival. A continuación, reproducimos la carta enviada por Olds a Laura Bush y publicada por "The Nation".


Estimada Sra. Bush,


Le escribo para decirle por qué no puedo aceptar su amable invitación a dar una charla en el Festival Nacional del Libro, el 24 de septiembre, ni asistir a la cena en la Biblioteca del Congreso, ni al desayuno en la Casa Blanca.


En cierto sentido, se trata de una invitación muy tentadora. La idea de hablar en un festival al que van 85 mil personas es estimulante. La posibilidad de encontrar nuevos lectores es tentadora para un poeta desde el punto de vista personal y también es interesante que la poesía sirva a sus seguidores -todos los que necesitamos el placer y las noticias internas y externas que la poesía entrega.

Hace mucho que atesoro el concepto de una comunidad de lectores y escritores. Como profesora de escritura creativa a nivel de postgrado en una universidad, también he tenido la oportunidad de ser parte de algunos magníficos talleres literarios en programas de extensión universitaria en los cuales muchos de nuestros alumnos se han convertido en profesores. A lo largo de los años, ellos han enseñado en lugares muy diversos: una prisión de mujeres, escuelas públicas de Nueva York, un pabellón oncológico para niños. Nuestro programa inicial, en un hospital del Estado con 900 camas para discapacitados físicos graves, funciona desde hace veinte años, y durante este tiempo ha creado amistades duraderas entre estudiantes de la maestría y sus alumnos—pacientes internados por mucho tiempo que, con su humor, su valentía y su sabiduría se han convertido en nuestros maestros.


Cuando uno ha visto a alguien que no puede hablar, a alguien que casi no se puede mover, deletrear, con el dedo de un pie, sobre un alfabeto de plástico gigante, letra por letra, su nuevo poema, entonces uno ha vivido, de cerca, la pasión y la esencialidad de la escritura. Cuando uno ha sostenido un pequeño alfabeto de cartón frente a una escritora completamente muda y paralizada que sólo puede mover los ojos y uno le ha señalado primero la letra A, luego la B, después la C, una por una hasta descubrir la primera letra de la primera palabra de la primera línea del poema que ella ha estado componiendo en su cabeza toda la semana, cuando ella levanta los ojos para decir S� cuando uno al fin señala la letra indicada, entonces uno siente con una inmediatez absoluta el impulso humano hacia la creación, la expresión propia, la precisión, la honestidad y el ingenio -y la importancia de la escritura, que celebra el valor de la historia y la canción de cada cual en su singularidad.

De modo que la idea de un Festival de Libros me parecía maravillosa. Pensé en la oportunidad de hablar sobre cómo iniciar un programa de extensión. Pensé en la oportunidad de vender algunos libros, firmarlos y conocer a algunos de los ciudadanos de Washington, DC. Pensé, también, que podría tratar de encontrar un modo respetuoso, incluso como invitada suya, de hablarle de mi convicción profunda de que no deberíamos haber invadido Iraq, y decirle que estoy convencida de que el deseo de invadir otra cultura y otro país -con la consiguiente pérdida de vidas, tanto de nuestros soldados como de los civiles en su propia tierra, no provino de nuestra democracia sino que fue , en cambio, una decisión tomada “en la cima� y forzada sobre la gente mediante mentiras y un lenguaje distorsionado. Tenía la esperanza de expresar el temor de que hemos empezado a vivir en las sombras de la tiranía y del chauvinismo religioso—opuestos a la libertad, la tolerancia y la diversidad a los que aspira nuestra nación.


Intenté encontrar una manera limpia para asistir al Festival y poder dar testimonio –como una ciudadana norteamericana que ama su país y sus principios y su escritura—en contra de esta guerra no declarada y devastadora.


Pero no pude hacer las paces con la idea de compartir el pan con usted. Sabía que si me sentaba a comer con usted, hubiera sentido como si estuviera avalando las acciones salvajes y arbitrarias de la Administración Bush.


Me perseguía la idea de que yo estaría recibiendo comida de la mano de la misma Primera Dama que representa a la Administración que desató esta guerra y que busca su continuación, incluso hasta el punto de permitir "la rendición extraordinaria�: el envío de personas a otros países para que sean torturados para nosotros.


¡Tantos estadounidenses que se sintieron orgullosos de su país hoy sienten angustia y vergüenza por este régimen de sangre, heridas y fuego! Pensé en el mantel de lino limpio en su mesa, en los cubiertos brillantes y las llamas de las velas, y no lo pude digerir.


Sinceramente,

SHARON OLDS


http://www.thenation.com/doc/20051010/olds


posted by Mori Ponsowy at 4:59 p.m. 2 comments

domingo, septiembre 25, 2005
LO PEOR NO SON LOS FANTASMAS

Es el nombre de un cuento mío que pueden leer haciendo CLIC acá

Muchas gracias, Daniel Massei, por la inesperada invitación a publicar en kaputt.it

posted by Mori Ponsowy at 6:50 p.m. 1 comments

LOS LECTORES CUENTAN

Inauguramos hoy esta nueva sección de GOMA DE BORRAR en la que publicamos cuentos enviados por nuestros lectores. Quienes quieran ver publicados aquí sus textos pueden enviarlos a la dirección del blog.
VIERNES
Un cuento de Tomás Sánchez Bellocchio

Me ducho sin lágrimas porque es toda la humedad que necesito por ahora. Dibujo una cara en el espejo empañado. Es una mancha sin rasgos definitivos, podría ser cualquiera. La noche dirá. Hace frío en el pasillo y todo está demasiado limpio. Me pongo lo primero que encuentro y atravieso la casa descalzo, tratando de no hacer ruido. Pero mamá está en la cocina, fumando con la televisión prendida, y me ve.

— ¿Adónde vas?

— Salgo.

— ¿Hoy?

— Con los chicos.

— No me parece una buena idea.

Pero a mí eso no me importa. Y cierro la puerta. Ya del otro lado me doy cuenta de que ahí adentro no se puede hacer nada. Una familia no necesita de alcohol, abortos, ni golpeadores para ser disfuncional. Y sé que soy demasiado duro, que ya se me va a pasar.

Es viernes. Está oscuro. Las nubes se comen unas a otras, pero falta para que llueva. Compro dos cervezas y paro un taxi en la esquina.

—Vamos por ésta, derecho, hasta Callao.

El ruido del motor disfraza aquello que se rompe en algún lugar de mi alma. Las luces de la ciudad son líneas borrosas, llenas de velocidad. Pienso en mi biografía, en lo que hay almacenado hasta ahora. Pocas páginas. Tengo 23 años. Soy un creativo publicitario que busca ser escritor aunque su sueño es el cine, pero si naciera de nuevo pediría otra voz, para poder cantar. Esa es mi cadena no lineal de sueños.

El taxista señala los números rojos. Tres pesos por un viaje tan largo es barato. Me bajo con ganas de pegar la vuelta, pero hay algo en los gestos del portero del edificio que me dice que está harto de abrir la puerta. Eso es un signo de cantidad, de fiesta asegurada. Miro el reloj: las doce y media y pienso que las noches son cada día más largas. No tiene sentido. Yo soy cómplice. Es mejor estar así, en una casa, entre amigos, con chicas, donde la música es un puente y el alcohol circula inversamente proporcional a la sangre.

Pero cuando subo la noche todavía es una comunión desarticulada. Hay tensión entre los grupos, me doy cuenta de que muchos no se conocen. Es un rejunte de vacaciones de invierno: somos los que no fuimos a esquiar. Saludo desde lejos, con una mano general. Por un momento, me parece que algunos saben. Pero no, imposible. Lo que flota es otra cosa: todos esperan que el alcohol los afloje.

Alguien me cuenta que una chica del colegio acaba de tener un bebé. Sólo tiene 15 años. Ya no digo qué horror. Una más y ya va a ser normal, pienso. La imagen de un cuerpo blanco, liso, sin pelo, se instala en un grupo de chicas que acaba de llegar. La veo, con la panza deshabitada, y es más fea así, porque ya no es nena y tampoco es mujer.

En la cocina me sirvo otro ron con coca, el tercero. Pablo está con Marina en el pasillo de servicio. Veo a través del vidrio esmerilado cómo se mezclan sus brazos, sus piernas, sus perfiles apretados. Ya no distingo a Kosiuko de Wrangler: todo es una misma tela de jean, un mismo sweater de muchos colores. Parece que es su turno. Hago cuentas con los dedos. Sí, cada mes está con uno distinto. Eso es lo bueno. No nos importa, no peleamos por ella. Sin embargo, Pablo es virgen, su relación con las mujeres acaba en el sexo oral. No es que le tenga miedo al sida, dice que no quiere regar hijos en un barrio que no sea Recoleta o Barrio Norte.

Sigo pensando en estas cosas cuando Lucía me alcanza al final de la escalera. Sé que quiere algo. Hoy no, le digo, antes de que abra la boca. Odio que me persiga en invierno el pecado de una noche de verano. Me cuenta que ayer fue a un Happy Hour en la Costanera, repleto de viejos verdes. Las luces eran más bajas que en un teatro, a propósito. Estuvo en un BMW con un gerente comercial casado, pero sin hijos. Y lo escupe con veneno, como si a mí me fuera a dar celos. A veces me llama desde el colegio con su celular. Se encierra en el baño y en cuclillas sobre el inodoro marca mi número. En mi casa ya saben que es equivocado.

Me llaman, le digo. Saco el celular.

— No sonó.

— ¿Hola?

Nadie. Y me esfumo.

Pero sé que cualquier otra noche hubiera accedido. Tarde o temprano, cuando el whisky o el vodka pensaran por mí.

La torta de marihuana desaparece y yo no probé ni un poco. Mejor así. Van 8947 días sin probar: nunca. Por vos mamá, por vos. Ojalá supiera qué significa. Pero el pis de cerveza es inagotable, tiene algo de canilla abierta y olvidada. Tal vez por eso la cola a la salida del baño es tan larga. Voy al balcón sigilosamente y me acomodo entre los barrotes negros para regar las plantas de abajo con una lluvia ácida y dorada.

Pancho vigila mis espaldas por si pasa alguna chica. Y mientras fuma un cigarrillo, me dice que una sola vez probó la pastilla. Lo miro decepcionado. Me promete que no lo va a hacer nunca más, pero admite que fue una noche mágica y solitaria. No necesitaba de nadie más. El mundo era íntimo, personal, un monólogo sin sombras.

No sé por qué tengo el título tácito del amigo que controla las adicciones de sus amigos. Al parecer soy inocuo a los paraísos temporales. Al menos los míos no se meten en la sangre.

Con Juan, en cambio, es más difícil. Estuvo en una granja. Todos los lunes le pide a alguien que le llene un vaso de pis antes de la cita con el psicólogo. Lo calienta en el microondas hasta alcanzar la temperatura exacta y lo esconde en un compartimento secreto de su pantalón.

Cerca del escritorio, hay una computadora con dos parlantes conectados, una lista con 1.200 mp3, que es suficiente música para tres días seguidos. Quisiera una de Los Beatles. Una canción triste. The long and winding road. Algo que haga llorar a la fuerza. Why leave me standing here, let me know the way. A papá no le gusta que le robe un pedazo de su historia. “Pero esos son de mi época�, me dice. Y qué. Busco y leo: Café del Mar: Satie remixado. Entonces veo el corte transversal de las generaciones.

En el hall que lleva a los cuartos veo que se han apiñado algunos de mis amigos. Por sus caras, diría que es un cónclave de emergencia. Me acerco y veo a Miguel tirado en el piso, inconsciente, con una corona de vómito. Esto también es parte del ritual. Todos tienen derecho a caer una vez cada tanto. Tomar hasta lo imposible y sumergirse. Entre cuatro lo trasladamos a uno de los baños del fondo. Lo desvestimos y lo acostamos en la bañadera. Tiene restos de comida en el cuello. Me quedo un momento a solas con él, mientras los otros van a buscar toallas limpias.

Voy a contárselo, aunque esté dormido.

—Micky, sabés, ayer...

Alguien nos interrumpe. Se desata una serie de murmullos a mis espaldas. No saben si llevarlo a su casa o dejarlo ahí. Yo no quiero decidir. Me escabullo y recorro los pasillos. Dentro de esta casa me siento en un viaje microscópico.

Mañana, hasta las tres o cuatro de la tarde sé que no me voy a levantar. Mamá va a entrar y decir que está la comida, voy a ver la sombra cortada, a medias en mi cuarto, pero voy a seguir durmiendo. Entre el olor a pata, la ropa tirada, los libros. El cuerpo estuvo de fiesta ayer, mamá. Tiene que descansar.

Vuelvo al living y me siento aparte. Hay momentos en que uno quiere simplemente mirar desde afuera. Y mi vaso tiene algo de lente objetiva esta noche. Entonces, en el mejor momento, cuando casi todos están relajados y la música acompaña un ritmo coral, una disposición de los grupos en cada espacio, el dueño de casa quiere desalojar. Las entradas gratis son hasta las 3 de la mañana. Los más amigos tenemos que ayudar, dispersarnos y ver que no quede nadie en los cuartos, despertar a los borrachos, recolectar vasos perdidos.

No voy, digo.

— ¿Qué?

— Que no voy.

Nadie me cree hasta que bajamos y me separo del grupo.

Amargo me gritan. Que soy un amargo, aunque tenga un caramelo en el bolsillo. Que no puedo irme a dormir a esta hora. Pero son las 3 de la mañana. Al fondo veo los otros edificios, las ventanas apagadas: no soy el único.

—Pero daaaaale, vení.

—Es viernes, boludo, no seas abuelo.

Es cierto, los abuelos a esta hora duermen.

—Mi abuelo se murió ayer, forros.

Y no importa que ya apareza en el índice de cualquier historia, en el calendario de los años por venir. Pero no me oyen. O no quieren oírme. Tampoco estoy seguro de haberlo dicho. El auto arranca en falso, como si tuviera convulsiones. Las maniobras son bruscas, parciales. Todos están demasiado borrachos. Varias cabezas se ríen adentro, cabezas de dientes polarizados. Una botella sale despedida (no sé de dónde) y se estrella contra el asfalto. El auto arranca de nuevo y sale, triturando partículas de vidrio transparente.

Ahora, la llovizna tiene el tamaño de las cosas que no se ven. Es un virus líquido, una caída libre de átomos. La avenida está vacía, sin amigos, y el silencio es profundo, como el sonido de un ascensor cuando está en otro piso. La vuelta a casa la hago caminando. Treinta cuadras no son nada esta noche: hay mucho en qué pensar.

posted by Mori Ponsowy at 8:45 a.m. 4 comments

TOM�S S�NCHEZ BELLOCCHIO

Tomás Sánchez Bellocchio es argentino, de Buenos Aires. Tiene 24 años y es Licenciado en Comunicación. Trabaja en una agencia de publicidad como Director de Cuentas. “Escribir escribí siempre�, dice. “Desde los doce o trece. Ahora estoy desde hace un par de años yendo a un taller literario de un profesor mío del colegio, poeta, Javier Aduriz, que es un genio, que me ha servido mucho, para depurar el estilo y penetrar el arte de los cuentos.�

Tomás conoció GOMA DE BORRAR a través de MILANESA CON PAPAS , el blog de Gustavo Nielsen. “Me encantan los cuentos de Nielsen�, dice Tomás. “Y había leído un par de cosas en Internet de Efraim Medina, así que me gustó mucho encontrarlos en Goma de Borrar... El sitio me parece ordenado y prolijo. No publican 10.000 cosas y se puede seguir día a día.�

Un cuento de Tomás salió premiado en una antología de la SADE en el 2002, pero aún no ha publicado su primer libro. Sus cuentistas preferidos son Cheever, Salinger y Carver.

posted by Mori Ponsowy at 8:30 a.m. 0 comments

jueves, septiembre 22, 2005
UN TAL ANTONIO CERVANTES

Por Efraim Medina Reyes

En mi adolescencia tuve dos héroes: “Kid Pambelé� y Jim Morrison. El primero era un boxeador nacido en Palenque (un pueblo de negros cimarrones vecino a Cartagena) que fue el primer colombiano en ganar de verdad algo, el otro todos los roqueros de este mundo y aun los que odian el rock saben quién fue y qué hizo. Pambelé le arrebató el título mundial de las 140 libras el 28 de octubre de 1972 a un panameño llamado Alfonso “Peppermint� Frazzer, hasta ese momento era un perfecto desconocido para nosotros y un segundo después de haber noqueado a “Peppermint� se convirtió en el símbolo nacional por excelencia de la época. Las personas que lo llevaron a esa conquista histórica fueron dos venezolanos, él había emigrado a Venezuela años atrás porque en Colombia nadie creyó en sus condiciones ni le brindó el mínimo apoyo pero una vez tuvo el título, el país lo rodeó: las estrellas de la tele y los políticos, encabezados por Pastrana padre y luego hijo, se tomaban fotos con el nuevo ídolo y concedían entrevistas donde aseguraban haberlo seguido desde siempre y confiado en él. Pambelé se acostó con cada estrella de la tele que le dio chance y logró que los políticos llevaran la luz eléctrica a su pueblo y él, con su propio dinero, compró un enorme televisor y lo puso sobre un pedestal en la plaza de Palenque. Aparte de eso ayudó a un montón de gente de Chambacú, el ghetto negro donde había crecido como pescador y vendedor callejero antes de conocer la gloria. Pero la fama y el dinero fueron demasiado y, al igual que Morrison, buscó la puerta de salida a través de los excesos y los excesos acabaron con él. Morrison apareció muerto en una tina y Pambelé recorre hoy las calles de Cartagena como un zombie. Aparte de usarlo cada cierto tiempo para llamar la atención como tema de canciones, videos o artículos como éste, a nadie le importa si se pudre vivo. Los políticos y las estrellas de la tele hace tiempo lo dejaron y sólo uno que otro despistado turista le pide que pose a su lado para una foto. Pambelé acepta halagado y ensancha sus gruesos labios en una sonrisa ignorando que el turista no busca al campeón mundial sino al pintoresco negrito que representará en su álbum de recuerdos el mágico espíritu caribe. Y creo que si lo pienso bien Pambelé sintetiza en cierto modo el mágico espíritu caribe. Su hoy ajado rostro es como un mapa de todos nuestros sueños y decepciones. El fue y sigue siendo el símbolo de un país desconocido que Europa ha querido ver a través de los ojos de un montón de farsantes. Farsantes en edición de bolsillo que quizá Europa supone héroes. Farsantes como García Márquez, Mutis o Botero. La pregunta es: ¿Por qué los llamo farsantes?

Cuando tenía seis años perdí a mi padre; mi madre se vio obligada a trabajar más de la cuenta para sacarnos adelante a mí y tres hermanos más. Crecí en un barrio difícil donde el albedrío estaba limitado por el más fuerte y como muchos chicos del barrio imité a Pambelé. Creía que mis puños podrían sacarme a mí y a mi familia de aquel lugar. A los catorce años había logrado realizar una docena de peleas como boxeador aficionado y todavía no conocía la victoria, sin duda estaba lejos de llegar a ser un Pambelé. Decidí probar con la música y, junto a un par de compinches, conformé 7 Torpes Band. Grabamos un casete de garaje y luego de cuatro años conseguimos tener, en todo el vasto mundo, la fabulosa cifra de dieciséis fans. Entretanto el mundo aclamaba a García Márquez, Mutis y Botero, entretanto el dinero entraba en sus cuentas y el prestigio y las condecoraciones relucía en sus pechos. Cada vez que alguno de ellos se echaba un pedo, enseguida algún país de Europa le daba un premio o una medalla acompañada de un buen fajo de billetes. Y se echaron muchos pedos, tantos que empezó a salir de sus brillantes culos una verde polvareda donde se veía el mágico y exuberante espíritu caribe con su impenetrable selva y sus montañas hasta el cielo, sus perfectas palmeras y su mar embravecido, sus hembras salvajes y sus arrogantes machos, la fertilidad implacable de su flora y fauna, sus piedras preciosas al borde de los caminos y sus entrañas repletas de petróleo y, atravesando aquel paraíso, la pomposa y afortunada miseria donde los abuelos contaban historias que servían de fuente inagotable para la desaforada imaginación de estos artistas. Como ninguno de nosotros había conocido aquel mágico caribe del que ellos hablaban y tampoco daban noticia de él nuestros abuelos ni los de Pambelé, decidimos fundar la empresa Fracaso Ltda. y como único activo creamos el eslogan: Donde se necesite un fracaso, allí estaremos: Aquellos sujetos podrían representar mucho para Europa y ser incluso nuestro rasgo de identidad en aquel lado del mundo pero para nosotros (yo y mis amigos de cuadra) significaban menos que la mierda del perro. Ellos no habían usado su talento para poner las cosas en su lugar sino para alargar y usar, en beneficio propio, la grande mentira que Europa quería creer. García Márquez y Mutis decoraban sus sueños y Botero sus salones y jardines. Aquí, en medio de una guerra sin cuartel y abandonados de toda gloria, nuestra miseria crecía y a expensas de ella, la fama de esos animales mitológicos.

Supongo que Europa nos debe algo después de haber colaborado, a través de los siglos, de manera tan eficaz para empobrecernos. Supongo que el habernos aplastado, robado, borrado y condenado, aparte de la miseria física, a un atraso cultural y espiritual tan severo, debe producirle algún tipo de culpa. Pero aun por cruel e indiferente que Europa haya sido en su conquista y colonización de esta parte del mundo, lo peor ha sido su manera de equilibrar cargas para calmar su conciencia. Su ayuda ha resultado más humillante y perversa, ha dejado una brecha más amplia que se llena cada vez de más odio y resentimiento. No voy a entrar en detalles sobre su papel en la economía y los conflictos de nuestro país, en sus alianzas estratégicas con nuestros mayores enemigos y su falta de criterio a la hora de tomar decisiones que definen nuestro destino, prefiero detenerme en su MIRADA, en la estúpida costumbre de interpretarnos bajo una lente turística donde siempre aparecemos como criaturas exóticas y pintorescas. No somos una pila de alucinados personajes de García Márquez o Mutis y menos las repetidas e infladas postales costumbristas de Botero. Tampoco aparecemos en las recientes, livianas y chatas historias escritas por la interminable fila de nuevos escritores colombianos incluyendo a los que viven en Europa o Miami. Parece que explotar la miseria sigue siendo el mejor argumento que nuestros nuevos farsantes tienen para hacerse notar afuera. Historias de románticos sicarios, indigentes y asesinos con dilema existencial, elegantes y sesudos desplazados, detectives criollos o cosmopolitas, inteligentes y sutiles narcos, conmovedoras putas y blandas historias para señoras tipo Marcela Serrano han reemplazado al fascinante y vendedor Macondo pero mantienen su formula: escribir a la medida y al gusto de Europa y para ello nada mejor que exhibir entusiasmados y sin criterio alguno nuestra ruina y posar, en algunos casos, de intelectuales latinoamericanos en su confortable exilio. Los personajes de García Márquez y Mutis eran alucinados y exóticos aborígenes, los de sus hijos y nietos son un poco más sofisticados pero, a pesar del trasfondo urbano, el exotismo persiste. Quizá por eso buena parte de esos escritores prefieren vivir fuera del país y regresar de vez en cuando a la selva para aceptar cocteles y homenajes, y claro, recopilar rápidamente algunas historias para sus próximos libros.

García Márquez nació en un oscuro, remoto y miserable pueblucho llamado Aracataca. El pueblo sigue allí, sólo que ahora, aparte de hundido y remoto, lo azota la guerra: la misma guerra que devasta el resto del país. Los habitantes de Aracataca creyeron encontrar en García Márquez una tabla de salvación, imaginaron que ser la cuna del colombiano más famoso les daría alguna posibilidad pero García Márquez no era Pambelé y jamás usó la enorme influencia política que le dio convertirse en una celebridad en favor de su pueblo. No, él no era palenquero ingenuo y sentimental. El iba a usar todo ese poder e influencia para favorecer a quien más amaba: a Gabriel García Márquez. Cada línea escrita, cada postura política, cada declaración, cada entrevista sintetizaron desde entonces las cualidades básicas de nuestro genio: enorme talento literario, oportunismo, arribismo a ultranza, hipocresía y una precaria inteligencia frente a la vida y sus deberes más elementales como son la amistad, la gratitud y la dignidad. Para García Márquez apostar por Cuba y Fidel Castro, cenar en la Casa Blanca y declarar su admiración por Bill Clinton o hacer comerciales de TV para apoyar la candidatura de Andrés Pastrana (el peor presidente, el más pobre, estúpido e ineficaz, que haya tenido Colombia) no entraña dificultad alguna. Su debilidad extrema por cualquier cosa que huela a poder lo ha hecho ser el comodín de una interminable lista de políticos y estadistas de dudosa índole. No hay que olvidar que décadas atrás, mientras él departía felizmente con Fidel Castro, su libro El Otoño del patriarca (que es el descarnado retrato de un dictador latinoamericano cualquiera) estaba prohibido, por razones obvias, en Cuba. Algo así como si aceptaras entrar a una fiesta cuyo dueño te pone como condición dejar a tu hijo esperando afuera. Pero García Márquez no se inmuta por cosas de ese estilo, su insaciable apetito por la fama ha convertido sus relaciones con el poder en la mejor arma para impulsar su carrera y la verdad no la ha hecho nada mal. Quizá por eso prefirió fundar en Cuba y no en Aracataca, con todos los beneficios que ello habría implicado para ese desgraciado pueblo, la Escuela Internacional de Cine San Antonio de los Baños. Sus gestos para Colombia, aparte de un montón de salidas en falso en el terreno político (terreno donde sus limitaciones intelectuales salen más a flote), han sido nimios. Siempre ha optado por llamar la atención, sobre todo si es la temporada previa al lanzamiento de alguno de sus libros, antes que asumir un compromiso serio y mantener una actitud firme. En el terreno literario ha tenido sospechosas preferencias y desconocimientos infames, el más imperdonable se llama Héctor Rojas Herazo, tanto más imperdonable si consideramos la extraordinaria calidad humana y literaria de Rojas Herazo y que los unió una cierta amistad y bebieron de las mismas fuentes cuando eran un par de chicos desconocidos en Cartagena de Indias. Por supuesto que García Márquez no tenía como misión en la vida rescatar la obra de Rojas Herazo pero su empecinado silencio alrededor de algo tan evidente, mientras se apresuraba en promocionar autores menores, deja inevitables dudas. Él, al igual que el dictador que retrata en El Otoño del Patriarca, nunca aceptó sombras que pudieran compartir su pedestal literario. Su proverbial egoísmo lo convirtió en una momia sagrada que buena parte de las nuevas generaciones, de las que hago parte, despreciamos (otros, sus lacayos locales, muestran sin pudor uno que otro golpecito de espalda o “patadita de la fortuna en el trasero� recibido de un dios al que deben defender a ultranza). Nadie desconoce su capacidad como fabulador y el acierto inicial de una fórmula que ha repetido hasta el cansancio, de una fórmula que quizá entusiasme todavía a ciertos fieles lectores alrededor del mundo pero que para nosotros es historia literaria, trabajo escolar y punto. Más que momias sagradas con mansiones en Europa o Miami nos hacen faltas hombres capaces de meter el culo por un país desangrado por la corrupción, la injusticia y la intolerancia.

Para retratar la facilidad con que estas momias sagradas cambian de postura ante los halagos, basta recordar la reciente actitud de �lvaro Mutis cuando España le otorgó el Premio Cervantes (considerado el Nóbel en castellano). Él había firmado, junto a otros intelectuales, una carta donde prometía no volver a España como reacción al pedido de VISA por parte de ese país para los colombianos. La flamante carta que supuestamente consignaba la dignidad y entereza de un grupo de intelectuales colombianos frente a la mal llamada madre patria se convirtió en una payasada cuando Mutis se arrepintió públicamente de haberla firmado y culpó a sus amigos (que también firmaban la carta) por haberlo convencido de formar parte de algo, que por virtud del premio ganado, ahora le parecía un disparate. Declaraba además su fidelidad a la monarquía y lo feliz que estaba de poder ir a besar la mano del rey español. Así podríamos construir una interminable lista de personajes y situaciones donde siempre el oportunismo vence a la dignidad. El oportunismo es un rasgo muy colombiano como la mentira y el nacionalismo tonto que produce ídolos de mierda impuestos por los medios de comunicación y que nos solemos tragar sin pensarlo un segundo. La mayoría de esos ídolos apenas han logrado escalar unos peldaños se han largado, familia y dinero a bordo, lejos de este país. A nosotros nos queda el eco de su celebridad y una que otra limosna que, al igual que Europa, nos lanzan de vez en cuando. Tanto los artistas de verdad como los muñecos de plástico producidos por y para la farándula tienen el mismo sello: un medido y discreto desprecio por su origen. Ninguno de ellos desconoce ser colombiano: eso, cuando eres una celebridad y estás en el primer mundo, no deja de ser un exotismo que ayuda a vender. La excusa para salir pitando de aquí es simple y antigua: se trata de un país inseguro. Ese aire de víctima también ayuda a vender. No me opongo a que Botero done a un museo bogotano su colección privada, ni que llene los parques del país con sus monumentales esculturas pero tampoco van a meterme el cuento de su infinita generosidad. Fundir esculturas y meter bellas e importantes obras de la pintura universal en un museo a cambio de borrar manchas todavía recientes de su apellido y ampliar cada vez más el culto a su imagen no tiene costo alguno para un magnate como Botero.

Es curioso que a todos esos sujetos tan importantes que inflan nuestros pechos de orgullo les importe muy poco la suerte que corramos. Ninguno de estos intelectuales y celebridades han aportado, aparte de algunos grititos aislados de quinceañera, sus ideas y el innegable eco que podrían tener ante el mundo en la búsqueda de salidas para nuestro conflicto; más bien se han hecho los de la vista gorda y sólo aparecen, como ya dije, para recibir honores y tomarse fotos con los mismos políticos corruptos e incapaces que arruinaron a Pambelé y han construido la miseria en que vivimos. Nos desgañitamos a gritos porque Montoya gana una carrera en la Fórmula Uno pero Montoya sólo viene aquí a filmar comerciales que le llenan la bolsa de más billetes y claro, vive a pocos kilómetros del Principado de Mónaco (donde no tiene que pagar impuestos). García Márquez y su familia viven en México y USA (y allí invierten gran parte de su dinero), Botero y su familia en Europa y USA., etc, etc. De vez en cuando traen alguna migaja por acá y entonces los medios recogen el gesto y los elevan a héroes. Se puede decir, y lo acepto, que cada quien hace con su vida y dinero lo que quiera pero lo inaceptable es la farsa. Todos esos ídolos van diciendo en cada entrevista que aman el país, que es el país más bello del mundo, que todo lo hacen: las canciones, los libros, las gestas deportivas, por la paz del país. Ninguna canción, ningún libro, ningún triunfo deportivo ha aportado un ápice por este país. Son sólo cortinas de humos, breves entusiasmos, perorata de los medios para esconder las terribles realidades que nos acosan. Ellos no nos representan, nuestra fiel imagen está más cerca del Pambelé que recorre las calles de Cartagena de Indias, que del arrogante Montoya convertido en títere para la diversión de los reyes del mundo. Europa debe saber que el realismo mágico es la ceniza de un sueño y que en Colombia viven personas que salen volando por los aires víctimas de las bombas y no de un conjuro, que tenemos los mismos sueños, la mente, la cultura y los líos de cualquier ser humano en el primer mundo. Los elementos ancestrales perviven en todas las culturas pero en el mundo contemporáneo hay elementos afines y un lenguaje que va más allá del idioma o la geografía. Valoro cada cosa que soy y de la que estoy hecho y deshecho, el mundo es mi hogar aun el mundo que se niega a aceptarme y el que yo no acepto.

Cada vez que alguien en mi país pide ayuda a la comunidad internacional siento vergüenza, cada vez que se le pide dinero a USA o su participación para resolver nuestros conflictos quisiera haber nacido muerto. No creo en esa ayuda y menos en quienes la mendigan, debemos hacernos responsables de nuestra suerte y aceptar, que por más dinero que nos envíen y discursos que hagan, estamos solos. No creo sea una exigencia del arte el compromiso con la realidad pero sí del artista. Al menos respeto y prefiero a quienes se comprometen en cuerpo y alma con la vida antes que con el arte; la vida importa más. Cada quien tiene sus razones y éstas son las mías: siento que debo estar en mi país y hacer allí lo que escogí en la vida, no podría vivir tranquilo en un lugar confortable sabiendo que mi familia, mis amigos y todo lo que amo en este mundo está expuesto a la violencia y la incertidumbre más atroz. Sé que hay gente por ahí que puede dejarlo todo y olvidarse y se sienten fuertes por ello y quizá lo sean pero yo no nací con ese coraje. Soy un sentimental empedernido como Antonio Cervantes, un tipo que jamás leyó El Quijote pero que a su modo lo fue y cayó derrotado por los molinos de vientos de la ilusoria fama y los falsos amigos que ésta arrastra consigo. Por eso prefiero a mis amigos hechos en el fracaso, mis amigos que odian cada momia sagrada, cada muñeco de plástico, cada monumento erigido en nombre de la mentira y la muerte y aman a Jim Morrison porque se atrevió a rebelarse frente a una sociedad hipócrita que le pedía ser el chico bueno de la clase. Jim se atrevió a expresar su delirio en iracundas canciones y salvajes poemas. Y aman a un tal Antonio Cervantes que de la absurda miseria fue lanzado como un cohete hacia los titulares de prensa, convertido en héroe nacional y adulado hasta el cansancio por presidentes y reinas de belleza y luego, cuando la decadencia tocó su puerta y las drogas fueron su refugio, esos mismos aduladores lo atacaron con saña y lo dejaron tirado en la cuneta. En una entrevista, en la plenitud de su gloria, Antonio Cervantes dijo lo que sería después un perfecto epitafio de sus quince minutos de fama: Es mejor ser rico que pobre. Esa frase es suma del pensamiento nacional y retumba en la memoria colectiva con mayor fuerza que cualquier literatura. Hoy Antonio Cervantes recorre las calles de Cartagena de Indias como un zombie y le recuerda a quien quiera escucharlo que alguna vez fue famoso, tuvo mucho dinero y viajo por el mundo destrozando rivales bajo el temible apodo de “Kid Pambelé�.

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miércoles, septiembre 21, 2005
BUSCANDO A VENUS, LA DIOSA DEL AMOR

Por Inés Garland

El privilegio de una vida entera es ser quienes somos.
Joseph Campbell

Hay una teoría que dice que cuando nos enamoramos, lo que verdaderamente nos enamora es ver en el otro el reflejo de lo que más valoramos en nosotros mismos (aunque muchas veces esto que valoramos sea inconsciente). Quizás esta teoría no sea muy romántica, pero si pensamos entonces que las relaciones amorosas son para descubrir realmente quienes somos tal vez no sea tan deprimente reconocer que lo que amamos es un reflejo de nuestra propia alma, nos guste o no.

Ahora: el otro día fui a una fiesta de 2.500 personas en Pachá. La primera hora fue un suplicio. Demasiada gente, demasiadas miradas -interesadas, críticas, indiferentes, miradas que buscaban la mía para que les hiciera de espejo (¿tanto como yo buscaba la de ellos para que me hicieran de espejo a mí?); mucha gente joven y la conciencia creciente de ya no serlo -cuando se empieza a mirar a los pendejos con la sensación de estar con la ñata contra el vidrio, la vida se pone un poco más melancólica. Tengo la casi certeza de que a esta altura de mi vida busco una conexión de algún tipo con otro, algún otro, un milagroso otro. Tal vez las teorías de más arriba lo desmientan, tal vez debería decir entonces que lo único que me interesa hoy es una conexión conmigo misma y la persona que soy, sin máscaras. Y en este sentido me puse a pensar algunas cosas: vivimos bombardeados de imágenes que nos dicen qué es lo que tenemos que valorar, en nosotros mismos y en los demás. El resultado es que todos recibimos grandes dosis de lavado de cerebro para valorar y amar las mismas cosas y eso nos lleva a buscarlas desesperadamente en nosotros mismos y en los que nos rodean. La gente que sale en las revistas haciendo declaraciones del estilo de “mi vida superó mis expectativas� (Ajjj, ¿cómo alguien puede declarar una cosa así sin que lo parta el rayo de la envidia colectiva?) nos dice cómo hay que ser para ser amado; los cuerpos espectaculares corregidos digitalmente nos muestran como tiene que ser nuestro cuerpo para ser amado, las historias de éxito material nos dicen qué hay que tener para ser amado. Con tanto ejemplo que nos dan, se hace difícil pensar que nuestros agujeros, nuestra hambre voraz, nuestra necesidad profunda de una mirada amorosa pueden despertar algo que no sea desprecio. Y andamos por la vida con la incómoda sensación de que para que nos amen tenemos que tener, sobre todo tener, muchas cosas que no tenemos, incluido un cuerpo digitalizado y, fundamentalmente, distinto al nuestro e igual al de otra persona.

Con este input estaba en la fiesta, combatiendo una incipiente sensación de inadecuación y me descubrí odiando a los que parecían encantados consigo mismos y miraban a su alrededor con cierto desprecio hasta que me acordé de que posiblemente todos estuvieran sintiendo un terror bastante parecido al mío con mayor o menor conciencia y con mejores o peores armas para defenderse. Saludé torpemente a un par de conocidos de la adolescencia (época en la que nadie me sacaba a bailar por lo que cualquier persona que me remita a esos años me hace sentir automáticamente disminuida) y decidí que lo mejor iba a ser volver a casa. Pero por suerte me acordé de ya no tengo tiempo para perderme una buena noche con estupideces mentales. Me paré en el medio de la pista, cerré los ojos y dejé que la música me moviera, al principio con demasiada cabeza, después fue ganado el cuerpo. Bailé cuatro horas seguidas con un flaquito al que por lo visto también le gustaba mucho bailar, o sea, hice contacto, un contacto fugaz. Y mientras volvía a mi casa pensé que posiblemente eso había sido todo lo que tenía para vivir con él y que estaba muy bien así.

A la Venus de la mitología no le importan los compromisos que se establecen en el tiempo, ni el romanticismo, ni los ideales, ni las leyes de la vida familiar. Su placer y su alegría la llevan adelante. Creo que una persona que puede determinar sus gustos individuales, expresarlos y tener conciencia de su valor, logra una identidad que la embellece. Lástima que ese pensamiento no tenga contenido económico, que si nos sintiéramos así nos venderían muy pocas cosas inútiles. Voy a tener que seguir desarrollando un estado de alerta. Para que no me vendan gato por liebre y para no comprar tristezas escondidas detrás de falsas y caras alegrías cuando la vida me está ofreciendo alegrías verdaderas al alcance de mi mano y, la mayoría de las veces, gratis.

posted by Mori Ponsowy at 4:35 p.m. 3 comments

lunes, septiembre 19, 2005
MANUSCRITO HALLADO EN UNA MUDANZA

Por Beatriz Vignoli

Tiene que haber habido una época en la que todo haya sido más fácil. Un tiempo en que, si tu vecino se quedaba despierto haciendo ruido hasta las cuatro de la mañana, pudieras gritarle: “¡Oiga, vecino! ¡Deje dormir!� sin sentirte por eso un aguafiestas, un facho represor, un moralista antidemocrático, un enemigo de los sectores progresistas, un perdedor, un infeliz, un reaccionario. Tiene que haber habido una época en que, si uno se aparecía ojeroso en la oficina o en la mesa del café y comentaba: “Hace tres noches que no duermo. Voy a ponerles una denuncia por ruidos molestos a esos salvajes�, no le dijeran: “¿Pero cómo los vas a denunciar? ¡Oscurantista! ¡Mudate o comprate tapones!� o: “Empezá a preguntarte por qué vos elegís esos vecinos�, o bien: “¿Y por qué te enganchás? ¿No observaste tu propio narcisismo masoquista y paranoide? ¿No te das cuenta de que no te hacen ruido a vos?� y no faltará quien concluya, para cambiar rápidamente de tema: “Yo tomo Lexotanil y duermo bárbaro�.

Tiene, estoy segura de que tiene que haber habido una época en que por un vecino ruidoso (o dos, o veinticinco) no fuese preciso andar por la vida mudándose, o psicoanalizándose, o haciéndose adicto a las benzodiacepinas, convirtiendo un problema en tres problemas (o en cuatro, si se suma el inevitable problema de dinero que acarrea casi para cualquiera una combinación de seminomadismo, drogadicción legal y psicoanálisis interminable), y todo pudiera solucionarse con un par de tiros al aire sin que lo trataran a uno de loco y en cambio lo respetaran por saber hacerse respetar. Tiene que haber habido un tiempo feliz, una inocente Edad de Oro en que un marido golpeador fuera pasible de ser incriminado por lesiones y no compadecido por su inmadurez preedípica, pobrecito, caído encima en garras de una manipuladora perversa y suicida que lo usa de instrumento ejecutor para destrozarse, boicoteando así su propio éxito profesional, que la llena de sentimientos de culpa... En Argentina, después de la dictadura militar, las nociones de agresor culpable y víctima inocente parecen haberse intercambiado. Tendemos a considerarnos como íntegramente responsables de lo que padecemos, mientras que las acciones, delictivas o no, criminales o no, han entrado todas en la esfera de lo inimputable. Los cuentos nos salen, los encuentros suceden, ser atropellado por un auto (no lo inventé; lo leí en una revista, en la sala de espera de la psicóloga) puede perfectamente tildarse de microsuicidio... Mientras que manejar sin ningún respeto por los peatones y terminar matando a uno o dos es tenido por una catástrofe natural: un desastre puramente mecánico del que los ancianos, los niños, las adolescentes que cruzan la calle deberían saber cuidarse. El otro es una fuerza de la naturaleza; el único responsable es uno, a. k. a. la víctima. Al mismo orden de catástrofes naturales parecen pertenecer los genocidios y las crisis financieras, los terremotos y los huracanes. Incluidos entre estos últimos aquellos cuyo poder destructor deriva de la combinación de factores entre una represa que seca los pantanos que hacían de barrera al mar, y un gobierno que manda un tercio de su guardia civil a matar extranjeros y no te evacúa a tiempo si no tenés tarjeta de crédito ni auto.

La sociedad moral, donde cada individuo se sentía con derecho a reclamar a los demás una conducta justa, dio paso a una sociedad donde cada individuo tiene el único deber de cuidarse a sí mismo, y no puede exigir nada a nadie sin que se lo acuse de estar incurriendo en actitudes border o demandantes. La adaptación muda o la autocrítica reemplazan la queja y la denuncia. Lo canchero, lo progre, es hacerse cargo. Al “no me pagan� se lo enfrenta con un: “¿Y vos qué hacés que no luchás por cobrar?� Al “me discriminan� se le responde: “Tendrás que ver qué mensaje autodesvalorizado le estás dando al otro, a través de tu aspecto y tu postura corporal, para que no te respete�. Y se añade, con astucia, el adverbio sagrado: “inconscientemente�. “Esto (dándose golpes de pecho) lo provoqué yo inconscientemente�. O (en un movimiento proyectivo bastante molesto) “esto lo provocás vos inconscientemente�. En vez de analizar datos, dialogar, sopesar múltiples causalidades, en nuestra criolla mitología “psi� (que en los años ochenta terminó de llenar el vacío dejado por la proscripción del debate público político) el Inc. (Inconsciente, y por ende el yo que tiene que hacerse responsable de las travesuras del Inc. a su cargo) sustituye a Dios (o a la dèmarche, o a los Dioses) como causa última de todo lo que sucede. Es decir, de todo lo que le sucede al sujeto, porque lo que suceda más allá del sujeto carecerá para éste de la menor importancia. El paciente cae entonces en lo que yo llamo la D.R.I.A., o Doctrina de la Responsabilidad Individual Absoluta. Esto redunda en un profundo sentimiento de culpa, que era precisamente lo que el psicoanálisis trataba de evitar, y lo sume en una peligrosa vulnerabilidad: si lo insultan, tiene que hacer su autocrítica; si le cae un piano en la cabeza, y sobrevive, tiene que preguntarse cómo es que justo pasaba por ahí. Me acuerdo de una amiga, psicóloga freudiana, que acababa de divorciarse. Para colmo de males, le robaron la billetera con todo el sueldo en la cola del supermercado. Mi amiga no cesaba de increparse: “¿Cómo me hice esto?� y de responderse: “La pérdida, la pérdida...� convencida de que, en su acto fallido de llevar todo el sueldo encima y dejar que se lo robaran, había hecho síntoma la pérdida de su pareja. Al oírla contar esa historia, sentí que mi amiga se me había vuelto una extraña. Me imaginé la denuncia por robo que nunca hizo, la nula conciencia de sus propios derechos mal disimulada por un barniz de cultura europea; pensé en ese ladrón, en su impunidad, y tuve miedo.

posted by Mori Ponsowy at 7:19 p.m. 7 comments

BEATRIZ VIGNOLI

Desde hoy se suma Beatriz Vignoli a GOMA DE BORRAR como colaboradora estable. Además de poeta, Beatriz es traductora y crítica de arte. Ha publicado los libros: Almagro (Mención especial del jurado, Premio Felipe Aldana 2000), Viernes, Reality (Segundo Premio compartido, Premio Musto 2004) e Itaca. Poemas suyos han sido publicados en las antologías Poesía en la fisura (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1995); Twenty Poets from Argentina: Poetry in the Nineties (edición bilingüe, Redbeck Press, Bradford, Reino Unido, 2004); Señales de la nueva poesía argentina (Llibros del Pexe, Gijón, España, 2004); Poetas de Rosario: Desde la otra orilla (Ayuntamiento de Granada, España, 2004).

Beatriz Vignoli vive en Rosario con su gato, con un ecologista y 200 lombrices que pueblan una caja, en el balcón. Las lombrices se alimentan con restos de comida, principalmente de verduras, pero lo que más les gusta, según cuenta Beatriz, son las cáscaras de papa. Además del gato, del compañero ecologista y las lombrices, Beatriz Vignoli también tiene un blog que pueden ver en http://existirapenaslevemente.blogspot.com/. Y para quien quiera escucharla, mañana martes presentará una ponencia, a las 18:30 pm, dentro del ciclo “BLOGS, POR QUÉ Y PARA QUÉ� que se llevará a cabo en el Centro Cultural Rojas mañana y pasado mañana.

posted by Mori Ponsowy at 7:08 p.m. 4 comments

sábado, septiembre 17, 2005
POEMAS DE RICARDO COSTA

Velocidad crucero

a Cristian Aliaga


El pensamiento se queda con esta imagen:
un pedazo de ropa clavada en el alambrado
y sacudida por el viento.

El ojo es ambicioso.
Se queda con la curva que forma la ropa en el aire.
La púa del alambre tiene mucho de lenguaje.
Se aferra a cada fleco del trapo
como la palabra a la idea
que está próxima
a rasgarse.

El alambrado se continúa poste tras poste
y la distancia entre pensamiento y lenguaje
se borra en el último punto de la ruta.
Una recta en el desierto no dice nada
porque ahora la distancia se ha convertido
en un plano donde todo es lejano,
donde todo está por suceder,
mientras el pensamiento transcurre
en la mirada del que conduce.

Este trapo fue la vestidura de alguien que alguna vez
también condujo por esta desolación y que también
tuvo un pensamiento alambrado por el lenguaje.

Entonces, el tiempo real del pensamiento
no es la púa que desgarra al trapo
ni el viento colgado en una curva.
Es la mirada del que conduce
buscando en el horizonte
un lenguaje a donde
llegar.



Puntos de vista


La forma más sencilla de celebrar una fundación
es marcar un punto junto al vacío.
Un punto es una partícula del todo imponiéndose
sobre la nada.
Un punto establece el origen de todas las formas
que caben en el universo, y el universo se mueve
sobre una sucesión de puntos encadenados
en el espacio.
Sobre uno de estos puntos estamos nosotros.
Abrazándonos y girando en un vacío que nos mantiene
flotando sobre un silencio absoluto.
Pero lo mejor de esto no es el silencio ni lo absoluto.
Lo mejor de esto es que nadie sabe que flotamos
porque obedecemos una ley fundamental.
Creo que ese es el punto: flotar abrazados a la idea de la nada
mientras los cuerpos se mueven y la fundación se convierte en un acto de amor junto al vacío.

posted by Mori Ponsowy at 11:19 a.m. 1 comments

RICARDO COSTA

Ricardo Costa nació en un barrio sureño de la ciudad de Buenos Aires el 2 de diciembre de 1958. Desde 1973 llevó a cabo numerosos y periódicos viajes entre la capital argentina y Neuquén, ciudad patagónica en la que, finalmente, estableció residencia fija en 1982, y en la que vive desde entonces entre la enseñanza y el aprendizaje. Cursó estudios de Letras en la Universidad Nacional del Comahue. Es docente y colaborador permanente de la revista Museo salvaje.
Ha publicado: �rbol de tres copas (1988); Casa mordaza (1990); Homo dixit (1993), Teatro teorema (1996); Danza curva (1999); Veda negra (2001) y Mundo crudo (Patagonia satori), su último libro, en el 2005. Sus obras han sido reconocidas en: Bienal Argentina de Poesía 1991; Concurso Premio Plural, México 1992; Concurso Becas y Subsidios a la Creación Artística, Fundación Antorchas 1995; Primer Premio Fondo Nacional de las Artes 1998; Tercer Premio Concurso Iberoamericano de Poesía Neruda, Chile 2000, Tercer Premio Poesía en Tierra, Centro Cultural de España, y Fondo de Cultura Económica 2004.
Ha sido Daniel Calabrese, encontrador, quien envió los dos poemas de Costa que publicamos en GOMA DE BORRAR. Gracias Daniel. Y gracias, Ricardo.

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jueves, septiembre 15, 2005
¿EXISTE PAP� NOEL?

por Efraim Medina Reyes

La noche del 10 de diciembre de 1998 en Medellín (Colombia) un hombre disfrazado de Papá Noel abordó a un niño de nueve años que vendía cigarrillos en un parque y le pidió acompañarlo a un lugar detrás de los árboles donde le daría muchos regalos. El niño observó aquel Papá Noel de pies a cabeza y se negó a ir. «¿Por qué no vienes ?» preguntó con voz apagada Papá Noel y el niño respondió : «Porque Papá Noel no existe y si existiera sería gordo y no flaco como tú». Papá Noel entonces sacó un cuchillo para obligar al niño a seguirlo, pero éste gritó pidiendo ayuda y ante la providencial llegada de unos transeúntes Papá Noel tuvo que huir perdiéndose en la oscuridad. Pocos meses después, el 22 de abril de 1999, fue capturado cerca de Bogotá Luis Alfredo Garavito, un colombiano clase 1957, a quienes muchos consideran el mayor serial killer de la historia. Hasta el día de hoy ha confesado el secuestro, la violación y el asesinato de 172 niños entre los seis y los catorce años. Cada uno de estos crímenes los tenía anotados en una libreta con la fecha y el lugar exactos donde había enterrado a sus víctimas. Al desenterrar y analizar los restos indicados por Garavito, los forenses dedujeron que antes de asestarles el golpe de gracia el asesino torturó a cada uno de esos niños con una sevicia y crueldad sólo comparable a la de Jeffrey Dahmer (conocido como el «Carnicero de Milwaukee»). La investigación encontró que Garavito, al igual que otros de su especie, tenía antecedentes de ultraje en la infancia: un padre alcoholico que lo violó varias veces ante la pasiva complicidad de la madre. Durante 19 años viajó por buena parte de Colombia para cazar a sus víctimas con las que creía vengarse de su padre. La mayoría de niños asesinados por Garavito provenían de familias pobres e incluso a muchos los encontró abandonados en las calles o trabajando en fábricas casi como esclavos. El asesino adoptaba una personalidad diferente según la víctima; en ocasiones fingió ser un soldado, un vendedor de dulces y hasta de cura llegó a disfrazarse. Ninguno de esos niños imaginó que aquel hombre bajito, flaco, de ademanes gentiles y cara de profesor podía ser peligroso. Tampoco lo creyeron los policías que en 1997 lo detuvieron acusado de violar, mutilar (le cortó los genitales y se los introdujo en la boca) y asesinar a un niño en Tunja. Garavito fue liberado a los pocos días porque, según la policía, “no tenía cara de malo�. A partir de ahí Garavito mató más seguido, es posible que burlar tan facilmente a las autoridades le diera màs confianza. Él mismo le contó a un pastor evangélico, que lo visita cada semana en la cárcel, lo cansado que estaba de dejar pistas con la intención de ser capturado. Y el hecho que prácticamente le tocó entregarse ya que temía morir sin que el mundo conociera su “obra� por culpa de la ineficacia policial. Teniendo en cuenta que la impunidad en Colombia es del 95%, los temores de Garavito no eran infundados. Las denuncias por personas desaparecidas se multiplican mes tras mes sin que haya respuestas significativas. El temor de un asesino a que el terror y la muerte que sembró durante 19 años queden en el anononimato retratan de forma macabra una sociedad a la deriva y sin confianza en sus instituciones. Garavito asesinó 172 o quizá 200 niños. Sin embargo, si esa cifra lo convierte en el mayor serial killer de la historia, habría que abrir una nueva categoría para el Estado colombiano. No son cientos, si no miles los niños que mueren cada año en Colombia antes de alcanzar los seis años y para los que sobreviven el futuro no podría ser más incierto. Aparte de la industria de la guerra y el narcotráfico está la violencia intrafamiliar y la prostitución infantil cuyas cifras han aumentado de forma escalofriante en los últimos años. De los cadáveres encontrados hasta ahora por indicaciones de Garavito muchos no han sido reclamados lo que significa que no tienen familiar alguno y si los tienen a estos no les interesa su suerte. La confesión de Garavito supera las quinientas páginas, en ella asegura que en todas sus “cacerías� actuó solo. Todas las investigaciones al respecto también han determinado que actuó solo. Pienso que tanto Garavito como sus investigadores se equivocan: nunca actuó solo. Ningún asesino por astuto que sea secuestra, viola, mutila y asesina a 200 niños solo. Afirmar eso sería desconocer el excelente trabajo que la indiferencia en todas sus formas, sobre todo la que funciona como política Estado aportaron a su “obra�.

En alguno de los numerosos artículos que se han escrito sobre este criminal leí que, al revisar la última habitación donde vivió alquilado, los fiscales encontraron partes de un disfraz de Papa Noel. En la parte final dicho artículo sostenía que el espíritu navideño es tan contagioso que ni los asesinos más despiadados consiguen evitarlo. No sé qué tan fuerte sea el espíritu navideño de Garavito, de lo que si estoy seguro es que jamás volveré a decirle a ninguno de mis sobrinos que Papa Noel existe.

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miércoles, septiembre 14, 2005
OPERA


Por Carlos Nine
Alfredo (2) un joven rico, se enamora de una fina prostituta, Margarita (5), pero su madre (1) se opone. Margarita, tras consultar a su amiga Silvie (3), decide morir tubierculosa. Alfredo, aliviado, la deposita en un féretro mágico (4) que la eleva hasta el cielo.
Carlos Nine (Buenos Aires, 1944) es uno de los más grandes ilustradores argentinos. Ha hecho ilustraciones, comics, cine de animación, pinturas, esculturas y es también autor de libros y obras de teatro. Su obra ha sido publicada en la Argentina, Brasil, México, Estados Unidos, España, Italia, Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania, Taiwán, Hong Kong y Macao. Recibió el Premio al Mejor Dibujante Extranjero en el Salón Internacional del Comic en Barcelona (España, 1988), el Primer Premio Adquisición en el Concurso Internacional Gianduja (Turín, Italia, 1988), el Primer Premio Adquisición en el Concurso Internacional organizado por la Escuela Panamericana de Artes (Buenos Aires, 1989), el Premio Pleyade (otorgado por la Asociación Argentina de Editores de Revistas, 1990), el Silver Clio, el Premio Ilustración (International Clio Awards, Nueva York, EE.UU., 1993), y el Caran D’Ache al mejor ilustrador (Roma, Italia, 1995). Algunos de sus libros son: Meurtres et Chatiments (Albin Michel, París 1991), Fantagas (Delcourt, Paris 1995), Keko el Mago (Colihue, Buenos Aires 1996), Saubon, le canard qui aimait les poules (Albin Michel, París, 2000), Gesta Dei (Amok, París, 2001), Oh merde, le lapins! (Les Reveurs des Rhunes, París, 2002).
"Opera" pertenecen al libro Gesta Dei, editado primero en Francia y luego en Argentina. Según el autor, "este libro es una especie de sátira a la enciclopedia".

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martes, septiembre 13, 2005
LUNES POR LA MAÑANA

Por Alejandra Laurencich

Enciendo la computadora y mientras espero el proceso de encendido completo, miro el jardín. El aire está oscuro, tormentoso. El verde saturado de las plantas lastima. En el silencio de la mañana escucho los ruidos del barrio que inicia su jornada hábil después del fin de semana largo. Ayer, todos creímos que la vida era un poco más bella. Siempre sucede los últimos días de los fines de semana largos. Cualquiera termina por olvidarse de que existen las obligaciones, el despertador, la monotonía. Un auto que pasa me deja ver a dos criaturas con guardapolvos en el asiento trasero. Pienso en mi hijo que se fue al colegio disgustado por mi recomendación de comerse su tostada hasta el fin. Me acusa de meterme demasiado en sus asuntos. Tengo ganas de fumar pero creo que es muy temprano para empezar. Me cebo un mate y miro la pantalla. Error al iniciar el programa. Yo sé cuál de las teclas tocar para que el cartel se esfume, para que el sistema se tranquilice. Me lo ha dicho el técnico: F1 y el cartel desparece y todo vuelve a estar bajo control. Pero tomo el mate y me quedo mirando el anuncio. Error al iniciar el programa. Un gran error por el que todos debemos pagar, dice una voz suave de mujer en mi memoria. Veo un aula de ventanas esmeriladas y estufas de gas butano. Una estampa del libro de catecismo, abierto sobre un pupitre. Adán y Eva bajo el árbol fatal de la desdicha. Cómo evitar el pecado. El error original. Ellos fueron nuestros padres y se equivocaron, dijo la catequista. Y nos sonrió con dulzura a todos los niños. Yo comía un caramelo. Busqué mi pañuelito bordado y en él escupí con disimulo lo que quedaba de mi sugus. Unos meses después en casa escuché que la catequista se había separado de su marido. No iba a dar más clases de religión. Pienso en la cara del actor yanqui que vi antes de ayer en la miniserie �ngeles sobre América. El personaje recordaba -como yo, hace un instante- una estampa bíblica: la lucha de un hombre contra el ángel. Él tenía que definir su inclinación sexual. Cómo luchar contra un ángel, se preguntaba, y yo supongo que puede ser la pregunta de alguno de los personajes de Cheever. La pregunta que se hace Francis Weed, por ejemplo, cuando se entera del compromiso entre su adorada Anne y el joven Clayton, o la de Ned Merryl cuando se sumerge en las últimas piscinas, ya abandonado por la juventud y el vigor. Recuerdo la pureza insoportable en la mirada de ese actor yanqui de la miniserie. Cómo luchar contra algo tan poderoso, se habrá preguntado también Eva frente a la manzana, Adán frente a Eva. Los afganos, los iraquíes frente a Bush se habrán hecho la misma pregunta. Me la hice yo por lo menos tres veces en este último fin de semana frente a sandwiches de miga. Quiero adelgazar un poco y puedo resistir frente a cualquier cosa, pero no frente a un sandwich triple. Veo a tantas mujeres bellas de vientres chatos y pienso por qué mi madre me habrá hecho así, con esta tendencia a la gordura. Error al iniciar el programa. Por qué las madres no adiestraremos a nuestros hijos sobre las teclas adecuadas para controlar los errores con que los dotamos. Por qué Dios no nos provee de una F1 con la que desembrazarnos de la angustia matutina, el imperialismo yanqui, la estupidez, y la codicia. Aprieto la tecla y doy comienzo a la semana de trabajo.





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lunes, septiembre 12, 2005
EL JABAL� CUMPLE AÑOS


El Jabalí, el programa dedicado a la poesía que se emite todos los lunes a la medianoche, por Radio Nacional AM 870, cumple 5 años. y, para festejarlo, hoy transmitirá la charla de Jorge Luis Borges "La poesía", incluída en el libro Siete noches. Un lujo porque en el audio Borges se explaya mucho más que en el texto finalmente editado. El 19 y el 26 se pasarán voces de poetas argentinos y estarán en el piso Jorge Ricardo Aulicino, Antonio Requeni y Horacio Salas.

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domingo, septiembre 11, 2005
POEMAS DE MARIA CARMAN


III

Llegó un treinta de agosto y lo llamaste: Treinta.

Entrabas a la alegría con un número,
un morral de avena
el apero ahora sin dueño adornando la pieza
y una rasqueta para abrojos de la crin.

Yo te pedía palabras y a cambio
me subiste al Treinta es decir a tu silencio
me veías dar vueltas alrededor del tala
mi calesita con un caballo de verdad.

Cuando murió cavaste un pozo y lo empujaste
pusiste piedras como si vieras su cuerpo duro debajo.
Le diste sombra al que no tenía sombra ni galope.

¿Cuál es el dios de los caballos, papá?


V

Tus pájaros en latín
las biblias
en inglés ¿y yo qué?
¿otro animalito
entre tus bichos y dioses?

Los que no tenemos alas
¿para qué servimos, pá?


VI

Fuimos felices comiendo pizza
en el suelo.

Querías ser viejo conmigo
¿te acordás?

¿y para estar
en mi recuerdo morís?


XI

Nadie tiene tu cara
en el subte, ni tu voz

solo alguien de lejos
una vez
con la barba, también,
un segundo

y no pude llorar.


XV

Santi se enamora,
cumple siete, pierde
un diente. Me dice:
“no sé lo qué es sentir�.
O me pide que no muera.

-Voy a ser vieja, vieja
re vieja como mis abuelas.
Es mi derecho -le digo-:
cuidarte. Mi dulce cadena.


XVI

¿Vos que hubieras dicho
o hecho? Yo nunca
soy vos ¿estás
orgulloso igual?


XVII

Me canso de ser
siempre el mismo, decías.

Pero tus huesos aprendieron
a rasgar la carne

y nada
te vuelve más libre.


XX

Ahora debo contar
la belleza
en tu nombre


María Carman (Buenos Aires, 1971) es doctora en Filosofía y Letras, docente de Antropología en la Universidad de Buenos Aires y becaria de investigación postdoctoral del CONICET. Ha publicado trabajos de su especialidad y en 2001 obtuvo el Primer Premio del Concurso Nacional de Ensayo Arturo Jauretche. Carman es además poeta y narradora. Su primera novela, Los Elegidos, será publicada por Editorial Sudamericana en el primer trimestre de 2006. Tiene inéditos el poemario Ganar el cielo (al que pertenecen los poemas que publicamos) y el ensayo Inclusión cultural, exclusión económica, de próxima aparición.

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jueves, septiembre 08, 2005
DOS CHICAS POR UNA CABRA

Por Efraim Medina Reyes

Introducción

Cuando conocí a Cesare Cicardini en Milano le conté esta historia y le propuse venir a Colombia y viajar por la Costa Atlántica hasta encontrar el caserío donde todo esto empezó. Finalmente hicimos el viaje. El sacó sus fotos y yo escribí la historia donde no hay (ojalá fuera así) una gota de ficción.

1. El dueño

Era un tipo blanco, casi albino, elegante a pesar de su baja estatura, que sonreía a diestra y siniestra en medio de las dos chicas: ambas eran altas, morenas, con ligeros rasgos mestizos. Tenían el pelo lacio y pintado de rubio pero la raíz, que se asomaba invencible, era de un color más oscuro que el negro. Diego saludó de beso a las chicas y luego estrechó la mano del tipo y les dijo que yo era un poeta. Las chicas sonrieron, el tipo me alargó la mano y la estreché. Una mano pequeña, gorda y más fría que un sapo de yeso.

-Todos me dicen Peralta y me gusta. También me gusta la poesía-echó una mirada alrededor y saludó con un guiño al resto de invitados-. Este yate se lo compré a un escritor jamaiquino. No es un poeta, es alguien que escribe para ganar dinero.

-Ellas son Miriam y Carol-dijo Diego presentándome a las chicas. Calculé que Miriam era tres centímetros más alta que Carol-. Miriam, por qué no le muestras el yate al poeta.

Miriam, desvió la mirada hacia Peralta que permaneció tan impasible como una máscara china. Sin embargo, ella pudo descifrar la decisión de aquella máscara porque enseguida me agarró de la mano y me arrastró, por una estrecha escalera, hasta el primer piso del yate. Una vez abajo le pregunté cómo sabía que Peralta estaba de acuerdo con nuestro paseo.

-Sólo lo sé-dijo ella-. ¿Puedo preguntarte algo?

-Claro-dije-. Pregúntame lo que sea.

-¿Cómo se siente un beso de verdad?

-¿Un beso de verdad? No sé…

-Dicen que eres un poeta.

-Sí, bueno, no del todo. Son cosas que dice Diego… Seguro que tú sabes más que yo de poesía y besos. Eres muy linda y deben haberte dado muchos.

-Me refería a los de verdad…

Para evitar el tema finjo buscar un cigarrillo; mientras recorremos las instalaciones ella me cuenta el origen de cada objeto, tiene un acento muy extraño y dentro de ese acento algo que me resulta familiar.

-¿De dónde eres?

-No me acuerdo-dice ella.

-¿No sabes de dónde eres?

-Eran sólo dos calles… No había iglesia, ni luz y menos agua potable.

-¿Y en qué país están esas dos calles?

-A tres horas de Sincelejo.

-¿Eres colombiana?

-Y costeña, como tú.

-Pensé que eras chicana y no sólo por el acento. ¿Desde cuándo trabajas para Peralta?

Soltó una carcajada y luego se puso muy seria y dijo:

-No trabajo para Peralta, él es mi… es nuestro dueño.

2. Al oído de Dios

Según Peralta se trataba de otro pequeño pueblo sin nombre, un caserío a media hora de Chinú (Córdoba) en la Costa Norte colombiana. Celestino, el padre de Miriam y Carol (que entonces tenían otros nombres) se las había entregado a cambio de una cabra.

-No-dice Miriam-. Mi papá quería una cabra pero Dámaso (ellas no le dicen Peralta) no sabía nada de cabras, él quería darle dinero.

-¿Y qué tenía de malo el dinero?

-Para mi padre era sólo papel. El cambiaba cosas por cosas. No podía imaginar (y menos nosotras) que en aquel pequeño fajo de billetes había más de ocho cabras.

-¿Piensan que voy a creer eso? Hace doscientos años quizá… ¿Acaso tu padre no veía televisión?

-¿Televisión?-la voz de Peralta tiene aristas de ironía y fastidio-. Su padre no ha visto ni un bombillo en su vida. Para él una vela sigue siendo alta tecnología. Es igual que aquí, ¿acaso lo que vemos es la verdadera ciudad?

Estábamos de nuevo en la cubierta del yate. Miriam, ahora con la ayuda de Peralta, seguía contándome la historia que sacó a dos niñas de un remoto caserío y las llevó a vivir en la Florida. Diego ha bebido muy rápido y duerme recostado en una silla playera. Los otros invitados han formado pequeños grupos que conversan, beben, fuman… El olor a marihuana se mezcla con la brisa marina. Desde la cubierta se aprecia en todo su esplendor la bella postal colonial rodeada de piedras: Cartagena de Indias. Más allá de esas murallas empiezan las barriadas marginales, el mar que se pudre, la miseria y el abandono que son el perfecto laboratorio de toda violencia. Quizá Peralta tenía razón, muy pocos turistas viendo la bella postal pensarían en la pobreza extrema que se esconde a sólo quince minutos.

-¿Y cómo pudiste convencerlo?

-No pude-dice un risueño Peralta-. Tuve que salir a comprar la famosa cabra y volver por las chicas. También le traje gallinas y un par de cerdos. Pero dinero no quiso aceptar.

Según el relato de Miriam había un anciano ganadero de apellido Vergara pujando también por llevárselas, pero Celestino había dado su palabra a Peralta de esperarlo 12 horas y para él su palabra era asunto de vida o muerte.

-¿Y por qué prefería a Peralta?

Carol se ríe y Miriam me explica que el tal Vergara ya se había llevado a varias niñas, vecinas suyas, a cambio de gallinas enfermas y tenía fama de malagente.

-¿Cómo así malagente?

-Un hijueputa con todo y ropa-dice Peralta-. Las niñas que caían en sus manos eran obligadas a trabajar como mulas y usadas sexualmente como trapos de cocina. Cuando salían embarazadas las echaba a patadas por putas. Y ten en cuenta que Vergara tenía entonces setenta y pico años.

-¿Y cómo sabían que Peralta no era peor?

Hay un largo silencio, Carol se toma la cara y solloza bajito.

Miriam me cuenta que aquella noche, mientras Peralta se había ido prometiendo regresar con la cabra, su madre y ellas salieron a campo abierto y rezaron varias horas para que aquel señor bien vestido resultara un hombre decente.

-¿Por qué en campo abierto?

Carol, un poco más serena, me explica que cuando no hay iglesia debes orar fuerte para que Dios (que es medio sordo) alcance a escuchar.

3. La vida está en otra parte

La casa donde nació Peralta estaba a menos de dos horas del caserío de Miriam y Carol, pero dentro de un pueblo de 30.000 habitantes, un pueblo regido por una enorme plaza y una iglesia cuya torre podía verse a kilómetros de distancia. Apenas acabó la primaria se fue a Cartagena, donde tenía parientes, a hacer la secundaria. Después estudió química y farmacia en Bogotá y realizó una especialización en París que lo convirtió en un experto en dar el sabor y aroma final a perfumes y licores. Trabajó para un par de compañías y luego abrió su propio negocio. Hoy tiene una fortuna, tres divorcios, dos hijos viviendo en Francia y muchas propuestas de trabajo porque es muy bueno en lo suyo. Pero él prefiere vivir en su yate, la mayor parte del tiempo anclado cerca de Boca Ratón, con sus dos ninfas de compañía que lo consienten como amante y lo respetan como un padre. De las dos niñas analfabetas, recibidas por una cabra, queda poco. Él, después de someterlas a tratamientos médicos para enfrentar la desnutrición, los parásitos y un montón de otras plagas que portaban, las hizo estudiar. De hecho ambas hablan inglés, italiano y francés (supongo que es la causa del raro acento), también les contrató clases particulares de glamour y modelaje.

-Pero lo hizo para tener amantes jóvenes y de lujo-dice Diego.

Hace unos minutos bajamos del yate porque Diego, que había dormido la mayor parte de la fiesta, se despertó con ganas de discutir. Primero lo hizo con algunos invitados y luego con el anfitrión. Tuve que ofrecer disculpas a todos y sacarlo de allí a rastras, ni siquiera pude anotar el celular de Miriam. Ahora está orinando contra las imponentes murallas y acusando a Peralta, el mismo que horas antes juraba admirar, de proxeneta y pervertido. Diego es fotógrafo y tiene cierto prestigio, eso le permite hacer amistades como Peralta. Nos conocemos desde hace un par de años y como me sé algunos poemas de memoria, él cree que soy un genio y me usa de apoyo intelectual. Seguro pensó que mi tanda de sonetos borgianos podían impresionar a Peralta. Termina de orinar y nos adentramos por las calles coloniales en busca de un bar. La imagen de Miriam titila en la oscura pantalla de mi mente. Diego insiste en acusar a Peralta. Entonces le hago la pregunta del millón:

-¿Crees que les habría ido mejor con Vergara?

4. Solas ante el destino

Una serie de casualidades propiciaron el encuentro entre Peralta y las chicas. El había regresado a su pueblo, luego de muchos años, para asistir al funeral de un pariente. En realidad el pariente le importaba poco, pero su madre le había pedido que la acompañara. Peralta trató por todos los medios de disuadirla pero ella amenazó con irse sola y como era vieja, terca y estaba algo enferma, se vio obligado a acceder. A esas alturas la madre de Peralta y sus parientes más cercanos vivían en Bogotá, así que aquel viaje nunca estuvo en sus planes. Durante el velorio, y en medio de los chistes y los tragos que son propios de esas ocasiones, alguien le contó la historia del hombre que estaba dispuesto a entregar dos hijas por una cabra. Para él no era extraño escuchar hablar de eso, cambiar, vender y esclavizar mujeres era una práctica antigua. Estaba en la historia de la humanidad y en el presente de muchas culturas, incluso mucho más crueles y salvajes que la suya. Peralta, como la mayoría de hombres latinoamericanos, había recibido una educación de fuerte tendencia machista. Su madre le había enseñado que él era un hombre y que una mujer era sólo una mujer. Millones de madres, a lo largo y ancho de este continente y más allá, les habían enseñado durante siglos lo mismo a sus hijos. Cambiar hijas por cabras quizá suene primitivo y prosaico, sin embargo, en los grandes centros de la civilización occidental ocurren cosas peores: por limpias y luminosas que sean las vitrinas llenas de mujeres que adornan las calles de �msterdam, por exóticas que resulten las modelos sacadas por los caza talentos de pantanos de �frica o el culo del mundo, allí hay cabra encerrada. Precisamente, lo que llamó la atención de Peralta en aquella historia fue la extraordinaria belleza que se les atribuía a las niñas. Entonces decidió ir a conocerlas y junto a otros hombres subió a un jeep con destino al caserío. La llegada de aquel forastero de mediana edad causó cierto revuelo, sobre todo porque sus acompañantes corrieron la voz que venía a llevarse las hijas de Celestino. A Peralta las chicas, que en aquel momento tenían catorce y dieciséis años, no le parecieron nada bellas. Estaban desaseadas, los piojos iban y venían por sus cabezas y sus vestidos eran viejos y remendados a más no poder. Iba a despedirse para regresar a su pueblo cuando la madre de las chicas lo llamó a hablar aparte. Fue ella quien le contó lo de Vergara y él, sin dudarlo, le ofreció dinero al padre para quedarse con las chicas. En ese momento pensó que iba a ser terrible para las chicas ser separadas de su familia, pero más terrible aún sería dejarlas en manos de Vergara. Su idea era llevarlas hasta Bogotá y dejarlas con su madre, pero cuando las vio bañadas, libres de piojos y vestidas con ropa nueva cambió de parecer y se las llevó a la Florida. A su madre le explicó que iba a educarlas y a conseguirles un mejor futuro, y nadie podría decir que incumplió su palabra. Lo que nunca dijo era cómo ellas debían pagar esa generosidad.

5. Final de partida

He dejado a Diego en su casa, todavía debe estar maldiciendo (en el fondo es envidia) a Peralta. Subo a un taxi sin poder sacarme a Miriam y Carol de la mente. Diego jura que había algo triste en ellas y no lo dudo pero no creo que esa tristeza se deba a su relación con Peralta; es algo más de fondo. Ya no son dos niñas campesinas perdidas en un remoto caserío, se trata de dos sofisticadas y bellas mujeres que han viajado por el mundo. Sin embargo deben sentirse más perdidas que nunca. Ellas no eligieron ni en una mínima parte ese destino, Peralta sabe bien donde lleva su yate pero ellas siempre estarán a la deriva. El es su dueño y me confesó que en más de una ocasión ha querido darles la libertad para que conozcan a otros hombres y se enamoren. Siente que se han ganado el derecho a tener una vida lejos de él; incluso les ha prometido apoyarlas mientras se establecen por su cuenta y enseguida ellas han entrado en pánico y de rodillas le han rogado que las deje seguir allí. Y le creo, para ellas él es el único madero al que pueden aferrarse en aquel constante naufragio que tienen por vida. Seguro piensan en la otra posibilidad, lo que pudieron haber sido en manos de Vergara, los hijos bastardos que habrían destruido sus cuerpos y amargado sus almas y entonces deben temblar y dar gracias a todos los santos por Peralta. Pero también debe haber momentos en que lo odian, en que sienten que él les robó la niñez y tantas ensoñaciones a las que tenían derecho y que ignoraban hasta que los profesores y los libros les enseñaron a razonar, a separarse de los mamíferos, a tener un espíritu capaz de soñar sin pedir permiso a Dios. Miriam, a espaldas de Peralta, me contó que quiere ser modelo, ganar dinero y regresar algún día por su madre. También me dijo que Carol quiere estudiar medicina pero que, a diferencia suya, no piensa regresar jamás al caserío. Y quizá lo hagan, quizá logren vencer la dependencia de Peralta y lanzarse a cumplir sus sueños. Supongo que por eso invité a Cesare a conocer el caserío (que, por desgracia, no ha cambiado mucho) y escribí esta crónica. Recuerdo que el yate estaba lleno de revistas como ésta, a ellas les gusta leerlas y Peralta las complace. No sería descabellado imaginar que leen estas líneas y se enteran cuánto deseo que dejen el yate y sigan por su cuenta y riesgo, cuánto deseo que Miriam ya no necesite hacer preguntas (y menos a idiotas como yo) para saber cómo se siente un beso de verdad.

posted by Mori Ponsowy at 5:43 p.m. 5 comments

miércoles, septiembre 07, 2005
COMENTARIOS

En una entrevista que le hice hace poco a Siri Hustvedt, ella dijo: "Las críticas negativas me duelen, pero las verdaderamente horribles y perversas me hacen reír."

Hasta ayer me había sucedido lo mismo con los comentarios negativos que a veces aparecían en Goma de Borrar: me hacían reír. Me divertían, incluso. "Don Diego" o algún otro criticaba, yo sonreía y listo. Al fin y al cabo, eran muchísimos más los comentarios positivos, inteligentes, con fundamento.

Pero ayer apareció un comentario realmente grosero en uno de los textos publicados. Un comentario que insultaba al autor sin siquiera hacer referencia al cuento. Lo firmaba "Don Diego" pero luego, abajo de ese comentario, había otro comentario de "Don Diego" diciendo que el comentario anterior no había sido suyo. Es decir, desde ayer, Don Diego tiene un doble. Un anónimo que se esconde detrás de otro anónimo. Un insulto que galopa sobre otro y duplica la dosis de agresión.

“Meterse el cuento y las zanahorias en el orto�.

En vez de risa, aquel comentario me hizo sentir vergüenza. Vergüenza ante los demás lectores y, sobre todo, vergüenza ajena ante el escritor que tuvo la gentileza de enviar su cuento para subirlo al blog. Borré el comentario en cuestión (si lo buscan, no está: no existe más) y, por un día, suprimí la posibilidad de hacer comentarios, mientras pensaba qué hacer. Consulté a los colaborades estables. Resultado: los que dicen que hay que dejarlos y los partidarios de eliminar la posibilidad de hacerlos, se dividen exactamente en mitad y mitad.

Todo un fenómeno sociológico, esto de los comentarios. Qué fácil criticar y ofender cuando no hay que dar la cara, cuando nadie sabe quién es el que escribe. Alguien me dijo que no tiene sentido tener vergüenza por algo que escribió otra persona. Quizá sea cierto. Y quizá también sea cierto que los escritores que aceptan "publicar" aquí lo hacen sabiendo que en los blogs hay comentarios y que estos pueden ser de cualquier tipo: generosos, agudos, negativos, procaces.

La experiencia de otros escritores bloggers apunta hacia el mismo lugar. Beatriz Vignolli, Guillermo Piro, Gustavo Nielsen, son sólo tres de los que decidieron suprimir los comentarios en sus blogs. Toda va bien hasta que aparece un terrorista, enmascarado o no, disparando a mansalva sobre lo que lleva tanto tiempo construir.

La idea de este blog, borrar fronteras, se refería no sólo a las geográficas. La idea era que este fuera un sitio en el que también los lectores pudieran opinar. Por eso a partir de hoy, de nuevo, se pueden hacer comentarios en Goma de Borrar. Intentaré mantener la idea original... hasta donde pueda. Cuando vuelva el francotirador, intentaré pensar que no soy yo quien firma sus comentarios. Intentaré convencerme de que los escritores que aceptan subir un texto al blog saben que se están exponiendo y tienen la suficiente madurez emocional (¡????) como para darse cuenta de que un halago y un insulto valen, en realidad, lo mismo. No prometo lograrlo: mi madurez emocional no es tan alta que digamos y es bastante probable que vuelva a darme vergüenza. Y lástima, también: soy tan humana como el terrorista, comparto su condición, pero aun así no lo puedo entender. ¿Qué le pasó en su vida que sólo tras un doble anonimato se anima a manifestarse? ¿Qué buscan los insultos gratuitos? ¿Ofender y destruir algo limpio? ¿O acaso lo que necesita el francotirador es un abrazo silencioso que lo calme? ¿Entonces estuvo mal mi reacción instintiva e inmediata de borrar su comentario en un intento de proteger al escritor? ("Esta acción no podrá ser revertida", me advirtió la compu antes de que yo volviera a apretar DELETE.) Y una última cuestión, ¿acaso lo que sea que le haya pasado en la vida al pobre doble de Don Diego justifica su reacción?
Como suele sucederme, no tengo respuestas. De ayer a hoy sólo he llegado a darme cuenta de una cosa: en una escala infinitamente menor, lo que pasó en este blog, lo que pasa en los blogs, refleja el mundo que habitamos. Y otra cosa más: un insulto gratuito y un halago no valen lo mismo. Uno destruye, el otro ayuda a construir.

posted by Mori Ponsowy at 9:39 a.m. 7 comments

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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  • "Abril Rojo" de Santiago Roncagliolo
  • "Cómo ser buenos" de Nick Hornby
  • "Matadero Cinco" de Kurt Vonnegut
  • "Desgracia" de J.M.Coetzee
  • "Las cosas que llevaban" de Tim O´Brien

Pelis

  • "El hombre elefante" de David Lynch
  • "Blue Valentine" de Derek Cianfrance
  • "Singin in the Rain" de Gene Kelley y Stanley Doney
  • "The Day the Earth Stood Still" de Robert Wise
  • "Luz silenciosa" de Carlos Reygadas
  • "Gigante" de Adrián Biniez
  • "La teta asustada" de Claudia Llosa
  • "Slumdog Millionaire" de Danny Boyle
  • "Caramel" de Nadine Labaki
  • "Paranoid Park" de Gus Van Sant
  • "Sin lugar para los débiles" de los hermanos Cohen
  • "El arco" de Kim Ki-duk
  • "Volver" de Almodóvar
  • "Nadie sabe" de Hirokazu Kore-eda
  • "De latir el corazón se me paró" de Jacques Audiard
  • "Caché" de Haneke
  • "La promesa" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "El niño" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "Una historia sencilla" de David Lynch
  • "Los idiotas" de Lars von Trier
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