Goma de borrar
 
martes, marzo 21, 2006
SALVAVIDAS

Por Inés Garland

Muy poca gente se resignó al día gris y ventoso. Hay mar de tormenta, olas enormes que rompen de golpe, con un ruido fuerte y continuo. Una pareja juega a la paleta, dos mujeres leen bajo la sombrilla; tres chiquitos están en cuclillas frente al cuerpo de un lobo marino muerto, se acercan al ojo vidrioso, lo tocan con la punta de un palo, extasiados. Recuerdo una escena de la película que vi ayer. Una mujer tensa y estructurada está comprometida para casarse con un hombre. El hermano del hombre, más joven y muy volado, le dice que soñó con ella. "

En el sueño eras chiquita y estabas con un vestido de franela gris limpiando la nieve frente a casa", le dice él. "Nevaba mucho y levantabas la nieve con una pala roja. Y yo era la nieve, sobre los pinos y sobre la vereda, y me levantabas con la pala". Tuve ganas de llorar. Hay un puntito oscuro detrás de la rompiente. Lo veo de pronto y me paro para ver qué es. Es un hombre. Su cabeza aparece y desaparece entre las olas. Se mete debajo de la espuma, lo pierdo de vista, vuelve a aparecer. Supongo que tiene una tabla, pero me doy cuenta de que no. Está solo. Nada, se hunde, vuelve a salir. Las olas rompen una después de otra, sin descanso. Se levantan tres o cuatro metros y se desploman de golpe, con un rugido que tapa todos los otros sonidos. El hombre no está pidiendo ayuda y cada tanto sus brazos salen del agua, da un par de brazadas y otra vez se queda quieto. Cada ola que le revienta encima me deja en suspenso hasta que lo veo reaparecer. Por momentos lo pierdo totalmente de vista y se me encoge el corazón. Tal vez sea un hombre arrogante que no quiere pedir auxilio. Tal vez tomó la decisión de morir mucho antes de que yo lo viera. Nadie más en la playa parece haberlo notado. No puedo perderlo de vista. Me pregunto si estará asustado. Hace ya mucho que está ahí, más o menos a ciento cincuenta metros de la costa, luchando contra cada una de las olas que cae a pique. Barrena una ola con el brazo extendido pero cuando la ola lo traga desaparece. Ya no lo veo. Me paro para correr hacia la orilla. Doy unos pasos y recorro la superficie del mar con la vista. Lo veo unos metros más atrás, muy quieto. Tal vez él se acaba de dar cuenta de que está realmente cansado y quiere volver pero las olas no lo dejan. Tal vez, ahora sí, tenga miedo. ¿Qué voy a hacer cuando pida auxilio? El se aleja hacia el horizonte como si quisiera perderse en altamar. Entre él y la playa, el mar hace un remolino de espuma la contraola parece arrastrarlo con una corriente inevitable que lo va a dejar en el fondo del mar. Pienso que nada va a volver a ser igual si no lo veo salir del mar con vida.

El sol se está poniendo tras las nubes y la gente recoge sus cosas y se va. Empieza a hacer frío. Me envuelvo en la toalla. Perdí la noción del tiempo y siento que no puedo seguir con mi vida si no lo veo salir del mar, si no le veo la cara, si no lo miro a los ojos. El sol se pone a mi espalda y el mar se oscurece de golpe. Apenas lo veo, cada tanto, tomar una ola como si estuviera en una mañana cualquiera de sol, en un día de mar manso. ¿Por qué me puse a pensar que está en peligro, que me necesita? Una ola enorme, la más grande que haya visto en toda la tarde, rompe sobre él. Se me cierra la garganta. No puedo verlo ahora y la luz que queda es tan pobre que el mar se confunde con las rocas y la isla al fondo, en el horizonte, empieza a desaparecer en la oscuridad. Lo busco por la superficie, entre las olas y no lo encuentro. Ya no queda nadie a quien pedirle ayuda. Lo veo de pronto remontar una ola gigante, oscura, que se desploma en un torbellino de espuma blanca. La cabeza se pierde entre la espuma, pero el brazo, extendido hacia la orilla, es un gesto de esperanza. Corro hacia el mar. El está más cerca ahora. Hace pie y se queda un rato ahí, con el agua por los hombros. Me siento estúpida parada ahí en la orilla como una novia y entonces me pongo en cuclillas y después me siento en la arena todavía tibia. Con un último impulso, él se deja llevar por la espuma de una ola hasta la orilla.

Sale del agua con las patas de rana en la mano, se queda un instante con la cabeza ladeada hacia un lado, después hacia el otro.

-Tenías miedo -quiero preguntarle.

Quiero que me mire, que me reconozca, que me diga que soñó conmigo, que soñó que yo lo buscaba en el mar y lo ponía a salvo.

Pero él pasa con la vista al frente y se pierde en la oscuridad.


posted by Mori Ponsowy at 11:21 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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