Goma de borrar
 
lunes, octubre 31, 2005
ACERCA DE ÚLTIMOS MOVIMIENTOS

un poema de Oliverio Coelho, en torno al último libro de Fogwill


Después de este perfecto atardecer
soy un hombre pobre que ascendió a rico,
o un rico que se empobreció.

De regreso,
con la impresión de que el tráfico y la luz
habían afectado mi columna,
invertí en un último movimiento
veinte pesos, y en la terraza
de mi casa lié tabaco R.Y.O. (roll your own)
La suavidad importada y magra
tenía algo de algodón de estepa y de apartheid.
Leí poemas de Fogwill.
Venían envasados en la Sudáfrica horadada
por falsos premios Nobel .

La extensión de la lectura me llevó
a una de esas copas que siempre soporta
un vino insatisfecho.
Terminé el libro de noche, en el mismo lugar,
el único lugar, el agujero, la cuna de los actores

"¿Qué es sentir ahí sentados
enfrentando al agujero
mismo de nosotros mismos?"

Terminé el libro de noche y pensé en robarlo
y enfrentarme al agujero.
El libro estaba comprado. Releerlo, me dije,
retirar lo bello para que la superficie sea colador.
Entonces empecé a robar más y más versos

"La fealdad es un mono fantasma
adiestrado por la paciencia
que encanta a las mujeres
con sus gestos que parecen humanos
o infantiles cuando tiende un brazo
para pedir."

Sin duda la columna del Dr. Fogwill
está entera. Es un cuerno mágico y primitivo
que succiona aire y escupe pelirrojas.
Los taxistas rencorosos mienten: Dios sólo
le dan pan al que tiene dientes.

Para los escépticos y los epilépticos
lo bello no se paga ni es gratuito y trayectos
como el de hoy ni se inducen
ni se repiten, porque calman
la memoria y después desaparecen
como una mujer cara.

Hoy podría dormir tranquilo: con honores.
pero es temprano para desplomarse como un poeta
molido en últimos movimientos.

"¡Ay, lengua:
aparta de mí este cuerno de la prosperidad clavado
en tu ingle,
saturada de chips, y cubre
nuestras heridas con el bálsamo de los malos poemas!"

Alrededor la ciudad no parece Ciudad
sino sólo
percepción del tiempo.
Los perros ladran y el candado del cuerpo
me asegura que el oído se equivoca
y son gallinas fluidas las que cantan.
Otra vez anocheció. Vi desaparecer
dos veces el sol sobre el mismo poema.


Oliverio Coelho nació en 1977, en Buenos Aires. Publicó la nouvelle "La víctima y los sueños", y las novelas "Tierra devigilia", "Los invertebrables", y "Borneo".

posted by Mori Ponsowy at 12:54 p.m. 0 comments

ACTRICES, ACTORES

de FOGWILL

Si verdaderos, no
representan: son
el representar. Dan
la belleza: el miedo
de caer al agujero
de la escena que nos vuelve
al fondo
de lo que debió ser.

Y ni hablar de sentir.

¿Qué es sentir ahí sentados
enfrentando al agujero
mismo de nosotros mismos?


(Este poema pertenece al libro "Últimos movimientos", de Fogwill (Paradiso ediciones, 2004), y es uno de los que inspiró el poema de Coelho.)

posted by Mori Ponsowy at 12:50 p.m. 0 comments

viernes, octubre 28, 2005
MALLO

Alfonso Mallo (Mallo a secas, para los amigos y todo el mundo, como le gusta decir) nació en Mar del Plata, Argentina, en 1975, y vive en Santiago de Chile. Publicó Luz de la inquietud (relatos, 2003), Los incendios (novela, 2005) y Bonus Track, una antología de textos de periodismo cultural.
El cuento que publicamos apareció originalmente en el suplemento cultural de La Capital, de Rosario, el 18 de febrero de 2001, y posteriormente se incluyó en Luz de la inquietud. Actualmente, Mallo se desempeña como editor general de RIL editores, donde coordina una colección de narrativa que ya tiene once títulos (casi doce), uno de los cuales es la antología Cuentos argentinos, compilada por Fogwill. También con cierta constancia, Mallo colabora con reseñas en la página de Punto de Vista (www.bazaramericano.com) y con el anuario de poesía Ærea. Tiene un blog del que se ocupa, según dice, "con gran pereza pero cierta constancia" (http://eldiainvisible.blogspot.com), donde va subiendo algo del work in progress y otros textos variados (lecturas, algunas citas, fragmentos).

posted by Mori Ponsowy at 6:01 p.m. 0 comments

Un fulgor desconocido

por Alfonso Mallo

Integramos dieciocho caravanas y de todas nos expulsaron antes de llegar a destino, sin violencia pero con una determinación que no permitía los sobreentendidos. Volvimos a intentarlo dieciocho veces y otras tantas fuimos ignorados. Ahora somos nuestra propia caravana y, mientras recorremos la ciudad, nos damos cuenta de que nos movemos en círculos. Si tuviéramos que regresar al lugar desde el que comenzamos a caminar, sabríamos que el movimiento lento no tiene destino. Ninguno de nosotros recuerda de qué está hecho ni cuándo se sumó al resto, aunque es capaz de intuir, por los gestos, algunos rasgos de personalidad. Nos queda, a veces, el goce de los cuerpos, que ejercemos con profunda, meditada prolijidad.
Creemos que el loco llegó para que todo dejara de ser como hasta el momento. Perdimos un poco de tranquilidad y ya no nos mirábamos con la misma indiferencia. Nos costaba reconocer, sobre todo cuando formábamos la rueda que nos protegía, por las noches, de los murciélagos que sobrevolaban el fuego y que en el último tiempo se habían vuelto demasiado agresivos, los rostros que mirábamos con naturalidad hasta su aparición: ahora simulaban recortes de algo raro, una presencia acechante y perversa que nos iba inoculando, aunque despacio, la desconfianza.
Lo encontramos en una de las primeras caminatas del día, cuando el sol todavía no superaba la línea de los edificios que, siempre, tenemos a los costados. Envuelto en una especie de manta de arpillera, esperaba acurrucado contra una de las tantas puertas que nunca nos atrevemos a abrir. El viaje por la ciudad se ha vuelto algo peligroso y preferimos no abandonar la seguridad de la calle, el espacio más amplio y abierto que conocemos. Se acercó con paso tambaleante y sólo hizo un gesto para indicar que se sumaba a la caravana. No quisimos expulsarlo: supimos, casi de inmediato, que no era la primera vez que lo intentaba y a cada uno de nosotros se nos hizo vívida la imagen del rechazo, la negativa de los que se encolumnaban en otras caravanas cuando, tambaleantes como él, quisimos formar parte de ellas para que nuestras vidas parecieran tener un sentido o, al menos, la ilusión de un lugar adonde ir, una meta inalcanzable que nos mantuviera en movimiento.
Enseguida prefirió ocupar un espacio entre los primeros puestos, casi junto al que, sin que nadie lo decidiera, disponía el itinerario que haríamos cada día. Ningún tipo de jerarquía se había establecido entre nosotros y, por el contrario, tendíamos a ordenarnos de acuerdo al tiempo que demorábamos en salir del sueño y levantar las pocas cosas que llevábamos. De alguna manera, él siempre se las arreglaba para estar despierto y preparado cuando el resto recién abría los ojos, pero conservó una actitud respetuosa por ser el último que se había sumado, dejando que otro se hiciera cargo de la delantera.
Caminábamos por las calles en silencio. A veces levantábamos la cabeza para observar los edificios desiertos, el amontonamiento de ladrillos y hierros doblados que formaban las casas y los fragmentos de cosas que nos eran completamente extrañas. El loco las miraba pero sus ojos parecían atravesarlas; tendían una línea hacia algún punto más allá de la ciudad, hacia el lugar en el que aparecía lo que para nosotros era una vaga idea de la frontera, que presagiaba algo ominoso abriéndose hacia adelante. El resto dejaba que lo hiciera y respetaba casi siempre sus momentos de estatismo, sus detenciones o la repentina ausencia que parecía invadirlo. Algunos, incluso, dormimos con él en señal de solidaridad, buscando en el calor de otro cuerpo el resto de compasión que nos quedaba, el brillo de algo que alguna vez debe haber existido pero que nos costaba sentir como propio, y que nos impedía toda noción de pertenencia.
Mucho tiempo pasó hasta que decidió volverse activo. Luego de algunos días, advertimos que era el que nos guiaba, el que con certeza elegía las esquinas en las que debíamos girar y disponía el lugar exacto en el que nos sentaríamos, ampliando o cerrando el círculo protector, con más o menos fuego, de acuerdo con la temperatura de la noche. Y, sin embargo, no nos importó demasiado. Dejamos que se acomodara, que asumiera el rol que había venido a desempeñar con la solvencia de un guerrero, y ya no pudimos verlo como un loco o un ausente. Apenas nos sorprendimos cuando dejó de dormir y mantuvo la guardia durante toda la noche, rodeado por el chillido insistente de los murciélagos, atizando el fuego que, a veces, emanaba una gruesa llama cargada de chispas.
Durante el día, recorríamos las mismas calles, en el mismo sentido, hasta que la monotonía de las construcciones se nos hacía una sola cosa, un fenómeno sobrenatural que marcaba nuestra perspectiva del mundo, una visión. Formamos una hilera, también, cuando extrañamente nos hizo detener en la mitad del día junto a una puerta inmensa de vidrios opacos, con restos de papeles pegados sobre ellos. Él la miró, se acercó lentamente hasta una manija grande que cruzaba dos hojas de madera hinchada y sentimos que ponía todo su empeño en empujarlas. Cuando finalmente cedieron, se hizo a un costado para dejarnos pasar a un agujero oscuro, inmenso.
Luego de un pequeño salón, en el interior, había innumerables filas de asientos, orientados en el mismo sentido y clavados en el piso. El polvo se extendía en una capa que se superponía con todo lo existente: algunas cortinas pesadas en la parte de atrás, un lienzo agrisado por el tiempo y cargado de telas de araña en donde se terminaba el espacio visible. Hizo un gesto con la mano para que nos animáramos a avanzar. Como siempre, las mujeres fueron las que primero perdieron la desconfianza y se adentraron en el inmenso salón. Vimos cómo se sorprendían al encontrar que el suelo registraba un pequeño y constante descenso para perderse más adelante, en el límite de la tarima que separaba el lienzo gigantesco del piso de listones. Tal vez por el cansancio o la desidia, ellas se sentaron en cualquier lugar, dejando que pequeñas nubes de polvo ganaran altura a medida que dejaban caer sus cuerpos pesadamente sobre los asientos. Después, fuimos los demás.
Él se quedó esperando junto a la puerta, un poco más allá de los cortinados. Parecíamos una mancha multicolor en la inmensidad de ese campo sembrado de sillas extrañamente cómodas, y pensábamos que él había armado todo para vernos allí reunidos, sin motivo aparente, pero con el orden que dan las cosas inmutables, eternas. Dejamos de prestar atención a sus movimientos cuando una luz, tenue primero pero potente después, comenzó a hacerse grande contra el lienzo de adelante. El brillo fue tan repentino y penetrante que todos nos llevamos las manos hasta los ojos para impedir que nos cegara por completo. A pesar de eso, ninguno sintió miedo ni se movió del lugar en el que estaba; más bien nos había ganado la curiosidad, que tal vez sea, sí, una de las formas del temor.
El resplandor permaneció unos instantes sin moverse; luego comenzó a temblar y aparecieron algunas manchas negras, circulares, sin ningún tipo de lógica o ritmo. Un zumbido se apoderó del espacio justo cuando algo parecido a nosotros mismos comenzó a moverse contra el lienzo. Imágenes similares a las nuestras iniciaron rápidos movimientos hacia uno y otro lado: algunas se topaban entre sí, otras se besaban; aparecían y desaparecían sin ningún tipo de explicación y muchas preferían esconderse detrás del lienzo, saliendo rápidamente por el costado para hacerse invisibles. Después de un tiempo que no pudimos calcular, volvió la oscuridad, aunque en el fondo de los ojos, durante días, nos quedó el recuerdo de lo que habíamos visto. Salimos tan silenciosamente como habíamos entrado. El loco nos esperaba acodado en la puerta y, cuando la última mujer traspuso el límite que separaba ese agujero extraño de la calle, se encargó de cerrarla otra vez, ahora con menos esfuerzo.
Un día desapareció y, con el tiempo, cada uno se fue separando del resto para formar su propia caravana. De ninguna nos han expulsado y ahora somos nosotros los que intentamos poner los límites entre un camino que se extiende hacia adelante y el que vamos dejando, con determinación, a nuestras espaldas, sabiendo que buscamos algo, tal vez una imagen o el flaco fulgor de lo desconocido.

(Puerto Montt ? Mar del Plata, enero 12 - febrero 8 de 2001)

posted by Mori Ponsowy at 6:00 p.m. 0 comments

jueves, octubre 27, 2005
EL HOMBRE DE MI VIDA

por Efraim Medina Reyes
(el mismí­simo que viene pronto a BA)


Ana llevaba dos semanas durmiendo con fármacos. No podía aceptar la idea de que Juan la hubiera abandonado por una secretaria. Cierto que lo había dejado de amar hacía años o, si lo pensaba bien, jamás había sentido por él más que una simple atracción que se apagó apenas se fueron a vivir juntos. Sin embargo, la costumbre era más fuerte que la razón y borrar siete años en unas horas no era fácil. Marianne conocía bien a Ana y sabía que su autoestima estaba por el piso. Cuando Psique la invitó a una fiesta de disfraces para celebrar Halloween de inmediato llamó a Ana para convencerla de ir juntas. Al principio Ana se negó, siempre había odiado Halloween, le parecía una estupidez celebrar aquella fiesta gringa como si fuera la quinta esencia del folclor nacional. A Marianne le hacía gracia la actitud contestataria de su amiga, para ella la identidad y el folclor podían irse al carajo. Se trataba de superar una crisis sentimental y no de salvar el país. Al final Ana aceptó a regañadientes ponerse el disfraz de Robin que Marianne le había conseguido sin saber que aquella fiesta iba a cambiar su vida.
El apartamento de Psique (confidente de Marianne y artista plástico conceptual) estaba hasta el tope de gente. Los piratas, dráculas, cenicientas y demás monicongos bailaban al ritmo frenético de la música electrónica mientras bebían vodka y tragaban pastillitas multicolores. Ana y Marianne estaban con Psique esnifando cocaína. Marianne tenía una larga experiencia con las drogas, para Ana era su primera vez. Debido al volumen de la música y el efecto de las drogas los invitados no podían hablar y se limitaban a comunicarse con gestos. Un teletunik pasado de kilos invitó a Marianne a bailar y ésta arrastró a Ana hacia la pista. Ana sentía que su cabeza giraba mil veces más rápida que la música, su cuerpo parecía elevarse del piso y sintió que dejaba de ser Ana para convertirse en Robin. De repente apareció frente a ella un alto y atlético Batman. Batman se tragó una pastilla azul y le ofreció una roja. Ana abrió la boca. Luces multicolores estallaron en su mente. Batman la agarró de las manos y giraron juntos. Los cuerpos se fueron acercando. El aliento tibio de Batman le acariciaba el cuello y luego sus labios aplastaron los suyos y se excitó a tal punto que le dolieron la punta de los senos y pudo sentir como la mancha de humedad se extendía entre sus piernas. Batman lo hizo seguirlo a través del pasillo. Entraron a un cuarto apenas iluminado por una luz roja. Batman la besó en la nuca y metió la mano dentro de su trusa, los dedos se movieron con una habilidad increíble y tuvo un delicioso orgasmo.
-Eres el hombre de mi vida -susurró Ana y trató de abrir la cremallera del vestido de Batman que retrocedió un poco. Ana volvió a la carga y Batman no opuso resistencia. Al abrir la cremallera del pecho de Batman saltaron dos enormes tetas y Ana pegó un grito y empujó a Batman que cayó de espaldas golpeándose con la pared. Ana se agachó para preguntarle a Batman si estaba bien y notó que un hilillo de sangre le bajaba por la frente.
-No es nada, tranquila -dijo Batman.
-Pensé que eras? -dijo Ana con la voz quebrada.
Batman le acarició el pelo y Ana sollozó bajito, cerró los ojos y se quedó dormida sobre las tetas de Batman.
Han pasado quince años. Ana y Ángela (que todavía conserva su traje de Batman) no se han separado desde aquella fiesta. Comparten, en compañía de los tres hijos de Ángela, un bonito apartamento en Ciudad Inmóvil. Ninguna de las dos se siente lesbiana, al menos no técnicamente. A ambas les gustan los hombres (Ángela estuvo casada 12 años) y de vez en cuando disfrutan de ?una ración de pene?, pero su vida emocional y sentimental es perfecta y consideran que el sexo entre ellas es más liberador y tiene la fantasía que ningún hombre podría darles. Cuando titulé mi novela Técnicas de masturbación entre Batman y Robin estaba pensando en ellas y en tantas otras mujeres que decepcionadas y amargadas de la egolatría y la aburrida sexualidad masculina encuentran al "hombre de su vida" en otra mujer.

posted by Mori Ponsowy at 7:30 p.m. 7 comments

miércoles, octubre 26, 2005
DON CHICO QUE VUELA

Un cuento de Eraclio Zepeda



Te paras al borde del abismo y ves al pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ente tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en la línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamaca, suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante.
Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumeando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el asenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en la que estás ahora.
Ahí es donde le das la razón a don Pacífico Muñoz, don Chico, quien no soporta estas distancias que tú has caminado y dice que ir a pie es inútil y a caballo tontería, que para estas tierras volar es indispensable.
Hace años que le escuchaste los primeros proyectos de vuelo y contravuelo. Fue cuando sentado, como tú ahora, al borde del abismo viendo al otro pueblo, dijo dándose un manotazo en las rodillas.
- Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganábamos a Chihuahua . . . ¡Y ya vuelto llano a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos.
Y así fue como la locura del vuelo se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño.
Volar fue la única pasión que le impulsaba en el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo un año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo, como tú me comentaste el otro día.
Don Chico subía, tú lo viste muchas veces, al cerro más alto para contemplar las distantes montañas azules y perdidas entre el vaho que viene de la selva. Allí sentado en la piedra donde escribió su nombre, tú escuchaste muchas veces a don Chico:
- La tierra desde el aire está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo el mar.
Don Chico inventaba una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño.
Don Chico regresa al pueblo, con la boca seca, abrasada por la fiebre de la aventura que le espesa la lengua, le ves llegar a la plaza y tomar de la fuente agua con las manos, enjuagarse, refrescarse la cara y declarar muy serio:
- Señoras y señores, voy a volar . . .
Recordarás como todos subimos y bajamos la cabeza para decirle que sí, que como no, que claro don Chico que vuela, y por dentro sentiste la risa alborotando el pecho y la barriga y tú aguantándote.
Don Chico entró a su casa, cogió una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, midió la distancia que va de punta a punta de las alas, anotó eso también, acarició a la gallina y la regresó al corral.
Inventó un complicado cálculo para conocer la secreta relación existente entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo.
Don Chico dudó un instante si era adecuado tomar una gallina para tal experimento. Una paloma de vuelo largo habría sido mejor. Pero en su corral no había palomas.
Habiendo encontrado al fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, anotó la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar. Apuntó la cifra en su libreta, se frotó las manos y se fue al parque.
El problema era ahora el diseño de las alas. Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Satisfecho lo borró con el pie izquierdo y grabado en la memoria lo llevó a su casa.
Para recubrir la estructura nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma.
Una vez que hubo construido las alas, descubrió molesto que eran pesadas para sus fuerzas. Recordó la relación entre las alas y el peso de la gallina y no se atrevió a modificarla.
Se suscribió a una revista sueca donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina. Satisfecho sintió cómo aumentaban sus bíceps, crecían sus tríceps, se endurecían sus músculos abdominales, se marcaban nítidamente los dorsales y una potencia sentía nacer don Chico desde el centro de su cuerpo.
En el año sexto de su experimento movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma.
En el pueblo había un orgullo compartido. Don Chico prometió volar antes de las fiestas patrias y se le invitaba a los patios a simular el arte complejo del vuelo. Acudía siempre hasta que descubrió que tales convivios no eran nacidos de la admiración a su técnica sino tan sólo el interés de producir ventarrones en el patio que barrieran de hojas y basura todo el poso.
Unos días antes de las fiestas patrias alguien levantó la cabeza. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús el primero que lo vio. Lo que sí se sabe que al instante todo el pueblo levantó la cabeza y vimos a don Chico Arriba del campanario con las alas puestas, iniciando cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria. Detenía a veces el movimiento. Se mojaba con saliva el dedo y comprobaba la dirección del viento, abría de par en par las alas y descansaba la cabeza sobre el hombro, semejante a nuestro viejo escudo nacional. De pronto reinició el aleteo, arresortó la pierna derecha contra el muro del campanario para tomar impulso, apuntó el pie izquierdo hacia El porvenir, que tal era el nombre de la cantina que está enfrente de la iglesia y se dispuso a iniciar la epopeya. Alguien le preguntó tocándole la punta del ala izquierda:
- ¿Va usted a volar, don Chico?
- Seguro, respondió.
- ¿Y . . . llegará lejos, don Chico?
- Lejísimo.
- ¿Y de altura, don Chico?
- Altísimo.
- ¿Al cielo llegará, don Chico?
- Al cielo mismo.
La cara de aquel que preguntaba se iluminó:
- Por vida suya, don Chico, llévele al cielo éste queso a mi mamá que se murió con el antojo.
Don Chico aceptó con ligereza el queso, buscando deshacerse del impertinente sin considerar el error que habría cometido. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, el primero que hizo el encargo al otro mundo. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo subió al campanario y don Chico siguió aceptando quesos y chorizos, dulces y aguardiente, tostadas y jamones para llevar al cielo.
Cuando don Chico resorteó la pierna derecha, siguiendo la dirección al porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas. El pueblo escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle.
Cuando el silencio volvió, alguien dijo: - Lo mató el sobrepeso. Si no fuera por los encarguitos, don Chico vuela.

posted by Mori Ponsowy at 7:15 p.m. 2 comments

ERACLIO ZEPEDA

Eraclio Zepeda nació en Tuxtla Gutierrez, Chiapas, en 1937. Hizo estudios de algunas disciplinas sociales antes de dedicarse a las letras. En calidad de viajero, reportero o profesor de literatura ha viajado y vivido en Cuba, la Unión Soviética, China y varios países de Europa y Centroamérica. De Pekín a Jerusalén ha hecho la ruta de Marco Polo y después de varios años de viaje volvió a México en donde ha encabezado programas de promoción cultural, muchos de ellos encaminados al rescate de nuestras culturas indígenas. Su obra poética y narrativa figura en las más representativas antologías en México y en el extranjero.

Ha publicado cinco títulos de poesía reunidos en el volumen Relación de travesía. Sus libros de cuentos, Benzulul, Asalto nocturno, Andando el tiempo y Horas de vuelo tienen constantes reediciones; su novela, Las grandes lluvias, aparecerá en breve en el FCE. Ha recibido los siguientes premios y reconocimientos: Premio Chiapas en la rama de Arte , Premio Nacional de cuento del INBA, Premio Javier Villaurrutia de escritores para escritores, Medalla conmemorativa del Instituto Nacional Indigenista y una Mención de honor a su libro Horas de vuelo, de la Junta Internacional de promoción de los libros infantiles y juveniles.

posted by Mori Ponsowy at 7:07 p.m. 0 comments

martes, octubre 25, 2005
EL FLUIR MARAVILLOSO

Un cuento de Alejandra Laurencich

Barro el living. Miro por la ventana. Más allá del jardín opaco, donde mi perra cojea alrededor de su plato vacío, hay unos obreros que trabajan. Los veo moverse a través del vidrio esmerilado del portón de calle. Los obreros emparchan el hueco de unas baldosas rotas en la vereda. Aunque es sólo la sombra de un cuerpo la que veo encogida, agachada, y dos las que la enmarcan. Dos obreros de pie, mirando al tercero hacer el trabajo, alentándolo con una conversación animada. Cada tanto escucho sus voces, algún insulto, una risa que me daña. Sigo barriendo. Sólo espero que, cuando terminen, ningún vecino intente encontrar la inmortalidad dejando su huella en el cemento alisado de mi vereda. Como las estrellas de Holywood. La huella de una vida luminosa. Cuántos siglos esperan que perdure el testimonio de haber sido alguien.
Son diez pesos lo que me han pedido por el arreglo. El precio de cuatro sachets de yogur. O cuatro pepsi familiares. No se me ocurre ningún artículo que multiplicado por tres dé ese billete ajado que espera por ellos. Llevan puesto el casco y la camisa de una empresa municipal. Para completar el sueldo que nos pagan, doña, me había dicho uno cuando les abrí la puerta esta mañana, ilusionada al pensar que era el cartero trayéndome el contrato de la productora. Hace 27 días que espero el contrato y cada vez que suena el timbre creo que la espera terminó. Alguien me dijo la semana pasada: ya no te lo mandan, pichona, date cuenta de que te cagaron. No me gusta cuando la gente habla y tiene olor a vino en el aliento. Hoy, cuando me levanté, me dije: es una cuestión de actitud. Si me creo vencida, me van a vencer, se me va a ir la vida en esta espera. Y busqué el tomo I de La montaña mágica que había estado releyendo la semana pasada. En la página 131 encontré la cita: Cuando los días son semejantes entre sí, no constituyen más que un solo día, y con una uniformidad perfecta la vida más larga sería experimentada como muy breve y habría pasado en un momento. Cerré el libro. Sí, tengo que imprimirle un cambio a esto, me dije. Es una cuestión de actitud. Y vino a mi memoria la frase del poster que había colgado mi hija en la puerta de su cuarto cuando era adolescente. La decisión hará que todo cambie, un fluir maravilloso de acontecimientos vendrán a ti. Me dio vergüenza valerme de Coehlo o alguno de esos autores después de haber acudido a Thomas Mann. Pero nadie tenía por qué enterarse de dónde abrevaba yo para tomar mis decisiones. De qué páginas o experiencias se nutrían mis pensamientos. Decidí darme una ducha con Oceanus, el gel de baño que guardaba para una ocasión especial. Mientras el agua caliente me golpeaba los hombros no podía evitar ser asaltada por infinidad de frases como estas: Hoy puede ser ese día que tanto soñaste. Salí del baño y busqué el paquete de velas en la cocina. Quedaban una entera y una usada en sus tres cuartas partes. Estuve a punto de encender el pedazo y guardar la entera para una emergencia, un corte de luz. La actitud es todo, recordé. Encendí la entera y también el pedazo, qué tanto. Ángeles de la creación, estoy dispuesta a entregarme, dije. No me gustó mi voz. Repetí la frase en silencio, varias veces, abriendo los brazos. Tratando de visualizar la onda calorífera en el chakra del corazón como había visto hacer en el programa del canal Infinito. La toalla que tenía envolviéndome el pelo como un turbante me pesaba demasiado y no me permitía concentrarme. Pensé que podría elegir la ropa y los zapatos que me pondría para ir a reunirme con el equipo de la productora. Y por un momento reviví la deliciosa sensación de peinarme, maquillarme para acudir a un ensayo, tener horarios impuestos, la necesidad de un despertador. Encontré los zapatos en su caja, impecables, la gamuza intacta. Recordé aquella tarde de primavera, cuando los compré, pensando cuántas ocasiones para ponérmelos conseguiría aquel gesto, o gasto, simbólico. Un fluir maravilloso de acontecimientos vendrán a ti. Caminar por el mundo sobre una pequeña fortuna. Pisar fuerte. Acaricié la gamuza y los dejé fuera de la caja. Apenas lo hice tocaron el timbre. Un timbre largo y prepotente. Corrí hacia el portón. ¿Le arreglamos la vereda, Doña? Así fue como ellos se me habían presentado. Por 10 pesitos, dele. Mientras usted se peina se lo terminamos. Si quiere con baldosas se lo hacemos en veinticinco pesitos, con material y todo, para darle de comer a la familia, dele. No tengo veinticinco, les dije. Era verdad. Sólo tengo zapatos de 237 pesos para salir a andar. Ellos insistieron. Y pensé que sería un signo del destino acaso: arreglar la vereda para que el cartero advirtiese que en esa casa podían ingresar buenas noticias y no sólo facturas con vencimiento. Bueno, cemento solo -les dije- que quede lindo.

Hace dos horas que los obreros se fueron. La vela grande está por consumirse; de la pequeña sólo queda un trozo de pabilo negro en el plato. El "estoy dispuesta" se ha transformado en un rezo deshilachado, sin convicción. Oír mi voz ya no me alarma. Señor dios todopoderoso concédeme la gracia de vivir. Pienso que mañana llegará mi hija de su largo viaje y me dirá: ¿Firmaste el contrato? y tendré que decirle la verdad: me cagaron. Sé que estaré tentada de agregar: me cagaron como me cagó alguna vez tu padre, pero también sé que voy a callar. Me pongo a lavar el balde que los obreros me han dejado con restos de cemento. Me cuesta quitarlo. Perdí vigor a lo largo de la mañana. Quisiera irme a dormir. Miro el reloj. Las doce clavadas. Dejo el balde para después. Pongo la pava. Me siento en una silla y miro el fuego de la hornalla. El mate de la mañana aún está en la mesa, al lado de la vela que chisporrotea. Lo hago girar hacia un lado. Luego hacia el otro. Tengo que levantarme a vaciarlo de yerba pero no lo hago. Creo que no podré hacerlo nunca. Y entonces escucho el timbre. Breve, esta vez. Sin prepotencia. Me pongo de pie de un salto. Una carrera alborotada hasta el portón. Mi perra ladra y se pone de pie. La vida ha vuelto a mí en un instante. La siento en mis mejillas. Tras el vidrio veo una mancha petacona, azul, color cartero. ¡Va! grito, y busco la llave. Parezco una niña de diez años. Abro la puerta de par en par. Una vieja me sonríe y mira hacia el costado. Veo asomarse a una joven con aspecto de azafata. Buenos días, señora, estamos acercando la palabra de Dios a los vecinos. Me quedo mirando los fascículos de colores que me acercan sus manos prolijas. Les cierro la puerta en la cara, sin poder hablar.
Entro y siento la plomada de Dios dentro de mí. Soy sólo eso, me digo, un prisma de plomo pendulando, colgado de un hilo, alguien allá arriba tomará la medida de lo que está derecho o no, gracias a este caer para siempre. El agua de la pava hierve sobre la hornalla. Veo la llama de la vela extenderse un poco como rasgando el aire. Luego se apaga. Cierro el gas y voy hacia la cama. Los zapatos de gamuza están ordenados junto a la ropa. Me quedo mirándolos. Me los pongo sobre las medias de lana. Salgo a la vereda.
Un rayo de sol me ilumina desde una botella rota, mientras hundo mis pies en el centro de la mancha gris, alisada, de cemento.

posted by Mori Ponsowy at 2:42 p.m. 8 comments

EFRAIM MEDINA VIENE A BUENOS AIRES


En algún momento durante la primera quincena de noviembre vendrá Efraim Medina Reyes a Buenos Aires a presentar su nuevo libro de poesí­a, Pistoleros/Putas y Dementes (Greatest Hits). El libro será editado por editorial Bajo la luna y los lectores de GOMA DE BORRAR tendrán lugar de honor en la presentación cuyo lugar, fecha y hora, añn permanece en el más absoluto secreto.

posted by Mori Ponsowy at 12:23 p.m. 6 comments

lunes, octubre 24, 2005
RELÁMPAGO

Por Jorge Londero

La hinchada nube gris se iluminó de pronto y, tras el inmediato estruendo, el pequeño niño, que soportaba el tironeo matinal rumbo a la guarderí­a, exclamó con asombro:

-¡Viste Má! ¡El cielo me sacó una foto!

La madre, sin detener la intensa marcha, contestó:

-Sí­ mi amor, es porque sos muy lindo.


Jorge "Archi" Londero nació en Córdoba en 1965. Es autor de los libros de cuentos Las Historias de Don Boyero (Editorial Alción-2001) y Lo mejor de Don Boyero (Ediciones del Boulevard-2003). En la actualidad, es autor de una columna de pequeños ensayos de opinión titulada Lo que nos pasa, que se publica desde 2002 todos los domingos en el suplemento Temas de La Voz del Interior.

posted by Mori Ponsowy at 12:11 p.m. 2 comments

viernes, octubre 21, 2005
PARA QUE SEA DISTINTO

por Mori Ponsowy


No encuentro un lugar en mi casa
para poner los pies. No puedo
ni caminar. El piso, las sillas,
hasta la bañera está repleta
de cartas de amor. Salen
de la bolsa de harina OOOO.
De la caja de SKIP. Poemas
que escribí­ alguna vez. A los quince,
los veinte, los treinta y dos. Qué lugar
hay para ti, si ya hubo sábanas
de cualquier color. Cómo creer
que esta vez sí­. Juro no escribirte
una palabra más. Callaré aun de noche
cuando los teros tiemblen. Para que
sea distinto. Quiero que mi mejor poema
sea el que nunca te escribiré.

posted by Mori Ponsowy at 4:24 p.m. 6 comments

jueves, octubre 20, 2005
LUZ, / LABRADA URDIMBRE

Por Beatriz Vignoli

Cruzaban el río para ir a lo del viejo. Lo cruzaban temprano, en el ferry, para poder estar con él a mediodía. A esa hora, con todos ya en la orilla, el viejo contemplaba las esquirlas brillantes de sol en la superficie ondulante y como satinada. Luego dictaminaba: "Luz labrada / en el moiré de las aguas".

Y algunos soltaban el vinito tinto para tomar nota.

En lo del viejo, el tiempo era un tapiz. Su urdimbre, luz que se movía; su trama, los hábitos de los animales y las plantas del lugar. El viejo sabía los horarios vespertinos de los colibríes, el lugar exacto de sus apariciones, la geometría de sus desplazamientos. Sabía cuándo bebía agüita el caballo. Sabía a qué hora exacta se abría la flor de la dama de noche como el puño cerrado de un moribundo que la muerte al fin destrenzaba: era la hora en que los grillos empezaban a cantar. Para entonces ya estaban todos borrachos y más que ebrios; para entonces volaban sumidos en un trance como de incienso. Se habían pasado la tarde maravillados como niños en una visita al campo, mirando cada cosita que les señalaba el viejo. Para cada una tenía palabras el viejo. Las decía con una voz cascada, ínfima. Había que aguzar el oído para entenderle cada susurro, porque cada una de esas palabras era oro. Era la mejor poesía del idioma, la mejor de su época, y ellos la veían hacerse. Pronunciada por el viejo, desprendía un aroma como el del café molido a la vista. Como el del Sorocabana, que se bebía rápido y de pie.

En el camino de vuelta comenzaban los remordimientos y reproches. ¿Sabía el viejo lo que les estaba dando? Las suyas no eran las palabras de la gran tribu; eran oro. Con cada pepita venía de regalo la jerarquía que quienes estaban en posesión de ese divino metal podían adquirir ante su pequeña tribu de colegas y alumnos. En los claustros, el infinito sol amarillo de los incas era una cantidad que la codicia acumulaba en túneles, en pasillos. El lunes, el paseo puro del domingo había dejado una marca en la frente de cada uno de todos ellos; y la marca era un estigma de poder.

Sucedió lo que sucede con todas las religiones. Tuvo que pasar una generación. Los sacerdotes de aquel período fundacional no pudieron evitar exterminarse entre sí, como una familia peleando por la herencia del patriarca. Quedaron los textos sagrados: los versos del viejo. Quienes -neófitos del culto- hallaban sus libros, se sentían en posesión de un tesoro. La música misma del cielo del idioma los bendecía como un don. "Luz labrada"?, cantaban. "En el moiré de las aguas".

Cantaban sin saber, pero sabían.

Concepción del Uruguay ? Rosario ? Buenos Aires
septiembre de 2005

posted by Mori Ponsowy at 9:27 p.m. 6 comments

miércoles, octubre 19, 2005
POESÍA DE JAVIER LASARTE

En Quintana Roo
las tarántulas
cruzan
a pleno sol
las carreteras

No se ocupan
de los autos
que pasan

Los conductores
apenas perciben
a la distancia
algo mínimo
y oscuro

Ni la tarántula
ni el auto
intentan maniobras

Todo queda en manos del azar

Ellas prefieren el asfalto
a pesar del extremo calor
y la probable muerte

que resistir
los mudos llamados
del espejo

Algunos conductores
se arrepienten
siempre demasiado tarde



JAVIER LASARTE nació en Caracas, Venezuela, en 1955. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Dime con quién amas (1985), Caída libre (1990), Nada personal(1997) y Verano (2001). Es autor de la antología 40 poetas se balancean. Poesía venezolana (1967-1992).>

posted by Mori Ponsowy at 8:29 p.m. 3 comments

martes, octubre 18, 2005
UNA CUESTION DE ALTURA

Un cuento de Inés Garland


Mi amiga y yo estamos hablando hace horas a la luz de las velas, sentadas en el piso. El marido duerme en el sillón detrás de ella, agotado de las derivaciones interminables de nuestra charla. Estamos hablando del erotismo cuando suena el timbre.
-Ese debe ser Leo ?dice ella.
Como si yo supiera quien es Leo.
Su marido se despierta, enciende una lámpara y va a abrir la puerta.
-Un amigo nuestro que vive en París y que dijo que por ahí pasaba -dice ella.
Qué glamour.
Leo entra y nos saluda y su boca, la manera de sonreír que tiene, sería capaz de cambiarme el humor en el peor día del año. Es un hombre bajo. Me doy cuenta cuando abraza a mi amiga que es mucho más baja que yo y tiene la misma altura que él. No es que me importe ?la altura en un hombre como Leo es lo de menos- pero es algo que no puedo dejar de notar. Va a la cocina a buscar una botella de vino, abre los aparadores, hace ruido, pregunta cosas desde lejos. Cuando vuelve con las copas y la botella suena su celular, lo abre y mira la pantallita que le ilumina de verde la cara, un segundo. Atiende y sale al patio.
Mi amiga y yo retomamos la conversación y el marido retoma su sueño, pero yo ahora tengo una parte de mi atención puesta en Leo que camina de un lado a otro por el patio, pasa delante de la ventana, se ríe, habla en francés. Me gustaría querer apartarlo como a una mosca. Pero lo que de verdad quiero es que entre y se instale y me mire.
Cuando él vuelve, mi amiga le pregunta con quien hablaba y hay un silencio, tan breve que yo podría no haberlo notado, pero antes de escuchar la respuesta sé que la voz del otro lado de la línea era de una mujer, sé que era larga distancia, se que era una novia o una amante o una concubina. Sé que no era una esposa.
Abrimos una botella de vino y llenamos las copas. Leo se suma a nuestra conversación. En cualquier otro momento de mi vida, ayer incluido, este no habría sido un tema para abordar sin trabas frente a un desconocido, pero después de esa sonrisa yo sería capaz de hablar de cualquier cosa con este hombre que ahora está sentado en diagonal a mí, en el piso, con la mesa ratona en el medio y que por fin me mira.
-Tengo hambre ?dice en medio de un silencio en la conversación.
-¿Por qué no piden delivery? ?dice el marido de mi amiga.
No sé cómo hace para dormir y tratar de solucionarnos la vida, pero no es la primera vez que me llama la atención su discreta vocación de servicio. Después de una breve toma de decisiones Leo y mi amiga deciden ir a la rotisería en busca de algo para comer.
Yo no quiero pararme. Una fuerza absurda me tiene agarrada al piso. Si me parara cerca de Leo y lo mirara desde mi altura, sentiría vértigo.
-Yo no tengo nada de hambre -digo.
Apenas salen se termina el compact. En el silencio escucho la respiración del marido de mi amiga, el aire que entra y sale por su nariz con un suave silbido. Por detrás del silencio, como si quedara muy lejos, se oye la ciudad. Leo y mi amiga deben estar caminando lado a lado, casi a la misma altura, con un tranco del largo de sus piernas, igualados. Si él quisiera pasarle el brazo sobre los hombros lo haría con un movimiento fluido y fácil y los hombros de ella quedarían por debajo de su brazo, como debe ser.
Tengo muchas ganas de ir al baño pero me preocupa que lleguen antes de que tenga tiempo de volver a mi lugar en el piso. Sin embargo sé que me va a ser imposible aguantar toda la noche sin ir al baño y quizás sea este el momento ya que, si tengo suerte, ellos van a tardar todavía un rato.
Más de cinco minutos después y a salvo en mi lugar en el piso veo a través de la abertura que da a la cocina unas banquetas de madera. Calculo que me deben llegar a la cadera y me pregunto adónde le llegarán a Leo. Serían una solución para nosotros. Él podría sentarse en las banquetas y yo me quedaría parada y podríamos besarnos así. Es una idea que abre otro panorama y me llena de entusiasmo.
Ya estoy arrepintiéndome de no haber aprovechado para cambiar el compact cuando los oigo avanzar por el pasillo de entrada a la casa. Del otro lado de la puerta de vidrio Leo me sonríe y hace un saludo con la mano, un gesto de alegría, como si le gustara de verdad que yo esté ahí sentada.
-¿Y la música? ?dice mi amiga.
-Se acaba de terminar el compact ?miento.
No quiero que piensen que no sé disfrutar de la vida.
Leo busca un compact mientras mi amiga desenvuelve los paquetes y prepara todo.
-¿No tenían "Alrededor de la Medianoche"? -dice Leo.
-Está al final de la pila de los de jazz -dice mi amiga.
Siento la tentación de comentar lo alto que era Dexter Gordon pero me controlo y digo algo acerca de la belleza de la música.
Ellos comen y yo los miro. La conversación se vuelca a los asados, la comida francesa, la literatura. Cuando ya casi están terminando de comer le robo a Leo algo de su comida atravesándome sobre la mesa ratona. Creo que lo miro a los ojos mientras lo hago -hay algo muy desafiante en robarle la comida a alguien que uno acaba de conocer, pero él no parece molestarse. Entonces me doy cuenta de que él no llegaría por encima de la mesa hasta mi plato si fuera yo la que come y él el que tiene hambre. Y ruego para que él no se de cuenta de esto.
Seguimos hablando y abrimos otra botella de vino. El marido de mi amiga se sienta en el sillón y nos mira como si estuviera sonámbulo y después de un rato decide irse a dormir.
-No puedo mantener los ojos abiertos ?dice antes de desaparecer.
Mi amiga, volviendo con cierta insistencia, me parece, al tema del erotismo, dice que a ella no le gustan las personas que comen con demasiada fruición, no lo asocia especialmente con la capacidad de disfrutar del sexo, prefiere, siempre, a los intelectuales; y yo, que nunca hubiera hecho una división así, sostengo que la sensualidad es una forma de vivir la vida, un sentimiento que abarca la comida, el sexo, el movimiento, todo -me explayo, me apasiono, muevo las manos, mis brazos larguísimos en el aire tratando de abarcar el mundo entero. Leo asiente y sonríe. No habla mucho pero su atención es halagadora. Y está tan de acuerdo conmigo que mi amiga, con sus objeciones, no hace otra cosa que fortalecer nuestra alianza. Qué importa entonces la altura. Se me ocurre que podríamos ir por la vida en cuatro patas, hacer el amor en la alfombra cada tanto, treparnos a la cama como arañas. No me afectaría tenerlo siempre a algunos metros de distancia. Me gusta mucho su boca ?ya lo dije- y su inteligencia ?sí, supongo que dado lo poco que habla esta observación es especular -él me gusta tanto- qué se le va a hacer. Y yo también le gusto. Pero ¿cómo resolverlo?
Casi a las tres de la mañana mi amiga decide que quiere bailar. Sube el volumen de la música, se para y empieza a moverse con sensualidad. Leo también se para y empieza a bailar. ¿Por qué me mira así?¿ Me está invitando? Pienso con rapidez y, mientras pienso, bailo sentada y muevo mucho la cabeza, el pelo sigue los movimientos, levanto los brazos para que no crea que es falta de ritmo o apatía. Si me paro donde estoy, de este lado de la mesa, tal vez él no note tanto la diferencia de altura entre nosotros. El espacio no es muy grande pero alcanzaría para bailar en el lugar y mover un poco los brazos, pero ¿pararme? Esta música tiene algo hipnótico ?podría dejarme llevar hacia Leo con los ojos cerrados, podría pegarme a su cuerpo, sentir el calor de su piel, el roce de sus piernas entre las mías, sus manos en mis caderas; bailar juntos como si no importara que él. No. Yo no debo pararme. No todavía. Ahora él ya no me mira. Se ha puesto a bailar frente a mi amiga. La toma de la cintura y bailan juntos con la soltura y la felicidad de la gente baja. Yo dejo de moverme. Mi amiga se aleja y él la toma de la mano y levanta el brazo y ella da una vuelta llena de gracia y pasa por debajo. Se ríen. Se vuelven a juntar y a separar y después de una de las vueltas ella me hace un gesto para que me una a ellos. Me gustaría tanto, pero finjo un largo bostezo, apoyo las manos en el asiento del sillón que está detrás de mí y me deslizo sin pararme hasta quedar acostada. Con las piernas encogidas, creo, no se nota tanto el largo que ocuparía de tenerlas extendidas y si bien la posición es un poco rara, parecerá que el sueño me dio frío. Me esfuerzo por poner una sonrisa estúpida que pretende transmitir bienestar.
-Estoy agotada ?digo.
Leo sigue bailando. No sé si me escuchó.
Bailan un rato más y yo sigo sonriendo y de a ratos muevo un poco la cabeza con entusiasmo pero quizás Leo se haya dado cuenta a pesar de todo del espacio que ocupo en el sillón porque ya casi no me mira y cuando se va, una hora después, me saluda con cordialidad pero sin ningún rastro de erotismo. Intuyo en su sonrisa de despedida esa pared que construyen entre ellos y yo los hombres bajos. Cuando pasa por debajo de la puerta de vidrio mido hasta donde llega su cabeza. Quizás no sea tan bajo después de todo. Quizás podría haberle pasado yo el brazo por sobre los hombros y habríamos caminado de lo más bien. Después, supongo, el vértigo no habría tenido nada que ver con la altura.

posted by Mori Ponsowy at 7:11 p.m. 4 comments

lunes, octubre 17, 2005
Tsvetanka Elénkova


Tsvetanka Elénkova nació en Sofía en 1968. Realizó estudios de Economía Mundial. Fue una de las fundadoras de Ah, María, la primera revista literaria privada tras el arribo de la democracia en Bulgaria en los años noventa. Fue redactora en jefe de la revista bimestral cultural Europa 2001, y editora de la revista literaria griega Helios. Es autora de dos poemarios y traduce poesía del inglés y del griego. Sus poemas han aparecido en Inglaterra, Francia, Grecia, Chipre, Serbia, Croacia y Ucrania. La presente selección pertenece a su libro más reciente, El séptimo gesto (editorial Zajarii Stoyánov, Sofía, 2005).
¡Gracias, Calabrese, encontrador!

posted by Mori Ponsowy at 9:59 a.m. 0 comments

El séptimo gesto

Prosa poética de Tsvetanka Elénkova.


Las heridas de la libertad

Algunos se compran correas para perros, de esas de piel de un largo determinado. Otros prefieren automáticas de cinta. Lo sueltas a que corra a su antojo, pero cuando lo decides, tiras de él. Yo lo puse en libertad. Sin embargo, desde que se dio a la fuga y dos o tres veces volviera cubierto de heridas, lo dejo libre pero sólo en mi patio. Mi perro le aúlla a las ardillas, de noche a la luna. Y cuando amontonamos leña junto a la barda para la calefacción, se trepa y salta por encima de ella. Y de nuevo regresa herido. Entonces decidí mantenerlo atado con una cadena. Para que así no se hiera mi perro.

Hay vida en la muerte I

Mi madre ya no me oye porque es muy vieja. Una piel muerta cubre por entero su cuerpo. Como las serpientes, antes de mudar la antigua. Aunque le hincaras un cortaúñas, la quemaras con ácido salicílico, nada siente pese a todo. Se queda sentada encima de una piedra, muy sola, sin aguardar a nadie. Sus pies descalzos, cubiertos de callosidades por zapatos alguna vez incómodos. Manchas en sus brazos, en su rostro (pudiera tratarse de branquias). Ya mi madre difícilmente respira en tierra, apenas toma aire. Cambia la cinta sobre los callos pero éstos crecen hacia adentro. Con todo continúan creciendo. Un punto negro en lo muerto.

Hay vida en la muerte II

Igual que en otoño caen las hojas, alguien corta los árboles, los alínea junto a la tapia, alguien enciende el hogar y mantiene ardiendo los leños, más tarde limpia la ceniza: sólo algunas brasas en las cuales están asando papas; igual que el río arrastra palos, de esos que casualmente derrama fuera de su cauce y los arroja sobre las piedras; igual que en primavera las hojas del otoño son distintas: totalmente secas, uñas quebradizas y rasgantes; igual que las reliquias de los santos, de los guerreros tracios en el museo: piedra caliza en el ataúd de un niño; la muerte también muere.

Bajo las uñas de la víctima
(A mi padre Stefan Elénkov)

Si la piel posee memoria, como afirman los médicos, ello significa que la casa en la cual se apoyó la última vez, el mar en el cual nadó, aún recuerdan. Únicamente mis vestidos no recuerdan porque los llevo a la tintorería o a menudo los lavo. Pero este mar nuestro, que se halla así de encerrado, de modo que a él no arriba corriente alguna, la pared vertical bajo el cobertizo a la cual no lavan las lluvias, con toda seguridad recuerdan. Como picos de pelícanos, como jorobas de camellos conservan los recuerdos de días de vigilia. Como las uñas de una víctima que todavía conservan vellos de la piel del asesino.


Versiones directas del búlgaro: Reynol Pérez Vázquez.

posted by Mori Ponsowy at 9:54 a.m. 3 comments

domingo, octubre 16, 2005
ODD NERDRUM: "SOY EL HÉROE DE MI PROPIA VIDA"




Por Mori Ponsowy

Hoy, un siglo después del surrealismo, del cubismo, de la abstracción, del dadaísmo, de Rauschenberg y Picasso, todo parece estar permitido en el universo del arte salvo pintar con la emoción y el virtuosismo de los grandes maestros de otros siglos. El "todo vale" tan típico de nuestros tiempos pareciera tener una sola condición, paradójica por demás: todo vale siempre y cuando el artista se inserte dentro del canon de lo moderno, siempre y cuando el creador huya de los grandes temas para refugiarse en la búsqueda incesante de la innovación y la originalidad.

En medio de este panorama, es infrecuente encontrar un artista como Odd Nerdrum (Noruega, 1944) que sostenga que el arte contemporáneo es un barco a punto de naufragar. "El modernismo me parece viejo y triste. He visto tanto de él que me ya me tiene harto", afirmó al principio de su carrera al ver una famosa escultura de Rauschenberg que consiste en una cabra disecada puesta sobre una tabla de madera cubierta de fotocopias...
(el resto de este artículo: en el interpretador )

posted by Mori Ponsowy at 7:40 p.m. 4 comments

LOS LECTORES CUENTAN

El joven lobo, un cuento de Sebastián Zoroastro
Había una vez un lobo que vivía en un bosque. Era el más joven de tres hermanos, su papá lobo era el jefe de la manada y su mamá loba era la presidenta de la comisión de madres lobas. Este joven lobo se diferenciaba de sus hermanos por ser un soñador y sus padres a menudo lo retaban por comportarse como un cachorro.

Un día su padre, cansado de esta situación, le dijo:

-Hijo mío, yo tengo la obligación de mantener el orden en la manada y es ley que a tu edad debas cazar. Ve al bosque y no vuelvas hasta que atrapes una presa.

El joven Lobo partió en seguida hacia el bosque, pensando que él no había nacido para cazar. Pero si no lo hacía lo expulsarían de su hogar y de la manada. En el bosque encontró a una niña vestida con una capa roja y una canasta en su brazo. Era su oportunidad, pero no pudo cazarla porque sus patas temblaban demasiado. Al joven lobo le pareció extraño que la niña al verlo no se espantara y le pregunto a dónde iba:

-Voy a ver a mi abuela que está enferma, y le llevo una torta y un tarrito de manteca que mi mamá le envía.- dijo la niña

-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

-¡Oh, sí! -dijo la niña-, más allá del molino que se ve a lo lejos, en la primera casita del pueblo.

La niña, con su capita tan ridícula, le pareció al joven lobo muy simpática y sin pensarlo le ofreció que jugaran juntos.

-Pues bien -dijo -, Juguemos una competencia; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

La niña se fue por el camino que le había dicho el joven lobo, y él, que sabía que el camino que había elegido para sí era el más corto, partió corriendo a toda velocidad. Frente a la casa de la abuela recordó la advertencia de su papá. Decidió que se comería a la abuela, ella era una presa fácil y no era mucho lo que le quedaba de vida.
Se paro frente a la puerta, las patas le volvieron a temblar y su corazón le latía muy fuerte. Golpeó: Toc. Toc

-¿Quién es? - dijo la abuela.

-Es su nieta, -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de manteca que mi mamá le envía.

Pensó que si sus hermanos lo hubieran visto en ese momento se habrían burlado de él -no estaba siguiendo ninguna de las enseñanzas de su padre para cazar. Ellos se lanzaban sobre sus presas con decisión y destreza. Ellos jamás hubieran imitado la voz de una niña.

La dulce abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó que pasara. El respiró profundo para juntar coraje. Tiró la puerta abajo y se abalanzó sobre la abuela. La tragó de un solo bocado y se puso a caminar en círculos alrededor de la mesa. Sentía remordimientos por haberse comido a la abuela pero por otro lado un inmenso placer. Notó que sus garras estaban afuera de sus patas y que su boca chorreaba saliva. Sus instintos animales se habían despertado.

Golpearon a la puerta: Toc, Toc

Seguramente era la niña y él no sabía que decirle. Lo único que se le ocurrió fue ponerse el camisón de la abuela y meterse en la cama.

-¿Quién es? - dijo el joven lobo.
La niña, al oír la voz ronca del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

-Soy su nieta, le traigo una torta y un tarrito de manteca que mi mamá le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

-Pasa la puerta está abierta.

Viéndola entrar, el lobo se escondió bajo la frazada dejando apenas una hendija para respirar.

-Deja la torta y el tarrito de manteca en la mesa y ven a acostarte conmigo.

La niña se desvistió y se metió en la cama. El joven lobo sintió el aroma de la niña y pensó que su carne joven sería mucho más tierna que la de la abuela. Trató de reprimir ese pensamiento pero notó que su boca se llenaba nuevamente de saliva.

La niña no lo reconoció, sólo estaba asombrada de ver a su abuela diferente.

-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

El joven lobo se preguntó, ¿Por qué esta niña tonta no escapa?
Entendió que la niña en su ingenuidad -esa ingenuidad que él había perdido hacía unos instantes cuando se había comido a su primera presa -no veía el peligro.

-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene! - dijo la niña, acostada su lado.

-Son para oírte mejor - dijo el joven lobo para seguir con el engaño.

El jóven lobo sintió que desde sus tripas empujaba otra vez el impulso que había estado dormido hasta hacía unos instantes. Ese impulso que lo unía a los de su raza. Ahora entendió muchas de las cosas que le decía su papá. Notó que sus garras estaban completamente fuera de sus patas y él no había podido evitarlo.

-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene! - dijo la niña.

-¡Son para comerte mejor! - dijo el joven lobo.

Y de un salto, se abalanzó sobre la niña y se la comió.

posted by Mori Ponsowy at 11:08 a.m. 17 comments

Sebastián Zoroastro


Tiene 29 años. Nació en Córdoba, cursó la mitad de la carrera de Sociología y trabaja en el Ministerio de Trabajo como asistente en políticas sociales con ONG.Sebastián Zoroastro es lector asiduo de GOMA DE BORRAR y "Joven Lobo", el cuento que nos envió, será su primer texto publicado. Por estos días, los autores que más le gusta leer son Cheever, Nabokov y Pablo Ramos.Ojalá que publicar aquí su primer cuento le traiga suerte.

posted by Mori Ponsowy at 10:55 a.m. 5 comments

jueves, octubre 13, 2005
¿QUÉ SUEÑAN LAS AGUILAS?

por Efraim Medina Reyes

Desconfio y me resultan desagradables los hombres que en cada oportunidad se desgañitan en halagos hacia las mujeres; esos que pregonan que la mujer es más dulce, más sensible e inteligente y en últimas superior a nosotros. Y desconfió porque los siento hipócritas y oportunistas. Sólo quieren aparecer como librepensadores, pero me gustaría saber que tipos de hombres son con sus propias mujeres y qué piensan ellas al respecto. Por mi parte creo en la superioridad del hombre sobre la mujer y seguro no le faltaba razón a quien escribió que "Dios, viendo al hombre tan solo le envió a la mujer para que su soledad fuera mayor". Entre tantas cosas estúpidas que disfruto está el fútbol y nada es más aburrido para mí que ver un partido de fútbol acompañado de mujer; sobre todo aquellas que tratan de convencerme que les gusta y hasta se ponen la camiseta y gritan el nombre de un jugador (que no pertenece a ninguno de los equipos en contienda) y cantan goles que jamás se concretan y no entienden porque ellas gritan entusiasmadas y los otros se ponen tristes cuando un jugador del equipo amado hace un gol. Y uno, con paciencia, trata de explicarle que los goles metidos en el propio arco no se celebran y ella replica que un gol es un gol y lo sigue celebrando. Los partidos de fútbol femenino son una cosa tristísima; resulta lamentable verlas correr detrás de un balón y celebrar histéricas una victoria creyendo que eso es el fútbol. No poder disfrutar del fútbol, aun jugándolo, es lo que hace inferior a la mujer.

Cambiando de cancha no creo que existan dudas de que el pensamiento y el lenguaje que lo difunde son masculinos. Cuando una mujer escribe bien para elogiarla los críticos no encuentran nada mejor que decir que "escribe como un hombre". El mundo, que sepamos, fue creado por Dios y ese Dios creador en la mayor parte de culturas corresponde a un ser masculino: el plácido Buda (que dice no ser Dios pero se comporta como tal), el exigente Alá, el tolerante Visnu, el iracundo Yaveh y el ambiguo Papá Dios. Y sus profetas o mensajeros también fueron hombres: Siddharta Gautama (que luego, de gordo, sería Buda), Mahoma, los brahamanes (que son muchísimos manes), Moises y Jesús. La mujer llegó tarde a las decisiones importantes y durante siglos ha vivido a la sombra, hasta en las cosas para las que se supone tiene talento es superada: los mejores chefs del planeta son hombres y la palabra chef es masculina. Los mejores diseñadores de moda, peluqueros, maquilladores son hombres o algo por el estilo.

Algo que me cabrea de las mujeres es que se sientan orgullosas y complacidas de inspirar poemas y canciones. He visto como suspiran cuando algún casposo poeta de café recita que son "bellas e inalcanzables como la luna". ¿Acaso no han visto fotografías de la luna? Es un lugar horrible, con más huecos que la calles de Bogotá, ni siquiera es redondo y la luz que emana es un reflejo del sol (que por cierto es una entidad masculina). Y en cuanto a lo inalcanzable basta agregar que tres putos gringos se dieron gusto allí, clavaron su bandera y se largaron sin pagar y todavía no vuelven. No creo que la ternura sea patrimonio de la mujer y más que sensibles diría que son sensibleras; no he visto todavía una mujer estremecerse o llorar leyendo las atormentadas líneas del Concepto de la angustia de Sören Kierkegaard pero si convertirse en magdalenas ante una grasienta telenovela. Cierto que hay mujeres que corren más rápido los cien metros que muchos hombres pero quien, hasta hoy, los corre más rápido es un hombre. No voy a aceptar que ningún idiota oportunista me venga a hablar de la superioridad de la mujer hasta que una de ellas me haga feliz ganándole un partido de tenis al antipático y aburrido Roger Federer. Cuando estudiaba medicina leí que las mujeres tienen geneticamente más resistencia al dolor que los hombres pero no me parece nada divertido ganarle a otro en sufrimiento; prefiero, por supuesto, ser capaz de tolerar más whisky o de comer más hamburguesas "El Corral" doble carne.

Creo que la mujer tiene todo el derecho a expresar su libertad en cualquier sentido pero es lamentable que para ciertas mujeres expresar su libertad se reduzca a imitar al hombre; las frases almibaradas de los poetas y canciones no pueden ocultar la terrible realidad de millones de mujeres que viven todavía en condiciones infrahumanas soportando, para colmo de males, la violencia física y mental por parte de sus infrahumanos compañeros. Se habla mucho de los grandes logros de las mujeres en las últimas décadas que, entre otros, son: haber conseguido votar por los mismos políticos corruptos que siempre han elegido los hombres; andar cada vez más ligeras de ropas "para placer de los hombres"; ponerse las tetas tan enormes como los hombres desean. Ejercer profesiones con la misma ineficacia de los hombres: abogadas en un mundo sin ley; médicas empeñadas en enriquecer a los laboratorios, mientras las viejas enfermedades regresan en versión recargada y las nuevas se hacen indestructibles; economistas en un mundo arruinado y sin futuro económico... Triste verlas deformar sus piernas en horribles deportes mientras, en las gradas, los grandes mamíferos comen papas fritas. Querer llegar tan lejos como el hombre es lo que hace inferior a la mujer. Es como si una imponente águila soñara con ser un pollo congelado.

posted by Mori Ponsowy at 3:22 p.m. 4 comments

miércoles, octubre 12, 2005
Si digo aquí­ estoy no hay por qué creerme.

Por Alejandra Laurencich


Eran las nueve y cuarto de la mañana. Sonó el teléfono. Pulsé Enter para enviar un mail que acababa de escribir a unas cuarenta personas. Mientras levantaba el auricular, subrayaba en mi agenda abierta, abarrotada hasta el espanto, un compromiso asumido para hoy a la tarde. Me llevaba el cigarrillo a la boca y ponía a imprimir un texto seleccionado para una publicación. Escuché la voz de alguien que llamaba para concretar una cita esperada por mí desde hace tiempo. Con el auricular entre el hombro y la oreja busqué la lapicera. "Sí, cómo no. Un momento que tomo nota" dije quitando el capuchón y comencé una búsqueda frenética: algún pedazo libre de papel entre la infinidad de papeles amontonados en mi escritorio. "Un momento, por favor". Ví desbarrancarse la pila de diskettes con back-ups que domaban la columna de revistas literarias. "Sí, puedo. No hay problema". Quité los originales de la novela que leudaba en el extremo de la mesa, cayeron al piso, se cerró el portarretrato de mis hijos cuando eran chiquitos, empujé contra unos libros otros papeles escritos y debajo, entre cantidad de A-4 amarillentas, encontré una hoja doblada. La abrí, tiunfante. "A ver, dígame". Anoté dos nombres, una dirección. Una hora. Un número de celular. Mientras agradecía a mi interlocutor, miré de reojo el texto que estaba escrito en la hoja doblada, letra de Underwood, quien sabe cuánto tiempo doblada bajo otros papeles, ahora en mis manos:


El infinito ciclo de las ideas y los actos,
Infinita invención, experimento incesante,
Trae conocimiento del cambio, pero no de la quietud;
Conocimiento del habla, pero no del silencio;
Conocimiento de las palabras e ignorancia del Verbo.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?


T.S.Eliot, Coros de la roca (1934)


Corté. Me quedé mirando el blanco de la pared, la mancha de un insecto al que hace tiempo maté en ese lugar. No creo que me mueva de aquí. Me resulta imperioso recomendarme silencio.

posted by Mori Ponsowy at 1:37 p.m. 5 comments

martes, octubre 11, 2005
OTORGAN EL PREMIO PLANETA A JUAN CARLOS PLANETA, DUEÑO DE LA EDITORIAL PLANETA

Su obra Chanchullo derrotó a Plata choreada, de Piglia.

"Es un orgullo y un reconocimiento, tanto para mi obra literaria como para mi gestión empresarial". El ganador del prestigioso galardón asegura que "ser el propietario de la editorial no tuvo nada que ver con el fallo del jurado", y envió un mensaje conciliador a quien era el favorito, Ricardo Piglia: "El Premio Planeta siempre da revancha".

"Mi novela, Chanchullo, ganó porque representa el perfil que alentamos desde la editorial Planeta", aseguró Juan Carlos Planeta al recibir los 50.000 pesos del premio. A pocos metros, el escritor Ricardo Piglia se lamentaba por no haber ganado con su nuevo libro, Plata choreada. "Creía que estaba todo cocinado", aseguró el autor de Plata quemada, quien instó a "que no se caigan los acuerdos de palabra" que tenía para hacer -junto a Leo Sbaraglia, Héctor Alterio y Leticia Brédice- la película, el DVD y el revipóster. En cuanto al escándalo judicial por el premio Planeta que recibiera por Plata quemada, Piglia anticipó que prenderá fuego al dinero que obtuvo "porque soy un hombre de honor".

A la ceremonia no asistió el historiador Felipe Pigna, quien justificó su ausencia al expresar que estaba "harto de quedar pegado con Ricardo Piglia por una cuestión de apellidos parecidos".


(NOTICIA APARECIDA EN "BARCELONA" EL 1° DE ABRIL DE 2005)

posted by Mori Ponsowy at 5:42 p.m. 3 comments

domingo, octubre 09, 2005
ACERCA DE BLOGS Y SILLAS

Por Mori Ponsowy


Pienso en Río Chico, en Mango de Ocoita, en Aristóbulo del Valle, en El Soberbio. Pueblos de no más de quinientos habitantes, con una sola calle asfaltada y las demás de tierra. Los primeros dos están en la costa venezolana, los otros al sureste de Misiones. Como esos, debe haber cientos a lo largo y ancho de Latinoamérica. Miles más, ¿millones?, en el mundo entero. Caseríos en los que todos conocen a todos y no es necesario leer el diario, ni prender la televisión para enterarse de las noticias locales porque el boca a boca no demora más de lo que se tarda en recorrer a pie sus seis o siete cuadras polvorientas.

La belleza de las mujeres de esos pueblos se parece más a la belleza natural de la Venus de Neandertal que a la trabajosa belleza de las delgadas mujeres de nuestros centros comerciales. Aunque parezca exageración literaria, juro que en Aristóbulo vi a un grupo de niños descalzos que jugaban empujando una rueda con un palito. El pasatiempo mayor de los hombres en esos pueblos, al caer la tarde, es sacar las sillas a la entrada de sus casas y sentarse a conversar con los vecinos o con quien sea que pase por ahí.

Solos y solas
Durante los años en que estuve sola después de que me divorcié, pensé mucho sobre la vida en esos pueblos. Me sabía capaz de amar y ser amada por un hombre, pero aún así la soledad duraba demasiado. "No hay hombres", decían algunas de mis amigas, también solas, y yo pensaba en Aristóbulo, convencida de que el problema no era que no hubiera hombres, sino que no sabíamos dónde encontrarlos y, si acaso encontrábamos a alguno, siempre terminaba pareciéndonos inadecuado. Paradójicamente, en las grandes ciudades, repletas de bares, restaurantes, teatros, gimnasios, cibercafés, plazas y avenidas, la cantidad de gente que vive sola es cada vez mayor. En pueblos como Aristóbulo, en cambio, el fenómeno de los adultos sin pareja es cosa rara. Ahí las solteronas son bichos raros, mientras que entre nosotros los "solos y solas" son moneda de rigor. Y es que el bombardeo de información, el ruido publicitario, el culto a los famosos, la cibernética y los medios de comunicación masiva nos acercan al resto del mundo pero, al mismo tiempo, nos convierten en seres profundamente insatisfechos, aislados, aprehensivos, desconfiados, sin tiempo que perder para mirar la caída del sol. Nos convierten en solos y solas no solamente en relación a la pareja, sino solos y solas universales como resultado de la falta de contacto y del desconocimiento íntimo del otro. No hay tiempo, ni lugar, ni disposición, para sentarse a la entrada de las casas a hablar de cualquier cosa. La vida apremia.

Teniendo todo lo anterior en cuenta, cabe preguntarse qué valor tiene para sí mismo el individuo en la era más individualista de todas. "Desde la infancia te enseñan que los demás siempre son más interesantes que vos mismo", escribió Christian Rodríguez. En la época que endiosa a los famosos, en la época que más valora la originalidad, los individuos comunes valen menos que un comino y se sienten tan sin voz, tan anónimos, como hormigas. ¿Cómo hacer escuchar la propia voz por sobre el sonido de la televisión, del tráfico, de la música tecno, del aluvión cotidiano de publicidad, de las noticias siempre urgentes, siempre de última hora pero, también, siempre las mismas? ¿Cómo sentirnos valiosos en un mundo que rinde culto a la celebridad? ¿Cómo podemos hacer, todos aquellos que no somos Maradona, ni Shakira, ni Cristina K, para hacer "valer" la propia voz?

¡Si tan sólo pudiéramos sacar la silla a la puerta, sentarnos a conversar y hacernos escuchar para que el resto del pueblo sepa quiénes somos!

Podemos. O creemos que podemos. Con los blogs.

El blog es un arma
Un blog es una página en Internet. Una página gratuita que cualquiera puede tener sin necesidad de saber gran cosa de computación, ni de diseño. Basta entrar en http://www.blogger.com/home y elegir un nombre de usuario y otro para el blog. Los bloggers (profesionales o no, científicos o no, escritores o no) escriben cada día lo que tengan ganas de decir y quienquiera que vaya pasando por ahí puede detenerse y dejar sus comentarios.

Hay blogs de todos los tipos: blogs personales semejantes a diarios íntimos, blogs periodísticos alternativos, blogs científicos, blogs colectivos, blogs pornográficos, blogs poéticos. Lo que tienen todos de común es que cada uno es una manera de plantarse y decir: "Aquí estoy yo y quiero que me escuchen." El blog es una alternativa frente al anonimato (algo innecesario en Mango de Ocoita y en Aristóbulo) y una estrategia para crear nuevas comunidades. Como dijo Beatriz Vignoli, poeta y famosa blogger: "El blog es individual por necesidad, por acorralamiento, por desesperación". O en palabras de Daniel Massei, otro blogger de renombre: "Eso es un blog: un espacio que nos salva de la asfixia. Una voz cualquiera entre otras miles de voces cualesquiera que establece un puente, un diálogo con otros."

Veo al blog como la expresión y la válvula de escape de un malestar colectivo que tiene que ver con el anonimato, el aislamiento, la desvalorización del individuo. Quizá donde mejor se evidencia este malestar es en los blogs literarios: blogs de escritores, éditos e inéditos, insatisfechos con la industria cultural. "¿Qué pasó entre la subjetividad y la industria cultural?", se preguntaba Beatriz Vignoli en el encuentro de bloggers que se celebró la semana pasada en el Centro Cultural Rojas. Bien: lo que pasó con la industria cultural es que lo que se publica no suele ser lo mejor. Que lo que se publica es lo que más vende, pero no siempre lo más inteligente. "¿A quién le da permiso la industria cultural para decir YO"? Le da permiso a Maradona. A Caparros. A Bucay. En Argentina un escritor como Tabarovsky no vende más de setecientos ejemplares. Por eso, como concluyó Massei después del encuentro del Rojas, "aunque el blog no sea el lugar indicado para desarrollar una carrera literaria, a estas alturas todos deberíamos tener en claro que desarrollar una carrera literaria es una pretensión demasiado estúpida". Al blog de Masssei lo leen más de cien personas por día. ¿Tendría sentido, entonces, que él quisiera convertirse en un escritor "édito"?

Pero no sólo los escritores inéditos encuentran una alternativa válida en la blogosfera. También otros, éditos y más conocidos, recurren al blog como medio para hacer conocer sus opiniones o sus textos. Así, Gustavo Nielsen, cuyos libros han sido publicados por Alfaguara y por Planeta, creó un blog para publicar sus cuentos completos.

Todos queremos que nos quieran
El blog es un arma. En un mundo tan saturado de información, de mandatos publicitarios, en un mundo que endiosa a los famosos y en el que el índice de la fama viene dado por la cantidad de tiempo y espacio ocupado en los medios (y ya sabemos que la mayoría de los medios valoran más a Susana Giménez que al mejor de los poetas), en un mundo así, las mayores carencias son la intimidad, la calidez, la cercanía, el valor que todos queremos tener ante los ojos de los demás. Queremos ser queridos y comprendidos. Deseo genuinamente humano. Como dijo Vignoli, no se llega al blog por casualidad ni por romanticismo. Se llega por necesidad.

Veo los blogs como las sillas en las entradas de las casas en Mango de Ocoita o Aristóbulo. "Entrar en un weblog personal por primera vez es como encontrarse con alguien bajo el sol blanco del mediodía", dijo Christian Rodríguez, dueño del blog "Puto y aparte", un blog de alta calidad literaria y, al mismo tiempo, de una intimidad apabullante. El blog es un lugar -un medio- donde las personas pueden hablar, escribir, decir lo que piensan y ser leídos por sus vecinos. Un blog es un lugar donde se puede dejar de ser un engranaje. Un blog es una silla. Y varias sillas en el porche forman una comunidad afectiva de bloggers. Por eso tener un blog viene a ser más o menos lo mismo que mudarse a Aristóbulo. Un pueblo de cuatro calles polvorientas donde quizá sea posible sentirse menos solo.


(Este artículo apareció en la edición del domingo 9 de octubre de La Voz del Interior .)

posted by Mori Ponsowy at 8:33 p.m. 11 comments

sábado, octubre 08, 2005
LA BAÑERA DE SIMBAD

"El hammam de Ulises o la bañera de Simbad" es el nombre de un nuevo blog que hace Diana Laurencich, desde Lanzarote, frente a la costa africana. Todo un regalo, ese hammam. Dibujos, cuadros, tapices, poemas, citas escogidas y, siempre, la sensibilidad, especialí­sima, desbordante, de Diana. Como en este cuadro suyo que se llama, precisamente, "La bañera de Ulises".

http://elhammamdeulises.blogspot.com/

posted by Mori Ponsowy at 7:19 p.m. 2 comments

POEMAS DE MARCOS CANTELI

I

Tuve miedo en el desván, me ahogué
entre sus frutos.

Hay que apuntalar
sobre seguro. Hay que apuntalar
sobre seguro.

Palpé el carbón
como un agua muy dura: tenía que salir
de aquel tacto, escapar
de su estallido

(del libro "Reunión", Barcelona, 1999)

II

gestado en la cabeza
un prisma nuevo y su disolución
la propia

bajo este foco
otro alcance

animales en el asfalto
afilan el aire hasta tocar la cara
se agotan formas
que no supimos abrigar
pespuntes del cauce

cuando valerse era
en sí mismo,

no más soledad que la ardida
en propio consuelo

(Poema del libro "Enjambre, Madrid, 2003)

III

establece morada en su sombrío, un lugar a punto de memoria
-mero linimento de aguas azuladas de suyo transparentes conque pura oquedad

magisterio: que la escritura sana
cuando incorpora sombras

(De "Su sombrío", Barcelona, 2005)


MARCOS CANTELI (Bimenes, Asturias, 1974) ha publicado los siguientes libros de poesía: Reunión, Enjambre y Su sombrío, libro por el que obtuvo el XXXI Premio de Poesía Ciudad de Burgos. Ha sido incluido en las antologías: Poesía Pasión. Doce jóvenes poetas españoles, La otra joven poesía española, Poesía Espanhola, Anos 90 y en Cuaderno laberinto. En la actualidad coordina la revista electrónica www.7de7.net

posted by Mori Ponsowy at 4:15 p.m. 0 comments

jueves, octubre 06, 2005
UNA MUJER EN TORNO

Por Efraim Medina Reyes

Tenemos todos, hombres, mujeres y ornitorrincos, la filosofía de nuestras propias actitudes. Cada quien vive en un mundo a su medida y hasta el más humilde tiene una idea clara de su grandeza y el más mezquino de su generosidad. Hablamos con facilidad de autocrítica, pero la única forma seria y sincera de autocrítica es el suicidio. Sin embargo, la mayoría de suicidas se van de este mundo por considerar que nadie logró entenderlos; de esa forma lo que debería ser nobleza y pudor se convierte en arrogancia y melodrama. La tendencia general es pensar en función de nuestros propios atributos y cuando reconocemos virtudes en otra persona es para elevarnos sobre esa persona y sus virtudes; en lo más intimo el libertino se siente un santo y el más obeso, acepta a regañadientes, que tiene “unos kilitos de más�.

La obsesión por la verdad en la raza humana es tan patética como entre los hombres la obsesión por el tamaño de la verga. Y digo patética porque la raza humana está destinada a vivir en la mentira y los hombres, aún los más brillantes y poderosos, a soñar y anhelar que son burros. No hay nadie más peligroso en este mundo que quien cree tener la verdad sobre algo ni mujer más falsa que aquella que te repite una y otra vez: Querido, nunca había visto una así de grande. Muy pocos hombres están satisfechos con su propia verga y ninguna mujer está, de verdad, satisfecha con la verga de su marido. Son precisamente las cosas de las que nos reímos en público aquellas que nos hacen llorar en la intimidad. Cuando un especialista en la materia afirma que doce centímetros son suficientes, catorce un tamaño normal y con dieciseis podemos inscribirnos en el club de los superdotados, no deberíamos sentir alivio o gratitud si no buscarlo y darle una paliza.

La única cosa que jamás deja de crecer en un hombre es el ego; la verga, por desgracia, suele atrofiarse al final de la adolescencia y no hay protésis, alargamiento, flexión, masaje o cuento chino que valga. Los que pretenden cambiar el destino de su pequeño colgandejo deberían tener presente que a menudo “morimos más rápidamente del remedio que de la enfermedad�. La ilusión másculina de querer llenar, rebozar, reventar, atravesar o partir en dos a una mujer nunca podrá realizarse. Es imposible llenar algo que por esencia esta vacío. No hay nada allí que “llenar�, la sexualidad entre hombres y mujeres al igual que entre hombres y automóviles se basa en la fricción. Pero la naturaleza estúpida e insegura del hombre pretende la invasión total. El absoluto en el sexo, el amor o la comida thailandesa no tiene sentido; son cosas a medio camino entre un sabor y una sensación, pero los hombres debemos definirlo todo para poder conciliar el sueño.

Las leyendas derivadas del tamaño de la verga se multiplican en cada cultura. Todavía muchos y, sobre todo, muchas, creen que los negros lideran en tamaño y vigor, que los chinos tienen gran habilidad manual y los blancos tienen una lengua insuperable. La realidad, que es la madre de todas las leyendas, decretó hace algún tiempo que los caucásicos llevan la delantera en longitud, los negros en diametro y los chinos... bueno, esos desgraciados están destruyendo la economía mundial. Si eso ocurre en las categorías raciales es mejor no ahondar en las regionales y menos en un país como Colombia donde tantos se sienten “la verga herida�.

De los enanos también hay muchas leyendas y en algunos dibujos del antiguo Egipto se les representa con una verga inmensa, tanto que más parecen un trípode; incluso, leí por ahí, que alguna reina de ese imperio desdeñó atléticos pretendientes para compartir el trono con un enano (ciertos egiptólogos sostienen que motivada por la creencia popular de que los enanos portaban fortuna, yo prefiero acudir a la malicia popular que inspiró los dibujos). Pero, dejando a un lado los enanos, pensemos en los hombres bajitos (que son enanos sin cara de enanos que se niegan a aceptar que son enanos); de estos hay quienes dicen que la tienen minúscula pero la usan más seguido: tirar, tirar, tirar parece ser su consigna. Los bajitos cuando no tienen cargos de poder son criaturas graciosas y amables que hasta logran usar la autoironía en su favor, pero apenas logran escalar un peldaño los asalta el delirio de grandeza, pierden para siempre el sentido del humor y se vuelven cada vez más déspotas y autoritarios. Una escritora francesa, hablando de sus experiencias sexuales, decía que entre sus amantes los de baja estatura eran los más tímidos y que detestaban meter la cara en su vagina o estar abajo durante el coito. Los altos en cambio eran extrovertidos y se concentraban tanto en la vagina que a veces olvidaban que había una mujer en torno.

Sin duda ser un buen amante es la aspiración de altos y bajos, negros y blancos, pobres y ricos de este mundo. ¿Será el tamaño importante para lograrlo? ¿Serán impotentes todos los dictadores o sólo los bajitos? Quizá más que pensar en los centímetros que nos faltan (o los dictadores que le sobran a este mundo) sea importante recordar que si reducimos el sexo a un combate entre la verga y la vagina llevamos todas las de perder.

posted by Mori Ponsowy at 4:14 p.m. 12 comments

miércoles, octubre 05, 2005
EL BAR DE LA ESTACIÓN VALENT�N ALSINA

Por Beatriz Vignoli

1
Paisaje de desván,
de cosas inconclusas y ya viejas
arrumbadas sin orden.
La luz dorada de la tarde de verano
lo vuelve bello como una mano muerta.
El andén silencioso sin los trenes.
Tu Citröen estacionado afuera.
Si esto fuera una película francesa
vendríamos huyendo de algo.

2
Nos sentamos en el bar casi desierto
por donde el tiempo hace veintiséis años que no pasa.
Las paredes son de un verde espeso, como en un óleo
y los espejos parecen aguas estancadas.
En el silencio antiguo, el tiempo se ahonda y reconozco
en los bananeros iluminados por el sol
al otro lado de las vías de maniobras
un lugar de mi infancia.
La puerta del bar enmarca ese fragmento de otro tiempo
que aquí, al sur de todo, se ha conservado intacto.
Allá está la cortina de tiras de hule
de cuyas estrías guardo un recuerdo táctil.
Aquellas cortinas venían multicolores
y hacían “flap, flap, flap� cuando se las atravesaba
a gran velocidad y baja altura
siendo niños, sin una imagen que cuidar.
Ah, volver a ser así de leves.
Irnos de todo. Irnos de nuestras vidas.
Pagar todas las deudas y vender todo
y venirnos a vivir aquí y ahora
al presente que es nunca.

3
Mirás por la ventana como desde un tren.
Quizás estemos realmente huyendo de algo.
Tu cara blanca, dorada por la luz
es absoluta sólo por un instante.
Hablar, decir "la luz", "el absoluto"
es arruinarlo todo.
En realidad, no deberíamos decir nada.
Sólo tenemos esto. El sol que cae.
Aquel edificio que lo tapa.

posted by Mori Ponsowy at 2:52 p.m. 8 comments

martes, octubre 04, 2005
TO INFINITY AND BEYOND !

Esta es la versión moderna de David contra Goliat: Gustavo Nielsen ganó definitivamente el juicio que emprendió contra Ricardo Piglia, Guillermo Schavelzon y editorial Planeta. Un caso en el que el pez grande no logró comerse al chico. Aquí la noticia por ANSA y, aquí, por Diario Judicial. (http://www.diariojudicial.com.ar/nota.asp?IDNoticia=27316)
¡Bien, Nielsen!

posted by Mori Ponsowy at 8:20 p.m. 7 comments

AMPLITUD MENTAL

Por Inés Garland

Antes los veía cuando venía por Godoy Cruz, pero ahora los veo cuando vuelvo a casa y tengo que entrar a la calle que bordea el lago de Palermo. Antes esa calle curva al borde de la bicisenda era una boca de lobo, ahora es un desfile de autos distraídos mirando los culos espectaculares, las piernas desnudas aún en pleno invierno, los zapatos altísimos.
Los taxistas que me traen a casa siempre tienen algo que decir, pero el de la otra noche me dejó pensando:
-Yo no entiendo a estos asquerosos -dijo, y se encendió un cigarrillo-.A mi taxi no los subo. No señor, de ninguna manera. Están estropeados, no me va a decir. Yo no discrimino, noooooo -nooooo, tuve ganas de decirle, pero a él no le importaba lo que yo le dijera, estaba concentradísimo en su propio discurso-. Si se quieren subir, yo ni los miro, acelero. Y cuando se me suben esos hombres que quieren venir para acá porque les gustan estos, yo los bajo. Acá no me van a subir a uno de esos inmundos.
Los próximos metros los usó para resoplar y de pronto, iluminado me aclaró que no era que él fuera cerrado.
-A las lesbianas yo las entiendo por ejemplo -dijo, magnánimo, mientras se detenía en la luz roja-. No es que vaya a hacerme amigo de ellas, pero las entiendo. Las entiendo porque es comprensible. Pero a estos yo los rociaría con fuego y les prendería un fósforo.
Del otro lado de la ventanilla, los travestis entrecerraban los ojos a la luz de los faros de los autos y desplegaban sus cortas caminatas, como si cada uno tuviera sólo unos metros para lucirse, un mínimo territorio para salvarse de la oscuridad del parque a sus espaldas.

posted by Mori Ponsowy at 8:31 a.m. 5 comments

lunes, octubre 03, 2005
UNA HOJA DE OTOÑO EN EL PARABRISAS

Por Angelina Lamelas

Blanca Estellés se cepilló con cuidado la melena oscura que le llegaba hasta un poco más abajo de los hombros, puso sombras degradadas en marrón sobre los párpados y rimel en las pestañas. Dibujó los labios con un perfilador y, luego, cuando se decidió por el tono que más le favorecía, pasó la barra por su boca carnosa. También se dio colorete: un rubor artificial que no le hacía falta, porque la excitación ya animaba sus mejillas y hasta sus orejas. Sonrió al espejo para que no le dijera inconveniencias. Más mujer que diez años antes, así se veía, más mujer. El brillo de sus ojos grandes, oscuros y sedosos se lo confirmó.

- ¿Dónde vas tan guapa? –le había preguntado Germán.

Ella le dio un beso ligero, de madre que sale con los niños.

- De compras, tardaré algo porque voy a mirar zapatos y ropa interior para todos.

Blanca Estellés llevaba un hijo de cada mano cuando se puso en la fila, detrás de aquellas seis o siete personas que solicitaban la firma del escritor famoso. La niña protestó algo; el niño sólo dijo que aquellos libros eran para mayores. Iban guapos sus hijos. Les había vestido con cuidado, para impresionar. Y ella también: la falda más bonita del verano, la de las florecitas con fondo azul, la blusa blanca y suavísima, que ceñía sin exagerar, las sandalias negras de charol, con tacón corrido. Además llevaba la sonrisa de los días lejanos.

Sólo quedaban dos personas delante de ella para que el escritor le firmara el libro que había comprado en los grandes almacenes, “Sombra de ti�. Dos personas, dos minutos para encontrarse frente a frente con aquel novio que le duró siete años y cuatro meses y había revolucionado su juventud. Le dejó plantado en un arrebato de sensatez, para que supiera aquel conquistador que se la jugaba cada dos por tres lo que perdía por necio. Qué placer doloroso. Tan guapo él, tan alto, tan moreno, tan de cargar la mirada como nadie y acariciar muy bien. Sintió no haberlo hecho antes, con las primeras comprobaciones de sus correrías. Fueron siete años y cuatro meses de escuchar que no se veía casado, pero que la quería, que ni sí ni no, sino todo lo contrario.

Jorge no se lo podía creer. Aquella inesperada decisión de Blanca fue un golpe en su currículo amatorio. Dicen que puso fin a sus años turbulentos. Dicen, por decir decían, que el seductor sentó la cabeza, aunque no se casó. Pudo dedicar mucho tiempo a los cenáculos literarios y a escribir novelas de amor. Siempre tuvo afición a las letras.

Habían pasado diez años cuando se lo encontró entre las páginas de hueco de un periódico, dentro de la sección “Las caras de la noticia�. Caras de la noticia, eso, caradura: así era el hombre que había conseguido los mejores registros de su femineidad, cuando perdía los pendientes en aquellas últimas filas de los cines de sesión continua, los labios despintados y un temblor de volcán en erupción.

A los seis meses justos de aquella decisión heroica que le costó más de noventa noches de insomnio, conoció al que iba a convertirse en su marido, Germán, un hombre decente, ni alto ni bajo, ni moreno ni rubio, ni grueso ni delgado, ni de derechas ni de izquierdas, con una honradez acrisolada, eso sí, y unos ojos para descansar. O sea, como los bancos de un parque después de una caminata.

Sus padres respiraron a fondo, la tía Mariana dijo que le parecía “un mirlo blanco�, y su hermana Alicia fue la única que cuestionó aquella sosería, para preguntar si estaba bien segura y qué había podido ver en un hombre tan gris, de costumbres tan sensatas que ni siquiera se le conocía una novia anterior.

- Mejor –dijo Blanca‑. No me importa que sea gris. Ya estoy cansada de donjuanes.

Se casaron en menos de un año, y enseguida vino el niño, luego la niña, y hasta hubo un conato de mellizos que no progresó. Todo bien: Germán, que era médico, en la consulta, los niños a los tres años en el colegio, las comidas de los domingos en casa de los padres o de los suegros. Germán la llevaba del brazo como si pudiera perderla en una bocacalle, ufano, engallado. Sobre todo después de la parejita. Había resultado mucho más ardoroso en sus lances nocturnos de lo que cabía pensar a primera vista. Incluso en los arrebatos diurnos, porque hubo muchos sábados de siesta con consecuencias.

Así que sus amigas y las amigas de sus amigas solían decir:

- Cómo le tienes, hija... Se le nota que está contigo que no sabe qué hacer...

Ella tampoco sabía qué hacer con su tiempo libre, cuando dejó de trabajar en la oficina y se dedicó a tejer punto para los cuatro, a amasar y hornear pudding inglés todas las semanas; pudding con pasas y nueces, de muchísimas calorías, que estaba ayudando a redondear sus caderas “de ánfora etrusca� –decía Germán‑ (que también sabía decir sus cositas cuando tocaba; es decir, cuando las tocaba). Del resto de los trabajos caseros no se tenía que ocupar: cristales, azulejos de la cocina, picar cebollas, los baños y otras incomodidades eran obligaciones de la asistenta.

Había sacado el carnet de conducir después de casada, iba al gimnasio dos veces por semana y una vez a la peluquería, refrescó las sevillanas y practicó Escuela Bolera con la pasión de aquel noviazgo antiguo que alguna vez revivía en sueños. Se desmelenaba ante el espejo de la academia. Entonces, como un mal pensamiento, le llegaba el ceceo de Jorge y su aliento en el cuello: “Qué coza tan bonita, madre...� Y es que Jorge era de Dos Hermanas, al ladito de Sevilla. Cuando ocurría esto, de vuelta a casa le daba un achuchoncillo a Germán, y le parecía como si recibiera una absolución.

¿Qué más...? A las cinco menos cuarto salía en el coche a recoger a sus hijos a la puerta del colegio. Eran alumnos mediopensionistas. Alguna visita a los museos de Madrid y a las Descalzas Reales, organizadas por la Parroquia, y un viaje a Marruecos en el quinto aniversario de boda. Sin contar los veinte días que pasaban en la Costa Brava todos los veranos.

El hombre que la precedía estaba inclinando el torso para decir su nombre al escritor. Blanca sintió el sudor de sus palmas en las manos de sus hijos, y se soltó. Los niños la miraron. Estaba roja y desarmada. Su labio inferior tembló ligeramente. Se odió por su nerviosismo.

- Blanca Estellés –dijo con una voz ahumada y rota, de mujer de rojo o de mujer de negro, pero nunca de falda con florecitas.

Él la miró despacio, con sorpresa y emoción.

- Blanca Estellés del Campo –dijo, como si pasara lista a su vida–. Diez años sin verte...

- Ya...

- He pensado tanto en ti...

Ella sintió que era imposible ruborizarse más. No podía dominar su corazón alborotado. Se llamó cretina y majadera.

Jorge alargó un brazo hasta alcanzar la mano derecha de Blanca, que se apoyaba en la mesa, sobre un montón de libros. Prolongó el contacto tres o cuatro segundos con la presión experta que ella recordaba.

- Estás muy guapa.

- No sé... –acertó a decir.

- Yo sí lo sé.

Y escribió: “Para Blanca, la mujer a quien me ha sido imposible olvidar. Me gustaría verte. Llámame.� Luego puso los besos, la firma y el número de teléfono.

- ¿Estas preciosidades son tus hijos?

Los niños rodearon la mesa para saludar al hombre que tenía canas en las sienes y miraba tanto a mamá.

Blanca leyó aquella dedicatoria tan comprometedora que hablaba de encuentros como si el tiempo no hubiera pasado; como si no existieran los hijos, y el marido no estuviera esperándola en casa. Jorge no cambiaba. Se despreció por sentir el deseo de besar a aquel hombre al que había querido tanto, cuando todas las estrellas estaban en el cielo abierto de su juventud, cuando el deseo brotaba de un simple roce o de una mirada.

Decidió volver a casa sin hacer las compras. Pensaría una disculpa.

Caminaba como si flotara, de vuelta al coche aparcado en la calle Goya. La vio al sentarse ante el volante, mientras convencía a su hijo para que se fuera al asiento de atrás con su hermana: una hoja de otoño en el parabrisas. Una hoja de otoño cuando aún no había terminado el mes de agosto. Estaba allí y no se caía. Era una señal que le mandaba el cielo: un mensaje trascendente del inexorable paso del tiempo. Ella vio, hasta vio, canas en su pelo negro, los niños muy crecidos, y a Germán dormido en la butaca roja del salón. Detuvo el coche y sacó la hoja de otoño del parabrisas. Lo hizo con amoroso cuidado para no romperla.

Cuando llegó a casa se la dio a Germán. Lo hizo después de arrancar la dedicatoria de Jorge y de comprobar que la protagonista de “Sombra de ti� se llamaba Blanca. Entonces subió el libro a la estantería más alta de la biblioteca y se dijo que tal vez lo leería cuando hubieran pasado unos años.

Se acercó a Germán y le besó dulce, tiernamente.

- Pon la mano; es un regalito.

Él recogió la hoja que llevaba su mujer entre las palmas. Se sintió desconcertado. Le había gustado más el beso que el regalo.

Por decir algo, dijo:

- Generosa...

Ella sonrió con un rastro de misterio.

- Te he regalado el otoño.

Entonces él la guardó entre las páginas de un libro de Oscar Wilde que estaba leyendo. Y la hoja crujió para acoplarse.

posted by Mori Ponsowy at 10:27 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

¿Mensajes? ¿Comentarios?
mponsowy @ yahoo.com



Publicaciones

Enemigos afuera

Los colores de la inmaculada

No somos perfectas

El padre

Marie Howe

Mujeres políticas y argentinas

Manifiesto vital

Notas de opinión

Notas en LNRevista

Aquí y allá

Estante de preferidos

  • "The Corrections" de Jonathan Franzen
  • "Freedom" de Jonathan Franzen
  • "La noche de los tiempos" de Antonio Muñoz Molina
  • "The Fifth Child" de Doris Lessing
  • "1Q84" de Murakami
  • "Ulises" de James Joyce
  • "White Noise" de Don DeLillo
  • "Falling Man" de Don DeLillo
  • "Me casé con un comunista" de Philip Roth
  • "Pastoral Americana" de Philip Roth
  • "Sábado" de Ian McEwan
  • "Kafka en la orilla" de Haruki Murakami
  • "La Mancha Humana" de Philip Roth
  • "Alta Fidelidad" de Nick Hornby
  • "Abril Rojo" de Santiago Roncagliolo
  • "Cómo ser buenos" de Nick Hornby
  • "Matadero Cinco" de Kurt Vonnegut
  • "Desgracia" de J.M.Coetzee
  • "Las cosas que llevaban" de Tim O´Brien

Pelis

  • "El hombre elefante" de David Lynch
  • "Blue Valentine" de Derek Cianfrance
  • "Singin in the Rain" de Gene Kelley y Stanley Doney
  • "The Day the Earth Stood Still" de Robert Wise
  • "Luz silenciosa" de Carlos Reygadas
  • "Gigante" de Adrián Biniez
  • "La teta asustada" de Claudia Llosa
  • "Slumdog Millionaire" de Danny Boyle
  • "Caramel" de Nadine Labaki
  • "Paranoid Park" de Gus Van Sant
  • "Sin lugar para los débiles" de los hermanos Cohen
  • "El arco" de Kim Ki-duk
  • "Volver" de Almodóvar
  • "Nadie sabe" de Hirokazu Kore-eda
  • "De latir el corazón se me paró" de Jacques Audiard
  • "Caché" de Haneke
  • "La promesa" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "El niño" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "Una historia sencilla" de David Lynch
  • "Los idiotas" de Lars von Trier
Un enemigo

Arnet, gran estafa

Muchos amigos

Por los chicos

Fedro

Hostería Los Pecanes

Miradapuntoart:arte y diseño

Powered by Blogger

Entrevistas y algo más

Poemas

Otros blogs y sitios amigos

Archivos