Goma de borrar
 
jueves, septiembre 01, 2005
AQUELLAS PERAS VERDES

por Efraim Medina Reyes

“Como se ama uno cuando alguien ama algo en uno�
Raúl Gómez Jattin


A los cuatro años una mujer no tiene conciencia del sexo al que pertenece. En mi caso, con un hermano gemelo y otro que apenas nos sacaba un año, era más difícil entenderlo. Jugando o peleando con ellos me sentía un niño más y aunque me parecía extraño no tener esa pequeña antena, de la que ellos ya alardeaban, en el resto las diferencias no existían. Mi madre era una abogada librepensadora que nos vestía a todos de pantalones y camiseta a rayas horizontales como cualquier personaje de Plaza Sésamo. Pero el tiempo pasa rápido y luego quien tuvo dos antenas en el pecho fui yo y la relación con mis hermanos se fue haciendo distante porque ellos eran hombres y yo debía entender que era una mujer. Ese debía entender fue trágico desde el principio y no porque tuviera inclinaciones homosexuales; el fastidio era soportar que todos, menos yo, tuvieran claro que cosa era una mujer y como debía comportarse. Por el contrario mis hermanos nunca tuvieron dudas: eran niños y luego serían hombres. Punto. Yo, que había sido niño buena parte de mi vida, tenía que meterme ahora en la cabeza que era una mujer y que aquellas antenas, luego tomaron forma de peras, eran las armas principales de mi arsenal femenino. Nunca me gustaron mis piernas y en general ninguna parte de mi cuerpo parecía destacarse, sólo aquellas peras insistían en ser fuertes y bellas. Sólo ellas me hacían el centro de las miradas de los muchachos del barrio. Quizá debido a ellas alguien enloqueció por mí al punto de pedirme en matrimonio y pasarse veinte años de su vida en mi compañía. Bueno, no soy tonta, sabía que tenía otros atributos como unos ojos grandes de color verde aceituna pero las peras seguían siendo lo más importante. Tuve tres hijos, a los dos primeros pude amamantarlos y con el tercero llegó la noticia del cáncer que aún hoy, al escribir esto, me saca lágrimas. No podía aceptar que Dios o quienquiera que fuera el jefe de las enfermedades dirigiera sus rayos justo a la parte más querida de mi cuerpo, la parte que mi marido seguía venerando. Pero ya sabemos que lo peor de una enfermedad suele ser el remedio así que cuando el médico me insinuó que debía quitarme un pedazo de aquí y otro de allá le dije que prefería morir. Fueron días tormentosos para todos. Nos reuníamos en familia a orar y terminábamos llorando. Todos me pedían que aceptara el tratamiento. Mi marido trató de convencerme de que con senos o sin senos yo sería la misma para él y me cantaba día y noche el bolero que dice: Aquellos ojos verdes... Y acepté y empezó un infierno plagado de radioterapias y quimioterapias junto a dietas y medicamentos que me mantenían en el limbo. Poco a poco, como en un sueño atroz, se fueron yendo mis senos y con ellos algo que todavía no era capaz de discernir. Durante meses evité dirigir la mirada hacia esa parte y los espejos se volvieron mis enemigos; un sentimiento más hondo que la tristeza y el desamor me abatía. Pero uno se acostumbra a todo o se imagina que lo hace: el odio por esas cicatrices, por Dios, por la medicina nunca se ha ido del todo. Hay noches en que me despierto y busco en mi pecho aquellas bonitas peras y siento que el vacío me hiere. Mi marido sigue diciéndome que nada ha cambiado pero ya no tenemos sexo con la misma frecuencia e intensidad y no creo que se deba a mis cuarenta y dos años; aunque no lo diga las peras le hacen falta, sin ellas sus manos tienen que ir más lejos para encontrarme. No sé que se sentirá perder las piernas o un brazo pero creo que lo preferiría porque para una mujer sus senos hacen la diferencia. Los senos son el centro de nuestra cultura tanto en lo ancestral como en lo contemporáneo, los senos han sido para muchas mujeres el camino al éxito, a la celebridad o por lo menos a un esperado aumento de sueldo. La alternativa que tengo son las prótesis y en cuanto los gastos familiares nos den chance voy a comprar un par bien grandes. Sé que aquellas peras son irremplazables, que nunca volveré a sentir el placer y la seguridad que me daban. Ellas fueron mi referencia entre el niño que fui y la mujer que pude ser. También me conectaron a mis hijos en esos primeros meses y mantuvieron a mi marido celoso de los extraños. Ahora que sus pechos son más grandes que los míos no siente que deba preocuparse si me demoro mucho en la calle o no le cuento con quien estuve. Quizá piensen que me hace falta un marido celoso, yo también suelo pensarlo y otras veces creo que la necesidad de cierto tipo de celos se debe a que en muchos casos reflejan el interés y el miedo a perder algo. Porque ahora sé con dolor y angustia que aquella extraña sensación que tuve durante los primeros días sin senos era la forma como mi cuerpo me avisaba que con estos, más que las noches de buen sexo o el equilibrio emocional y la seguridad, estaba perdiendo la pasión por mí misma y todavía nadie inventó unas prótesis que me la devuelva.



posted by Mori Ponsowy at 10:54 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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