Goma de borrar
 
martes, noviembre 15, 2005
REUNION DE CONSORCIO

Por Inés Garland


No hay lugar más concreto y más rico en ejemplos para codearse con lo peor de la convivencia humana que una reunión de consorcio. Las mías no son una excepción. La falta de conciencia sobre sí mismos y la ceguera que se transforma en pura proyección son flagrantes y, sin embargo, ahí están todos los vecinos acusando al portero de los peores defectos propios, odiando en el vecino las partes más oscuras de su propia personalidad y poniéndose de punta unos con otros como si fueran capaces de matar y morir por causas tan absurdas como el alquiler de la pileta para una publicidad, la cara de pocos amigos del asistente de portero o la injuria de haber esperado frente a la puerta cerrada cinco minutos mientras el encargado de abrirla estaba en el baño (¿Cómo osa ir al baño en su horario de trabajo? ¿no puede esperar diez horas hasta volver a su casa?). No digo que yo no incurra en los mismos defectos que mis vecinos, pero los años de observación me han convertido en una persona más cauta, más reprimida tal vez, llena de razones que me impiden expresar mis disgustos sin pasarlos antes por un filtro de auto observación.

Mi edificio tiene tres cuerpos, 64 unidades, dos porteros para el hall de entrada que tienen que tener impecables todos los rincones, las escaleras, los palliers y los miles de cuartos y cuartitos de máquinas, de bolsas de basura y de qué sé yo qué más; un mayordomo que se supone debe mantener el orden, dominar a los otros, no charlar, no reírse, abrir la puerta, saludar con educación siempre y en todo momento; tres porteros con turnos para las cocheras sujetas a espacio que deben tener los autos listos y darse por enterados de los horarios personales de cada uno de los propietarios amén de prohibirle a los inquilinos y parientes de los propietarios la entrada a las cocheras de uso exclusivo de los propietarios y, por último, un señor que limpia la pileta, rasca los hongos de las paredes y echa cloro. Ninguno de los propietarios sobreviviría una semana haciendo alguno de esos trabajos, pero siempre quieren bajar los sueldos, ampliar los horarios, pedir más y más y dar menos y menos.

-¡¡Sáqueles YA la televisión de la recepción!! -grita la del décimo.

Después de la última reunión de consorcio el administrador les tuvo que sacar YA las fotos de Maradona y los cartelitos para darse ánimos.

-¡¡¡Tardó diez minutos en abrirme y cuando le pregunté dónde mierda estaba me contestó que estaba meando!!! -grita la del octavo (me pregunto los decibeles con que habrá salido de su boca la palabra ?mierda? para que, Francisco, el manso mayordomo, le haya contestado así y a mí, la verdad, es que la contestación me hace gracia).

El día del primer cumpleaños de la única nieta de Francisco, un glorioso día de sol, él estaba en la recepción (ya sin las fotos de Maradona) abriéndonos la puerta a todos los que entrábamos y salíamos de nuestros paseos, a los que dábamos un paso y volvíamos porque nos habíamos olvidado algo, a los que estábamos de mal humor y lo mirábamos a él con cara de pocos amigos. Me gustaría saber qué cara tendría el del tercero si se tuviera que pasar un domingo de sol en la portería, aún sin la yapa del cumpleaños. Estoy segura de que, como él mismo dice, pensaría ?ellos me pagan, tengo que agradecerles y sonreírles y cuidar mi trabajo?.

Quieren echarlo porque no tiene carácter para frenar los ruidos molestos de las obras constantes de cada persona que compra un departamento y quiere darle su toque personal (¡y cuántas inquietudes arquitectónicas da el bienestar económico!) Los obreros tienen un horario y no lo cumplen. Los propietarios llaman a Francisco y se quejan y él - gritan indignados en la reunión- no tiene la autoridad para parar a los obreros. Y además, mea, y, para colmo se lo cuenta a la vecina que le grita. Qué atrevimiento.

Ninguno de nosotros piensa jamás en los rasgos propios que nos hacen insoportables para convivir con los demás. Nuestra cara de culo es una belleza para nosotros mismos, nuestros gritos, una dulzura o, en todo caso, bueeeeeno, no era para tanto; nuestros insultos, una caricia al lado de los que recibimos. Y vamos a la reunión de consorcio a agarrarnos de los pelos, a ver quién grita más alto y a exigir educación a unos volúmenes tan poco educados.

El administrador autorizó el uso de la pileta a una productora que nos pagó cinco mil pesos por dos días de fotos. No tenía tiempo de llamar a una Asamblea y supuso que los propietarios estarían de acuerdo ya que los fondos de las expensas engordarían de lo más lindo. Recibió llamados indignados por su atrevimiento. ¿Cómo se le había ocurrido semejante desatino? Cuando le pregunté a la del onceavo por qué le había parecido tan mal, me contestó: porque nunca antes se hizo. La miré. Su argumento le parecía clarísimo, irrefutable, arraigado en las mejores tradiciones del buen comportamiento y la ética, los labios finos pintados de rojo, su peinado de peluquería impecable, su falda de franela gris planchada. Con esa teoría no existirían, entre otras cosas, los aviones, pensé, pero no se lo dije porque me di cuenta del terror en el fondo de sus ojos. ¿Adónde iríamos todos a parar si hiciéramos así nomás cosas que nunca hicimos antes? Cosas como pararse un momento a hablar con el portero, mirarlo a los ojos para ver si está teniendo un buen día, ponernos por un rato en su lugar, agradecerle que salimos de paseo mientras él se queda cuidando nuestro edificio y mirar con atención la foto de su nietita en el cumpleaños, con su vestido de volados y esos ojos inmensos que pronto tendrán los mismo sueños que tuvimos nosotros, que tienen nuestros hijos, que tendrán nuestros nietos. Y eso seguirá aún cuando ya nos hayamos ido de este mundo con nuestras peleas y nuestros gritos a cuestas. Cuando la tierra húmeda recicle el resabio que dejaron en nuestro cuerpo esos malos humores gratuitos que nos arruinaron los mejores días de sol.

posted by Mori Ponsowy at 12:53 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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