Goma de borrar
 
martes, octubre 18, 2005
UNA CUESTION DE ALTURA

Un cuento de Inés Garland


Mi amiga y yo estamos hablando hace horas a la luz de las velas, sentadas en el piso. El marido duerme en el sillón detrás de ella, agotado de las derivaciones interminables de nuestra charla. Estamos hablando del erotismo cuando suena el timbre.
-Ese debe ser Leo ?dice ella.
Como si yo supiera quien es Leo.
Su marido se despierta, enciende una lámpara y va a abrir la puerta.
-Un amigo nuestro que vive en París y que dijo que por ahí pasaba -dice ella.
Qué glamour.
Leo entra y nos saluda y su boca, la manera de sonreír que tiene, sería capaz de cambiarme el humor en el peor día del año. Es un hombre bajo. Me doy cuenta cuando abraza a mi amiga que es mucho más baja que yo y tiene la misma altura que él. No es que me importe ?la altura en un hombre como Leo es lo de menos- pero es algo que no puedo dejar de notar. Va a la cocina a buscar una botella de vino, abre los aparadores, hace ruido, pregunta cosas desde lejos. Cuando vuelve con las copas y la botella suena su celular, lo abre y mira la pantallita que le ilumina de verde la cara, un segundo. Atiende y sale al patio.
Mi amiga y yo retomamos la conversación y el marido retoma su sueño, pero yo ahora tengo una parte de mi atención puesta en Leo que camina de un lado a otro por el patio, pasa delante de la ventana, se ríe, habla en francés. Me gustaría querer apartarlo como a una mosca. Pero lo que de verdad quiero es que entre y se instale y me mire.
Cuando él vuelve, mi amiga le pregunta con quien hablaba y hay un silencio, tan breve que yo podría no haberlo notado, pero antes de escuchar la respuesta sé que la voz del otro lado de la línea era de una mujer, sé que era larga distancia, se que era una novia o una amante o una concubina. Sé que no era una esposa.
Abrimos una botella de vino y llenamos las copas. Leo se suma a nuestra conversación. En cualquier otro momento de mi vida, ayer incluido, este no habría sido un tema para abordar sin trabas frente a un desconocido, pero después de esa sonrisa yo sería capaz de hablar de cualquier cosa con este hombre que ahora está sentado en diagonal a mí, en el piso, con la mesa ratona en el medio y que por fin me mira.
-Tengo hambre ?dice en medio de un silencio en la conversación.
-¿Por qué no piden delivery? ?dice el marido de mi amiga.
No sé cómo hace para dormir y tratar de solucionarnos la vida, pero no es la primera vez que me llama la atención su discreta vocación de servicio. Después de una breve toma de decisiones Leo y mi amiga deciden ir a la rotisería en busca de algo para comer.
Yo no quiero pararme. Una fuerza absurda me tiene agarrada al piso. Si me parara cerca de Leo y lo mirara desde mi altura, sentiría vértigo.
-Yo no tengo nada de hambre -digo.
Apenas salen se termina el compact. En el silencio escucho la respiración del marido de mi amiga, el aire que entra y sale por su nariz con un suave silbido. Por detrás del silencio, como si quedara muy lejos, se oye la ciudad. Leo y mi amiga deben estar caminando lado a lado, casi a la misma altura, con un tranco del largo de sus piernas, igualados. Si él quisiera pasarle el brazo sobre los hombros lo haría con un movimiento fluido y fácil y los hombros de ella quedarían por debajo de su brazo, como debe ser.
Tengo muchas ganas de ir al baño pero me preocupa que lleguen antes de que tenga tiempo de volver a mi lugar en el piso. Sin embargo sé que me va a ser imposible aguantar toda la noche sin ir al baño y quizás sea este el momento ya que, si tengo suerte, ellos van a tardar todavía un rato.
Más de cinco minutos después y a salvo en mi lugar en el piso veo a través de la abertura que da a la cocina unas banquetas de madera. Calculo que me deben llegar a la cadera y me pregunto adónde le llegarán a Leo. Serían una solución para nosotros. Él podría sentarse en las banquetas y yo me quedaría parada y podríamos besarnos así. Es una idea que abre otro panorama y me llena de entusiasmo.
Ya estoy arrepintiéndome de no haber aprovechado para cambiar el compact cuando los oigo avanzar por el pasillo de entrada a la casa. Del otro lado de la puerta de vidrio Leo me sonríe y hace un saludo con la mano, un gesto de alegría, como si le gustara de verdad que yo esté ahí sentada.
-¿Y la música? ?dice mi amiga.
-Se acaba de terminar el compact ?miento.
No quiero que piensen que no sé disfrutar de la vida.
Leo busca un compact mientras mi amiga desenvuelve los paquetes y prepara todo.
-¿No tenían "Alrededor de la Medianoche"? -dice Leo.
-Está al final de la pila de los de jazz -dice mi amiga.
Siento la tentación de comentar lo alto que era Dexter Gordon pero me controlo y digo algo acerca de la belleza de la música.
Ellos comen y yo los miro. La conversación se vuelca a los asados, la comida francesa, la literatura. Cuando ya casi están terminando de comer le robo a Leo algo de su comida atravesándome sobre la mesa ratona. Creo que lo miro a los ojos mientras lo hago -hay algo muy desafiante en robarle la comida a alguien que uno acaba de conocer, pero él no parece molestarse. Entonces me doy cuenta de que él no llegaría por encima de la mesa hasta mi plato si fuera yo la que come y él el que tiene hambre. Y ruego para que él no se de cuenta de esto.
Seguimos hablando y abrimos otra botella de vino. El marido de mi amiga se sienta en el sillón y nos mira como si estuviera sonámbulo y después de un rato decide irse a dormir.
-No puedo mantener los ojos abiertos ?dice antes de desaparecer.
Mi amiga, volviendo con cierta insistencia, me parece, al tema del erotismo, dice que a ella no le gustan las personas que comen con demasiada fruición, no lo asocia especialmente con la capacidad de disfrutar del sexo, prefiere, siempre, a los intelectuales; y yo, que nunca hubiera hecho una división así, sostengo que la sensualidad es una forma de vivir la vida, un sentimiento que abarca la comida, el sexo, el movimiento, todo -me explayo, me apasiono, muevo las manos, mis brazos larguísimos en el aire tratando de abarcar el mundo entero. Leo asiente y sonríe. No habla mucho pero su atención es halagadora. Y está tan de acuerdo conmigo que mi amiga, con sus objeciones, no hace otra cosa que fortalecer nuestra alianza. Qué importa entonces la altura. Se me ocurre que podríamos ir por la vida en cuatro patas, hacer el amor en la alfombra cada tanto, treparnos a la cama como arañas. No me afectaría tenerlo siempre a algunos metros de distancia. Me gusta mucho su boca ?ya lo dije- y su inteligencia ?sí, supongo que dado lo poco que habla esta observación es especular -él me gusta tanto- qué se le va a hacer. Y yo también le gusto. Pero ¿cómo resolverlo?
Casi a las tres de la mañana mi amiga decide que quiere bailar. Sube el volumen de la música, se para y empieza a moverse con sensualidad. Leo también se para y empieza a bailar. ¿Por qué me mira así?¿ Me está invitando? Pienso con rapidez y, mientras pienso, bailo sentada y muevo mucho la cabeza, el pelo sigue los movimientos, levanto los brazos para que no crea que es falta de ritmo o apatía. Si me paro donde estoy, de este lado de la mesa, tal vez él no note tanto la diferencia de altura entre nosotros. El espacio no es muy grande pero alcanzaría para bailar en el lugar y mover un poco los brazos, pero ¿pararme? Esta música tiene algo hipnótico ?podría dejarme llevar hacia Leo con los ojos cerrados, podría pegarme a su cuerpo, sentir el calor de su piel, el roce de sus piernas entre las mías, sus manos en mis caderas; bailar juntos como si no importara que él. No. Yo no debo pararme. No todavía. Ahora él ya no me mira. Se ha puesto a bailar frente a mi amiga. La toma de la cintura y bailan juntos con la soltura y la felicidad de la gente baja. Yo dejo de moverme. Mi amiga se aleja y él la toma de la mano y levanta el brazo y ella da una vuelta llena de gracia y pasa por debajo. Se ríen. Se vuelven a juntar y a separar y después de una de las vueltas ella me hace un gesto para que me una a ellos. Me gustaría tanto, pero finjo un largo bostezo, apoyo las manos en el asiento del sillón que está detrás de mí y me deslizo sin pararme hasta quedar acostada. Con las piernas encogidas, creo, no se nota tanto el largo que ocuparía de tenerlas extendidas y si bien la posición es un poco rara, parecerá que el sueño me dio frío. Me esfuerzo por poner una sonrisa estúpida que pretende transmitir bienestar.
-Estoy agotada ?digo.
Leo sigue bailando. No sé si me escuchó.
Bailan un rato más y yo sigo sonriendo y de a ratos muevo un poco la cabeza con entusiasmo pero quizás Leo se haya dado cuenta a pesar de todo del espacio que ocupo en el sillón porque ya casi no me mira y cuando se va, una hora después, me saluda con cordialidad pero sin ningún rastro de erotismo. Intuyo en su sonrisa de despedida esa pared que construyen entre ellos y yo los hombres bajos. Cuando pasa por debajo de la puerta de vidrio mido hasta donde llega su cabeza. Quizás no sea tan bajo después de todo. Quizás podría haberle pasado yo el brazo por sobre los hombros y habríamos caminado de lo más bien. Después, supongo, el vértigo no habría tenido nada que ver con la altura.

posted by Mori Ponsowy at 7:11 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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