Goma de borrar
 
martes, diciembre 20, 2005
DE RODILLAS

Un cuento de Alejandra Laurencich

En el suelo de la cocina, entre las migas y la pelusa, distinguió una moneda de cincuenta. La levantó y corrió a la puerta. Pudo alcanzarlo justo cuando abría la puerta del ascensor. Lo vio darse vuelta sobresaltado.
-Tomá- dijo ella en voz bien baja -En vez de un atado de diez, compráme uno de veinte-.
El pareció a punto de sonreír pero lo único que hizo fue aspirar fuerte y la nariz se le ensanchó.
-No hagas ese gesto- dijo ella y le entregó la moneda.
Él volvió a aspirar -Tenés guita escondida, ¿no?- le dijo.
Ella odiaba las sospechas injustas. Antes no era así, iba a decírselo pero se detuvo. Miró hacia la puerta del 8. La ponía nerviosa estar en el palier. Le pareció que alguien espiaba por la mirilla.
-¿Qué mirás?-preguntó él. Y miró también hacia la puerta del ocho.
-Hablá más bajo- dijo ella- ¿Llevás la estampita?
-No me jodas.
-Entonces repetílo aunque sea, como un mantra: San Roque San Roque que este perro no me toque.
-Metéte de una vez, no le tengo miedo a los perros.
-Estoy hablando de la cana. Funciona, te juro.
-No empieces con tu paranoia. Voy al kiosko a comprarte fasos nada más- le contestó, como si ella no lo supiera.
Había subido el tono y seguro que cerraría el ascensor con un golpe y el ruido haría aparecer a un vecino, pero ella no podía dejar de insistirle:
-Llevá documentos entonces, por si te paran.
-La dictadura se acabó- dijo él y cerró el ascensor. Ella escuchó el zumbido de los cables y se metió rápido en el departamento. En el reloj del living las agujas marcaban las cuatro y veintidós. Pronto amanecería. La ponía nerviosa que él anduviera por la calle así. Para qué tuve que pedirle cigarrillos, se preguntó. Aunque había sido él quien le había dicho: ¿si no te fumás un par de cigarrillos más no te vas a dormir, no? Eso porque él tampoco podía ir a dormir, aunque no fumara. Duro como una estaca. Ni sentarse podía. Ni despegar las mandíbulas para hablar. Por qué no me aguanté las ganas. Aunque era media cuadra nada más. Pero en esos cincuenta metros ida y vuelta cualquier boludo se daría cuenta que él se había metido un buen pedazo por la nariz. Dos papeles bien pesados. ¿Dos? Dos entre dos. Un lunes. ¿Se le estaba yendo la mano con los rescates o cada vez la gente tomaba más? Y nunca es suficiente, se dijo mirando el espejo vacío sobre la mesa de la cocina. Las cuatro y veinticinco. Mañana habría que ir a la reunión de padres en el jardín. Buscó en el cajón algún resto de lexotanil. Recordaba haber dejado medio, y un cuarto de seis, escondidos en un papel glacé. Sentía el corazón latirle en la garganta. Y la boca seca de tanto fumar. Por qué siempre una raya más, por qué no me planto, pensó, y pidió para él protección en el camino. Señor, guía sus pasos por la oscuridad. Debería haberse acostado. Alargar la agonía de no tener más era de locos. Cerró el cajón. Sabía lo que iba a pasar cuando él volviera. Ella se quedaría fumando, uno tras otro, viéndolo caminar desde la heladera hasta el lavadero, hablando entre dientes sin poder parar, hasta que alguno de los dos dijera vamos a la cama o hasta que Loli apareciera con esa carita de dormida en la puerta de la cocina. Se acordó de la leche. En vez de un atado de veinte con esa moneda le tendría que haber pedido una leche para Loli. Si alguien lo paraba en la calle podía mostrar la leche. No era lo mismo que llevar sólo un atado de fasos. Me olvidé la leche para la nena podría decir y se apiadarían de él. La próxima vez le iba a meter a San Roque en el vaquero. Imaginó las preguntas en la seccional. Da los nombres, flaco, a quién le comprás. El consumo no es delito debería decir él. Le pegarían. San roque, san roque. Caminó hasta la cocina. La negra decía que la paranoia venía del hígado. Y podía ser nomás. El sábado ella había comido milanesas. Los fritos nunca le caían bien. El espejo en medio de la mesa reflejaba la lámpara. Levantó hacia la luz la birome vacía. Se la metió en la nariz tapando la punta y aspiró. La dejó. Pasó la mano por el espejo y con la punta de los dedos se recorrió los dientes. Ni el gusto quedaba. Hacía frío en la cocina. Se frotó los brazos. Cada vez que el salía a esa hora le daba frío. Cuatro y veintinueve. Si no volvía en cinco minutos iría a buscarlo. ¿Y Loli? El corazón le latió más fuerte, desordenado. Cómo iba a dejar a Loli durmiendo sola. Se sentó en la punta de una silla. Aunque Nailí dejaba siempre al nene solo. Ella lo había encontrado un día. La puerta del departamento sin llave y él en la bañadera, solito, con los power rangers flotando sin cabeza. Nailí decía que era más peligroso llevarlo a la villa. Tu marido se sabe mover ahí pero es un ambiente jodido, otro mundo. El sabría moverse en la villa pero cuando veía un cana en la calle temblaba, aunque no llevara ni un cuarto de gramo, aunque sólo fuera a comprar cigarrillos. Se levantó de la silla y caminó hasta la heladera. Por favor Dios protegélo en el camino. Era el hígado. El hígado trae sensación de muerte inminente. No era muerte, era que lo agarraran y lo miraran a los ojos. Dónde vivís, flaco. Cualquiera se daría cuenta con sólo verlo caminar así. Ese vértigo, no poder dejar de mirar si alguien te sigue. Estaba clarísimo que era el maldito hígado. Un homeópata en Francia se lo había dicho a la Negra cuando todavía estaba sana. Sintió una gota deslizándose hacia los labios. Aspiró fuerte. Encender un cigarrillo ahora alargaría la sensación. Revisó las colillas. El cenicero estaba repleto de colillas fumadas hasta el filtro. Le dio asco. Las tiró a la basura. Podría ponerse una gota de agua y volver a aspirar. Pero basta, cuánto más. Pronto cantaría algún maldito pájaro. Y empezarían los ruidos de los colectivos. La gente que va a trabajar. Cuando él volviera en todo caso fumaría un cigarrillo y aspirarían un poco de agua. Uno o dos cigarrillos hasta que los músculos aflojaran un poco. Con él o nada. Una especie de cábala, sí. Para que volviera. Por qué lo había dejado salir en ese estado. Por qué no había podido decirle vamos a dormir de una vez. Había prometido tantas veces no traer durante la semana. No es lo mismo un viernes o un sábado. Si me piden un martes que querés que haga decía él. El no podía negarse a un cliente pero ella podría dejar a las doce, la última raya, como cenicienta, y a acostarse y bancársela. Se paró en una silla y agarró el espejo para guardarlo arriba de la alacena. Mejor no ver el fin de fiesta, decía él y era verdad. Se vio la cara reflejada en el espejo. Trató de sonreír pero era difícil ver otra parte de su cara que no fuera esa mirada negra, de pupilas dilatadas. Una mirada asustada, como la de la rubia de Bergman, pensó, en El Séptimo Sello. Está mirando la Nada. El corazón volvió a latirle en la garganta. Últimamente le aparecía ese diálogo, o esa parte. No se acordaba si alguien le hablaba a otro cuando veían a la rubia quemarse en la hoguera. Está viendo sus pecados. No. Está viendo otra cosa. No decía otra cosa decía la nada. El que nada nada no se ahoga murmuró para distraerse, como le había dicho él: algo que te saque; algo que la apartara de esa espiral de pensamientos que empezaba en la cara de la rubia y seguía en la muerte y el después de la muerte y el dónde estamos y cuándo termina la eternidad. Respiró fuerte, con la boca abierta. Le faltaba el aire. El que nada nada no se ahoga el que no se ahoga flota. Tengo que limpiar acá arriba es una mugre. Agarró un trapo y lo escurrió. La flota es una escuadra, la escuadra es un triángulo. Y ahí paraba siempre, en triángulo. Nunca pudo recordar cómo seguía hasta llegar al final. Su abuelo se lo recitaba entero. Ella sólo recordaba el final. Pobre mi madre querida. Te espero en la lechería. El trapo se había puesto negro de grasa y polvo. Todo es una mugre, los pisos, la casa entera. Ella no era así antes. Tiró el trapo a la pileta y puso el espejo arriba de la alacena. El humo del cigarrillo parecía haberse condensado en lo alto. ¿Vos fumás?, le habían preguntado a Loli en el jardín. Cómo iba a fumar una nena de cinco años. Tu ropa tiene olor a cigarrillo. Qué malos podían ser los chicos. Y la maestra. Con esa voz de psicopedagoga básica. Abrió la banderola. El olor fresco de la madrugada le dio en la cara. La calle silenciosa. Y él con las mandíbulas apretadas y la nariz chorreando. Resfrío boliviano decían por ahí y ella no se había dado cuenta de que era por la coca. El le daba besos en la frente y le decía por qué creías que era. Qué pichis cuando se conocieron. Traémelo sano y salvo, por favor. El ruido del ascensor. Tal vez era él. Gracias Dios mío. Le pediría que no vuelva a salir nunca más. Aguantar hasta que venga el sueño sin el consuelo de un cigarrillo era mejor que perderlo. Se apuró hasta la puerta. Abrió. El palier estaba a oscuras. El ascensor se detuvo en algún piso. Volvió a cerrar. Cinco menos cuarto. Pero cómo tarda tanto este boludo. El kiosko estaba en la esquina. Cuando era chica y volvía de la playa tardaba un minuto por cuadra. Lo contaba. 9 minutos de la playa a casa. Mamá diciendo, aspiren el aire puro, chicos, el yodo del mar, ésto es aire de vida. A pasitos de nena nueve minutos. Mamá. Si estás mirando ayudáme. Ponéle un ángel de la guarda para el camino. Cuánto puede tardar en recorrer cincuenta metros. Medio minuto y medio más. Y lo que tarde en pedir. Un marlboro por favor. Llevaba justo. Y estaba bien. Vaqueros, pullover, las zapatillas limpias. Pero seguro que había hecho ese gesto. Aspirar y pasarse la mano. Si había un cana cerca y lo miraba él se iba a poner nervioso. La nariz le chorrea siempre cuando toma mucho. Documentos por favor. Y Loli durmiendo. Loli. Loli. Mañana la reunión. Estrictamente necesaria la presencia de ?ambos? padres. Mi marido trabaja hasta la madrugada. En la planilla figura corretaje de mercancías, está correcto? Arpía de mierda. Los chicos deben desayunar leche y cereales y un jugo de frutas para poder rendir en clase. Ella le enseña a nuestra Loli. ¿Corredor? ¿Papá corre? Y cuándo le van a pagar. Quiero nescuic, mami, estoy podrida del mate cocido. Mi Loli. Perdonáme. Es la última vez, Jesús. La última vez, te lo prometo. Por esta. Los dedos en cruz, mirá. Por favor. Una promesa. No vuelvo a tomar. Dios. Qué hago para que deje de latirme acá. Sopló con fuerza. Dame aire, por favor. Si me muero ahora Loli queda solita en la casa. Que los pueda ver chicos, no corran. Nueve minutos de la playa a casa. Llénense los pulmones de este aire. Padrenuestro que estás en los cielos. Caminó a la cocina. Las manos entrelazadas contra la boca. Te lo estoy pidiendo. Ahora. Traémelo ahora. La cabeza gacha. Nada de orgullo si no no sirve. Por tu misericordia, por tu infinito amor. Nunca más, te lo prometo. Que no haga ese gesto, que me lo traigas. Y por mi Loli. Si vuelvo a tomar la próxima te lo llevás. Pero ésta no. Traémelo. Traémelo. Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Una última vez, por favor, devolvémelo. Las rodillas tocaron las baldosas frías. Se quedó así, mirando el suelo sucio de migas y pelusa. Y entre las migas descubrió una piedra, una ínfima piedra blanca. La recogió con un dedo, se la llevó a la nariz y, cerrando los ojos, aspiró fuerte.

(del libro Coronadas de Gloria, Ed. Galerna)

posted by Mori Ponsowy at 5:20 p.m.

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Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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