Goma de borrar
 
lunes, octubre 03, 2005
UNA HOJA DE OTOÑO EN EL PARABRISAS

Por Angelina Lamelas

Blanca Estellés se cepilló con cuidado la melena oscura que le llegaba hasta un poco más abajo de los hombros, puso sombras degradadas en marrón sobre los párpados y rimel en las pestañas. Dibujó los labios con un perfilador y, luego, cuando se decidió por el tono que más le favorecía, pasó la barra por su boca carnosa. También se dio colorete: un rubor artificial que no le hacía falta, porque la excitación ya animaba sus mejillas y hasta sus orejas. Sonrió al espejo para que no le dijera inconveniencias. Más mujer que diez años antes, así se veía, más mujer. El brillo de sus ojos grandes, oscuros y sedosos se lo confirmó.

- ¿Dónde vas tan guapa? –le había preguntado Germán.

Ella le dio un beso ligero, de madre que sale con los niños.

- De compras, tardaré algo porque voy a mirar zapatos y ropa interior para todos.

Blanca Estellés llevaba un hijo de cada mano cuando se puso en la fila, detrás de aquellas seis o siete personas que solicitaban la firma del escritor famoso. La niña protestó algo; el niño sólo dijo que aquellos libros eran para mayores. Iban guapos sus hijos. Les había vestido con cuidado, para impresionar. Y ella también: la falda más bonita del verano, la de las florecitas con fondo azul, la blusa blanca y suavísima, que ceñía sin exagerar, las sandalias negras de charol, con tacón corrido. Además llevaba la sonrisa de los días lejanos.

Sólo quedaban dos personas delante de ella para que el escritor le firmara el libro que había comprado en los grandes almacenes, “Sombra de ti�. Dos personas, dos minutos para encontrarse frente a frente con aquel novio que le duró siete años y cuatro meses y había revolucionado su juventud. Le dejó plantado en un arrebato de sensatez, para que supiera aquel conquistador que se la jugaba cada dos por tres lo que perdía por necio. Qué placer doloroso. Tan guapo él, tan alto, tan moreno, tan de cargar la mirada como nadie y acariciar muy bien. Sintió no haberlo hecho antes, con las primeras comprobaciones de sus correrías. Fueron siete años y cuatro meses de escuchar que no se veía casado, pero que la quería, que ni sí ni no, sino todo lo contrario.

Jorge no se lo podía creer. Aquella inesperada decisión de Blanca fue un golpe en su currículo amatorio. Dicen que puso fin a sus años turbulentos. Dicen, por decir decían, que el seductor sentó la cabeza, aunque no se casó. Pudo dedicar mucho tiempo a los cenáculos literarios y a escribir novelas de amor. Siempre tuvo afición a las letras.

Habían pasado diez años cuando se lo encontró entre las páginas de hueco de un periódico, dentro de la sección “Las caras de la noticia�. Caras de la noticia, eso, caradura: así era el hombre que había conseguido los mejores registros de su femineidad, cuando perdía los pendientes en aquellas últimas filas de los cines de sesión continua, los labios despintados y un temblor de volcán en erupción.

A los seis meses justos de aquella decisión heroica que le costó más de noventa noches de insomnio, conoció al que iba a convertirse en su marido, Germán, un hombre decente, ni alto ni bajo, ni moreno ni rubio, ni grueso ni delgado, ni de derechas ni de izquierdas, con una honradez acrisolada, eso sí, y unos ojos para descansar. O sea, como los bancos de un parque después de una caminata.

Sus padres respiraron a fondo, la tía Mariana dijo que le parecía “un mirlo blanco�, y su hermana Alicia fue la única que cuestionó aquella sosería, para preguntar si estaba bien segura y qué había podido ver en un hombre tan gris, de costumbres tan sensatas que ni siquiera se le conocía una novia anterior.

- Mejor –dijo Blanca‑. No me importa que sea gris. Ya estoy cansada de donjuanes.

Se casaron en menos de un año, y enseguida vino el niño, luego la niña, y hasta hubo un conato de mellizos que no progresó. Todo bien: Germán, que era médico, en la consulta, los niños a los tres años en el colegio, las comidas de los domingos en casa de los padres o de los suegros. Germán la llevaba del brazo como si pudiera perderla en una bocacalle, ufano, engallado. Sobre todo después de la parejita. Había resultado mucho más ardoroso en sus lances nocturnos de lo que cabía pensar a primera vista. Incluso en los arrebatos diurnos, porque hubo muchos sábados de siesta con consecuencias.

Así que sus amigas y las amigas de sus amigas solían decir:

- Cómo le tienes, hija... Se le nota que está contigo que no sabe qué hacer...

Ella tampoco sabía qué hacer con su tiempo libre, cuando dejó de trabajar en la oficina y se dedicó a tejer punto para los cuatro, a amasar y hornear pudding inglés todas las semanas; pudding con pasas y nueces, de muchísimas calorías, que estaba ayudando a redondear sus caderas “de ánfora etrusca� –decía Germán‑ (que también sabía decir sus cositas cuando tocaba; es decir, cuando las tocaba). Del resto de los trabajos caseros no se tenía que ocupar: cristales, azulejos de la cocina, picar cebollas, los baños y otras incomodidades eran obligaciones de la asistenta.

Había sacado el carnet de conducir después de casada, iba al gimnasio dos veces por semana y una vez a la peluquería, refrescó las sevillanas y practicó Escuela Bolera con la pasión de aquel noviazgo antiguo que alguna vez revivía en sueños. Se desmelenaba ante el espejo de la academia. Entonces, como un mal pensamiento, le llegaba el ceceo de Jorge y su aliento en el cuello: “Qué coza tan bonita, madre...� Y es que Jorge era de Dos Hermanas, al ladito de Sevilla. Cuando ocurría esto, de vuelta a casa le daba un achuchoncillo a Germán, y le parecía como si recibiera una absolución.

¿Qué más...? A las cinco menos cuarto salía en el coche a recoger a sus hijos a la puerta del colegio. Eran alumnos mediopensionistas. Alguna visita a los museos de Madrid y a las Descalzas Reales, organizadas por la Parroquia, y un viaje a Marruecos en el quinto aniversario de boda. Sin contar los veinte días que pasaban en la Costa Brava todos los veranos.

El hombre que la precedía estaba inclinando el torso para decir su nombre al escritor. Blanca sintió el sudor de sus palmas en las manos de sus hijos, y se soltó. Los niños la miraron. Estaba roja y desarmada. Su labio inferior tembló ligeramente. Se odió por su nerviosismo.

- Blanca Estellés –dijo con una voz ahumada y rota, de mujer de rojo o de mujer de negro, pero nunca de falda con florecitas.

Él la miró despacio, con sorpresa y emoción.

- Blanca Estellés del Campo –dijo, como si pasara lista a su vida–. Diez años sin verte...

- Ya...

- He pensado tanto en ti...

Ella sintió que era imposible ruborizarse más. No podía dominar su corazón alborotado. Se llamó cretina y majadera.

Jorge alargó un brazo hasta alcanzar la mano derecha de Blanca, que se apoyaba en la mesa, sobre un montón de libros. Prolongó el contacto tres o cuatro segundos con la presión experta que ella recordaba.

- Estás muy guapa.

- No sé... –acertó a decir.

- Yo sí lo sé.

Y escribió: “Para Blanca, la mujer a quien me ha sido imposible olvidar. Me gustaría verte. Llámame.� Luego puso los besos, la firma y el número de teléfono.

- ¿Estas preciosidades son tus hijos?

Los niños rodearon la mesa para saludar al hombre que tenía canas en las sienes y miraba tanto a mamá.

Blanca leyó aquella dedicatoria tan comprometedora que hablaba de encuentros como si el tiempo no hubiera pasado; como si no existieran los hijos, y el marido no estuviera esperándola en casa. Jorge no cambiaba. Se despreció por sentir el deseo de besar a aquel hombre al que había querido tanto, cuando todas las estrellas estaban en el cielo abierto de su juventud, cuando el deseo brotaba de un simple roce o de una mirada.

Decidió volver a casa sin hacer las compras. Pensaría una disculpa.

Caminaba como si flotara, de vuelta al coche aparcado en la calle Goya. La vio al sentarse ante el volante, mientras convencía a su hijo para que se fuera al asiento de atrás con su hermana: una hoja de otoño en el parabrisas. Una hoja de otoño cuando aún no había terminado el mes de agosto. Estaba allí y no se caía. Era una señal que le mandaba el cielo: un mensaje trascendente del inexorable paso del tiempo. Ella vio, hasta vio, canas en su pelo negro, los niños muy crecidos, y a Germán dormido en la butaca roja del salón. Detuvo el coche y sacó la hoja de otoño del parabrisas. Lo hizo con amoroso cuidado para no romperla.

Cuando llegó a casa se la dio a Germán. Lo hizo después de arrancar la dedicatoria de Jorge y de comprobar que la protagonista de “Sombra de ti� se llamaba Blanca. Entonces subió el libro a la estantería más alta de la biblioteca y se dijo que tal vez lo leería cuando hubieran pasado unos años.

Se acercó a Germán y le besó dulce, tiernamente.

- Pon la mano; es un regalito.

Él recogió la hoja que llevaba su mujer entre las palmas. Se sintió desconcertado. Le había gustado más el beso que el regalo.

Por decir algo, dijo:

- Generosa...

Ella sonrió con un rastro de misterio.

- Te he regalado el otoño.

Entonces él la guardó entre las páginas de un libro de Oscar Wilde que estaba leyendo. Y la hoja crujió para acoplarse.

posted by Mori Ponsowy at 10:27 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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