Goma de borrar
 
lunes, septiembre 19, 2005
MANUSCRITO HALLADO EN UNA MUDANZA

Por Beatriz Vignoli

Tiene que haber habido una época en la que todo haya sido más fácil. Un tiempo en que, si tu vecino se quedaba despierto haciendo ruido hasta las cuatro de la mañana, pudieras gritarle: “¡Oiga, vecino! ¡Deje dormir!� sin sentirte por eso un aguafiestas, un facho represor, un moralista antidemocrático, un enemigo de los sectores progresistas, un perdedor, un infeliz, un reaccionario. Tiene que haber habido una época en que, si uno se aparecía ojeroso en la oficina o en la mesa del café y comentaba: “Hace tres noches que no duermo. Voy a ponerles una denuncia por ruidos molestos a esos salvajes�, no le dijeran: “¿Pero cómo los vas a denunciar? ¡Oscurantista! ¡Mudate o comprate tapones!� o: “Empezá a preguntarte por qué vos elegís esos vecinos�, o bien: “¿Y por qué te enganchás? ¿No observaste tu propio narcisismo masoquista y paranoide? ¿No te das cuenta de que no te hacen ruido a vos?� y no faltará quien concluya, para cambiar rápidamente de tema: “Yo tomo Lexotanil y duermo bárbaro�.

Tiene, estoy segura de que tiene que haber habido una época en que por un vecino ruidoso (o dos, o veinticinco) no fuese preciso andar por la vida mudándose, o psicoanalizándose, o haciéndose adicto a las benzodiacepinas, convirtiendo un problema en tres problemas (o en cuatro, si se suma el inevitable problema de dinero que acarrea casi para cualquiera una combinación de seminomadismo, drogadicción legal y psicoanálisis interminable), y todo pudiera solucionarse con un par de tiros al aire sin que lo trataran a uno de loco y en cambio lo respetaran por saber hacerse respetar. Tiene que haber habido un tiempo feliz, una inocente Edad de Oro en que un marido golpeador fuera pasible de ser incriminado por lesiones y no compadecido por su inmadurez preedípica, pobrecito, caído encima en garras de una manipuladora perversa y suicida que lo usa de instrumento ejecutor para destrozarse, boicoteando así su propio éxito profesional, que la llena de sentimientos de culpa... En Argentina, después de la dictadura militar, las nociones de agresor culpable y víctima inocente parecen haberse intercambiado. Tendemos a considerarnos como íntegramente responsables de lo que padecemos, mientras que las acciones, delictivas o no, criminales o no, han entrado todas en la esfera de lo inimputable. Los cuentos nos salen, los encuentros suceden, ser atropellado por un auto (no lo inventé; lo leí en una revista, en la sala de espera de la psicóloga) puede perfectamente tildarse de microsuicidio... Mientras que manejar sin ningún respeto por los peatones y terminar matando a uno o dos es tenido por una catástrofe natural: un desastre puramente mecánico del que los ancianos, los niños, las adolescentes que cruzan la calle deberían saber cuidarse. El otro es una fuerza de la naturaleza; el único responsable es uno, a. k. a. la víctima. Al mismo orden de catástrofes naturales parecen pertenecer los genocidios y las crisis financieras, los terremotos y los huracanes. Incluidos entre estos últimos aquellos cuyo poder destructor deriva de la combinación de factores entre una represa que seca los pantanos que hacían de barrera al mar, y un gobierno que manda un tercio de su guardia civil a matar extranjeros y no te evacúa a tiempo si no tenés tarjeta de crédito ni auto.

La sociedad moral, donde cada individuo se sentía con derecho a reclamar a los demás una conducta justa, dio paso a una sociedad donde cada individuo tiene el único deber de cuidarse a sí mismo, y no puede exigir nada a nadie sin que se lo acuse de estar incurriendo en actitudes border o demandantes. La adaptación muda o la autocrítica reemplazan la queja y la denuncia. Lo canchero, lo progre, es hacerse cargo. Al “no me pagan� se lo enfrenta con un: “¿Y vos qué hacés que no luchás por cobrar?� Al “me discriminan� se le responde: “Tendrás que ver qué mensaje autodesvalorizado le estás dando al otro, a través de tu aspecto y tu postura corporal, para que no te respete�. Y se añade, con astucia, el adverbio sagrado: “inconscientemente�. “Esto (dándose golpes de pecho) lo provoqué yo inconscientemente�. O (en un movimiento proyectivo bastante molesto) “esto lo provocás vos inconscientemente�. En vez de analizar datos, dialogar, sopesar múltiples causalidades, en nuestra criolla mitología “psi� (que en los años ochenta terminó de llenar el vacío dejado por la proscripción del debate público político) el Inc. (Inconsciente, y por ende el yo que tiene que hacerse responsable de las travesuras del Inc. a su cargo) sustituye a Dios (o a la dèmarche, o a los Dioses) como causa última de todo lo que sucede. Es decir, de todo lo que le sucede al sujeto, porque lo que suceda más allá del sujeto carecerá para éste de la menor importancia. El paciente cae entonces en lo que yo llamo la D.R.I.A., o Doctrina de la Responsabilidad Individual Absoluta. Esto redunda en un profundo sentimiento de culpa, que era precisamente lo que el psicoanálisis trataba de evitar, y lo sume en una peligrosa vulnerabilidad: si lo insultan, tiene que hacer su autocrítica; si le cae un piano en la cabeza, y sobrevive, tiene que preguntarse cómo es que justo pasaba por ahí. Me acuerdo de una amiga, psicóloga freudiana, que acababa de divorciarse. Para colmo de males, le robaron la billetera con todo el sueldo en la cola del supermercado. Mi amiga no cesaba de increparse: “¿Cómo me hice esto?� y de responderse: “La pérdida, la pérdida...� convencida de que, en su acto fallido de llevar todo el sueldo encima y dejar que se lo robaran, había hecho síntoma la pérdida de su pareja. Al oírla contar esa historia, sentí que mi amiga se me había vuelto una extraña. Me imaginé la denuncia por robo que nunca hizo, la nula conciencia de sus propios derechos mal disimulada por un barniz de cultura europea; pensé en ese ladrón, en su impunidad, y tuve miedo.

posted by Mori Ponsowy at 7:19 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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