Goma de borrar
 
martes, marzo 14, 2006
FRAGMENTO DE NOVELA (work in progress)

Por Alejandra Laurencich

Si tuviera que precisar el momento en el que tomé conciencia de ese poder, diría que fue un atardecer de invierno, a mis once años. Me había pasado la tarde sentada en el comedor. Aunque para hacer los deberes yo prefería siempre los lugares apartados y silenciosos de la casa, aquel día -quizá por esa frase que recordaba: Si tienes que hacer algo prohibido busca el sitio más público y ventilado, el mundo entonces abandonará la sospecha- elegí el comedor, de espaldas al ventanal, sentada a la cabecera de la mesa enorme. La dimensión de la mesa le confería a mis obligaciones un ámbito de soledad inabordable, similar a la que, imaginaba, debía rodear al dueño de una empresa -el duque de Standford, por ejemplo- en los preliminares de una reunión de directorio. Tenía mi cuaderno de tareas desplegado frente a mí. Detrás el manual Kapelusz abierto y de pie, a modo de pequeño biombo que me separaba del florero de porcelana y de todo lo que acontecía en el living y más allá de él: la vida doméstica. Lapicera Parker en mano, copiaba prolijamente algunos ejercicios de aritmética en mi cuaderno. Aunque a decir verdad no era eso lo que hacía sino lo que intentaba hacer creer a mis padres. Ellos pasaban cada tanto por el living en sus idas y venidas por la casa. Sin molestar a quien cumplía con sus obligaciones escolares, sin la impertinencia que podrían haber mostrado al descubrir el libro que yo llevaba leyendo toda la tarde. Porque escondido dentro del manual Kapelusz había otro libro abierto: Juana, la Loca, una novela que contaba la vida de una pobre reina, castísima hija de reyes, perdida por un apetito atroz hacia Felipe el Hermoso. Yo lo había retirado de la biblioteca del colegio ? la biblioteca que había sido fundada medio siglo atrás y de la cual yo era la socia N° 7- esa mañana. La bibliotecaria era una mujer canosa con cara de dogo argentino, pero a mí me trataba con dulzura y respeto. Revisá tranquila, me decía y elogiaba los trazos de mi firma rococó cuando me tocaba firmar en la planilla de retiros. El libro llegaba a casa escondido en mi portafolio y luego, ya en la mesa, dentro del manual. Sostenido por el borde del cuaderno y a veces, por la cartuchera. Todo este sistema de sincronía geométrica era para poder leer en paz, pues desde la perspectiva de mi madre era sin duda más sano para una nena estar jugando en la terraza que leyendo las peripecias de una reina trastornada. Aquella tarde entonces, fingía cumplir con mi deber y en esa posición, leía a mis anchas. Pero de pronto alguien, no recuerdo quién, se detuvo en una de las ventanas del living y dijo: ¡Mirá lo que es eso! Dejé el palacio de Gante y las ansias de amor de Juana y miré hacia el cielo. Rojizo. Perturbador.
Se me ocurrió que el sol debía ser una bola de fuego. Guardé el libro y salí corriendo por las escaleras que llevaban a la terraza. Pero mientras iba subiendo tropecé con los cordones y caí de boca en el palier al que daba la casa de mi tía. Mientras yo me levantaba se abrió la puerta. Qué fue ese ruido, dijo la voz alarmada. Nada, nada. Adónde vas. A ver el sol. Ni que te estuvieran persiguiendo con perros?Nena!.. Te vas a romper una pierna! Fue lo último que escuché resonando en la escalera antes de abrir la puerta de la terraza y encontrarme frente a ese crepúsculo magnífico. El sol atravesado por nubes rojas, hilachas de sangre que se abrían en abanico, cortejando al círculo incandescente que se hundía en el horizonte. Me quedé allí hasta que oscureció, dejando que el brillo lastimara mis ojos, sintiendo el frío de junio llegándome a la piel, el olor a aire invernal asiéndose a mi pullover. Y pensé que si hubiese caído por la escalera y me hubiera roto una pierna, no habría llegado a ver esa maravillosa puesta del sol. Pero aún con un hueso roto me las hubiera apañado para verla, pensé también. Por un cielo así, por una bola anaranjada como esa, valía la pena perder la vida. Aunque era un poco exagerado perder la vida por ver el sol. Bueno, alguien loco como Juana podría ser capaz, claro, pero no a causa del accidente ridículo de resbalar en la escalera por pisarse los cordones. La vida se puede perder sólo siendo asesinado, o acribillado a balazos, como les sucedía a los montoneros o al che guevara. O a Rucci, en plena calle, con su camisa común y corriente, a gente así, que aparecía en las fotos borrosas de los diarios. Y pensándolo bien tampoco el paisaje de terrazas y tanques de agua y ropa colgada quedaba lindo como fondo para esa historia triste. Un mar, o un bosque estarían mejor. Empezaba a gustarme la idea. Alguien que huyera de los malos, alguien que se escondiera en una cueva, alguien que adorara al sol hasta el punto de dejarse matar por llegar a verlo. Podría escribir eso entonces, necesitaba escribirlo: el relato de un loco perseguido por las fuerzas del mal, escopeta en mano lo buscan durante toda la noche por el bosque. ¿El loco ha matado a alguien? ¿El loco es un asesino? ¿Un ladrón de bancos? ¿Un criminal? No, nada de eso. Es un poeta maldito, un poeta en fin, que pone nerviosa a la gente y a la policía en general. El loco está escondido y nadie lo encuentra. Pero entonces, en el terrible amanecer, un rayo de sol rojizo penetra en la cueva, y el loco no puede resistir la tentación, Padre haz pasar de mí este cáliz, dice, pero el padre del loco parece estar muy ocupado en otras partes del mundo y el loco tiembla de miedo y de deseo como Juana frente al gallardo Felipe, y el loco se asoma a la cueva y ve las siluetas uniformadas de los militares que lo esperan, y sabe que el sol ha aparecido en la línea del horizonte, y que la luz llega con él, y no resiste, entonces sale y corre, corre, corre, corre bajo las ráfagas de metralla y muere con los brazos abiertos bañado en la luz sanguinolenta del día que comienza. Muy buen final.
Bajé a casa, otra vez corriendo, y escribí la historia en una hoja arrancada del cuaderno de deberes. Tenía los dedos entumecidos por el frío y la letra rococó me salía espantosa. Fue un poema, casi panfletario, pues a medida que escribía, la indignación entrevista en las publicaciones y periódicos que traía mi hermano, me iba inflamando contra los gobernantes de turno, así que "El loco" terminó cargado de frases tales como: Los guachos milicos lo dejaron sin luz. Pero más allá del dudoso resultado que debe andar dando vueltas aún por los cajones de mi casa, recuerdo esa historia, porque fue la primera que me permitió vislumbrar el proceso de fundar un destino. Una de las primeras historias que no hablaban de mí y que me harían saborear el gusto de sentirme Dios. Haciendo uso de ese poder divino decidíría un año más tarde, echar a rodar aquel secreto que me había confiado Mariana Kunstler, ponerlo al servicio de una historia que, imaginé, cambiaría el rumbo de las cosas.


posted by Mori Ponsowy at 12:41 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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