Goma de borrar
 
miércoles, noviembre 09, 2005
FURIA

Por Alejandra Laurencich

Cuando estaba en la escuela primaria solía aburrirme en clase. Sucedía por lo general después de haber escuchado la exposición de la maestra, después de haber copiado con esmero lo que la maestra ordenaba copiar en el cuaderno, después de todo lo que una alumna ejemplar puede hacer para cumplir con las obligaciones impuestas por las autoridades. Luego de todo aquello había que esperar a los otros. Entonces me aburría. A veces abría el cuaderno borrador y dibujaba una taza de café con leche, humeante taza de loza como la que nos servían en el vagón comedor del tren cuando íbamos de vacaciones con mi abuela; luego el plato; y otro plato; y allí los sándwiches de miga, líneas y líneas de sándwiches, que coloreaba con rojo de tomate, violeta de jamón y verde clarito de lechuga; luego una gran torta en otro plato, a big cake como se leía en el libro de inglés, chocolate y crema y pedazos de duraznos en almíbar. Simulaba ir comiendo todo aquello, cerraba los ojos como hacían los chicos de mi edad en las propagandas, hmmmmmm, le iba borrando pedazos al dibujo mientras trataba de concentrarme en los sabores, los trozos de durazno, el gusto algo cremoso del café con leche, hmmmm, otro sándwich más. Dibujaba finalmente el plato vacío, la taza vacía. Miraba a mi alrededor, el resto de la clase aún no había terminado de copiar lo que era necesario copiar. Entonces comenzaba la decepción. No había comido ninguna torta, no había paladeado el café con leche. Todo era una gran estupidez. La maestra seguía sentada a su pupitre. El cielo seguía teniendo el color insípido de las mañanas largas. Comenzaba a desear el caos. Que sonara la alarma de la escuela. Que las monjas y las maestras con sus peinados de peluquería, tuvieran expresiones repentinas de pánico. Que todo se conmocionara, que nos dejaran salir corriendo por los pasillos. Que nos mandaran a casa porque en el mundo había explotado una bomba nuclear. En alguna parte de China, Alaska, Singapur, o en el mismo EEUU (donde ya no vivía la tía Mary), o en Brasil, o hasta en la Patagonia, en cualquier lado donde el accidente no nos trajera después problemas de agua, televisión, enfermedades feas. Que el mundo explotara en alguna parte. Y que se suspendieran las clases en señal de duelo como cuando había muerto Perón. Entonces sí, cerraba los ojos con fervor y me hundía en ese túnel que me comunicaba con el cielo. Por favor, por favor, que ocurra una catástrofe.
Veinte años más tarde en jornadas de abulia o malvivir seguía pidiendo lo mismo, algo que conmocionara el mundo, que me hiciera olvidar mi propia desesperación, que nos solidarizara a todos en busca de un bien superior, ajeno a nuestras mezquindades. Pero el borde del terreno ofrecido para que sucediera lo peor se acercaba mucho más a mi persona. Algo en la ciudad. En el barrio vecino. En la esquina. Algo grave y enorme. Algo imposible de desatender. Que el mundo estallara en el jardín de enfrente.
Alguna vez, por aquellos años, me encontré sentada en el suelo alfombrado de una gran sala, una rueda de personas y yo formando un círculo. Había un sahumerio encendido. Estábamos descalzos. Y como adormecidos. Alguien, creo que el coordinador, pidió que expresáramos los pensamientos sobre el mundo que acudieran a nuestra mente. Pensé en los deseos de catástrofe que a veces me asaltaban.
-¿Martha?- dijo el coordinador mirando a una señora madura.
-Es un desafío a conocer -contestó ella asintiendo sin parar- me gustaría explorarlo entero.
-Bien ¿Vos?- dijo el coordinador, señalando a otro participante, un muchacho de piel tostada y músculos de deportista.
-Es mi casa. Mi casa. Un gran living donde?m, donde estar- dijo y enseguida tuvo un tic, sacudió la cabeza como si un flequillo imaginario le cubriera los ojos. Me reí, me miró. Todos miraron hacia mí. El coordinador esperaba mi respuesta.
-Qué se yo- dije para ganar tiempo, porque lo único que acudía a mi mente eran aquellos pedidos de caos. -El mundo puede explotar en cualquier momento- dije. Me reí otra vez, pero nadie me acompañó en la reacción.
-¿Por qué estás tan segura?-dijo el coordinador.
-Bueno, hay mucha gente que lo desea. Es un lugar peligroso para vivir.
El coordinador se quedó mirándome. Luego asintió. Y siguió la ronda. Me quedé perturbada ¿Había tomado en broma el ejercicio cuando nadie lo hacía?
Al finalizar el seminario se nos dijo que cuando hablábamos del mundo, era a nosotros mismos a quienes nos estábamos refiriendo.
Salí del lugar con una tristeza pesada. Todos se abrazaban con efusividad. Yo no quería hacerlo. Alcé la mano a modo de saludo y me eché a caminar. Encendí un cigarrillo. Unas cuadras más tarde entré a un bar. El televisor estaba encendido y mostraba un documental sobre el apareamiento de los delfines. Debajo, en letras mayúsculas, corría el anuncio de que George W. Bush había ganado las elecciones en Estados Unidos.
Pedí un triple de jamón y tomate. Y un café con leche.

posted by Mori Ponsowy at 8:35 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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