Por Alejandra Laurencich Aquella noche jugábamos todos los de la banda, porque la presencia de los Kunstler en el barrio, había congregado un grupo heterogéneo de chicos y chicas que hasta entonces yo no conocía, hijos de gente que alquilaba chalets por una quincena o un mes, y otros, marplatenses que jamás había visto. Pero los Kunstler tenían esa cualidad, se relacionaban naturalmente con todo tipo de gente. Andrés por ejemplo, se había hecho amigo del viejo que vendía revistas usadas en la estación de servicio. Un viejo huraño y sucio al que ninguno de los chicos del barrio podía dirigirle la palabra sin obtener un gruñido como respuesta. Andrés, apenas le contamos del viejo, fue a verlo, y a la semana nos traía revistas gratis que le eran dadas con la condición de que no las prestara. Andrés cobraba treinta centavos o algo así al que se la pedía por un par de horas. Veinte centavos menos de lo que cobraba el viejo. Muchas veces me pregunté qué le daba a cambio Andrés al viejo. Tal vez sólo compañía. Un poco de charla educada y una sonrisa. Después, con los años, alguien dijo que el viejo era de los servicios, que desde su casilla observaba el movimiento del barrio y que lo transmitía a un cabo que aparecía a la noche para recolectar informes. También dijeron que al viejo se lo llevaron ese invierno, porque debajo de las revistas tenía panfletos del ERP, que trabajaba para ellos. Se decían tantas cosas. Como una tormenta de ideas, cada vecino en los años siguientes aportaba la versión más macabra. Pero aquél verano del 76, nadie podía negar aquella realidad: Andrés se había metido de una manera inexplicable al ogro en el bolsillo. Pero no era el único de los Kunstler hijos que tenía esa habilidad, ese don de gentes como decía mi mamá. Los Kunstler atraían. Con su llegada, cantidad de chicas y chicos habían aparecido en la cuadra como caracoles después de la lluvia. Así que esa noche de las escondidas éramos como quince. Las edades iban desde los diez años a los diecinueve: Andrés era el mayor y, por privilegio de mayorazgo, esa noche había extendido los límites del territorio permitido para esconderse hasta las cuadras laterales. Eso incluía la cuadra de mi casa. Empezó a contar la Lora, una chica que estaba de vacaciones en el chalet de la esquina, Mariana la había bautizado así por la nariz enorme que tenía. Uno dos tres, empezó la Lora y todos corrieron a esconderse. Yo iba a hacer lo mismo pero... (sigue aquí, en SACAPUNTAS.) |