Goma de borrar
 
viernes, abril 28, 2006
VIAJAR

Lo mejor de viajar es irse.
El asombro nuevo. La plaza de Siena.
Italia por las ventanas del tren.

Lo mejor de viajar es volver.
Abrazar a Matí­as de nuevo.
El silencio, las paredes blancas de Garí­n.

posted by Mori Ponsowy at 10:13 a.m. 0 comments

jueves, abril 27, 2006
SU QUIETUD

por Sharon Olds


El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar."
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

(del libro El Padre)



posted by Mori Ponsowy at 12:26 p.m. 0 comments

domingo, abril 23, 2006
ÚLTIMAS PALABRAS

Por Sharon Olds


Hace tres días, mis maletas estaban amontonadas
en un rincón de su habitación en el hospital.
Debía cogerlas por el cogote y dejarlo,
pero una vez tras otra volvía a apoyarlas,
desandaba mis pasos para besarlo
aunque su cansancio tuviera el brillo
de la plata oxidada.
No lograba cogerlas y marcharme,
cruzar ese umbral por última vez.
Volvía a sus labios, a la frente que alzaba
con esfuerzo, a sus ojos heridos, avergonzados,
hasta que por fin dijo ¡Último beso!
y lo besé y me fui. Esta mañana,
llamó su mujer para decir que ha dejado de hablar,
de modo que esas fueron sus últimas palabras para mí,
las que me deja-un beso-
una orden de clemencia,
sus agrietados labios de creador.
Para rogarme que me fuera
mi padre me pidió un beso.
No me hubiera ido de otro modo,
no te dejaré ir
hasta que clames por ello.

posted by Mori Ponsowy at 11:22 a.m. 0 comments

jueves, abril 20, 2006
Una buena librería




literatura * filosofí­a * sociales* estética * psicologí­a

BAR Y COCINA

GORRITI 3538 , entre Mario Bravo y Billinghurst

Tel: 4962-0189

posted by Mori Ponsowy at 11:42 a.m. 0 comments

labrys


de Diana Laurencich

Un cuadrazo sin tí­tulo de Diana Laurencich. Es de 1997, de los primeros labrys que hizo. Los labrys son las hachas de dos cabezas que usaban las amazonas, con una cortaban lo bueno y con la otra lo malo. Llegaron a convertirse en uno de los sí­mbolos del poder de la mujer y de la Diosa. Son también el sí­mbolo de lo infinito.

posted by Mori Ponsowy at 10:30 a.m. 1 comments

viernes, abril 14, 2006
ROMPECABEZAS

Por Mori Ponsowy

Veo las piezas en esta mesa de madera
desparramadas como caracoles marinos olvidados un día de lluvia,
sin sentido en su disposición arbitraria,
riéndose de mí irreverentes.

Tantas que ninguna caja alcanzaría-
pequeñas como óvulos algunas; otras, pesadas como el mar.
Imágenes de agua, bosques, oscuridades-Ninguna puede ser devuelta.
Se multiplican cada segundo,
abandonan los lugares donde necesito verlas,
claman por atención si me distraigo.

El rompecabezas está en mis sueños, mis sueños en él:
no hay despertar al alivio, descanso reparador, diferencia entre noche y día.
Imágenes adheridas a mis párpados con fuego, con agonía, con amor-
mi madre alzándome en un banco de plaza,
el primer día de escuela,
un picnic junto a un río de piedras cubiertas de lana.

¿Cómo puedes ser la misma ahora, Madre,
la misma hacia quien corrí con brazos abiertos en una playa del Perú?
¿Eres sólo lo que veo, o hay algo más en ti
que las palabras que desespero por encontrar?
¿Por qué esta inagotable mesa plena de culpa entre nosotras?
Y, dime: ¿acaso tus ojos siempre han sido tristes,
o es sólo mi mirada reclamando tu regazo?

Encajo dos piezas y luego una tercera,
pero las otras se reproducen cual células malignas,
desbordan la mesa, copulan en el aire sin vergüenza.
Como ha sido, será-
Estoy atada con recuerdos a esta silla,
sólo cuando todo encuentre su lugar estaré en libertad,
podré salir de esta casa oscura,
volver a ese domingo cuando reíamos juntas
y el miedo aún no alimentaba mi alma.

¡Si pudiéramos volver a escribir la historia, Madre!
¡Si pudieras ayudarme a descifrar el barro del que nací!
Pero estás más allá de las manos que tengo para alcanzarte-
Centímetro a centímetro te acercas a tu muerte
y yo no hallo un lenguaje que baste para las dos.


Del libro "Enemigos Afuera" (Editorial del Copista) que puede adquirirse en la Librería Del Mármol.

posted by Mori Ponsowy at 8:19 a.m. 0 comments

miércoles, abril 12, 2006
CELESTE Y BLANCA (capí­tulo 2)

Por Guillermo Piro

Blanca era blanca. De niña, en la école, se ganó merecidamente el mote de polaca y su uso está en vigencia. (Pero yo nunca la llamaré así porque soy una persona modesta y bien educada. Los únicos sobrenombres que tolero son los que resultan de la defectuosa pronunciación infantil de los nombres propios -Caco por Carlos, Memo por Guillermo, y así-: el resto, entendiendo por esto el conjunto de motes y sobrenombres que no se originan en la mente de un niño, que por regla general ponen de manifiesto las distintas variantes de la intolerancia de cualquier especie, no me parecen otra cosa que la exteriorización de los complejos -convengamos, sin ánimos de adentrarnos demasiado en un asunto de ese calibre, que en última instancia la intolerancia es, palabras más, palabras menos, eso.) La princesa Blanca tenía los cabellos dorados, con mil reflejos de efectos lumínicos diversos que probablemente provenían de la refracción de la luz que como podía penetraba sus breves bucles melosos. No era tan bella como Celeste, pero su encanto era tal que no necesitaba más que diez minutos de ventaja para obnubilar al macho más guapo. Un año mayor que Celeste, el comienzo de esta historia la encuentra con 18 años recién cumplidos, aunque aparentara 16.
Por esas raras cosas que ocurren en las jóvenes cuando alcanzan una edad en que se vuelve difícil hacer que cumplan la voluntad de sus padres (es decir, cuando comienza a verse el resultado del modelado operado en ellas durante la infancia), Blanca se había obsesionado con la historia de la Comuna de París. Tanto había leído que con sólo 16 años, en dos ocasiones, había sido invitada a dar sendas conferencias en la Universidad del reino. No es que la historia de la Comuna de París les interesara mucho (de hecho la Comuna no figuraba en los programas de estudios, se pasaba por alto; o tal vez se pasaba por alto para eternizar las conferencias de Blanca; verdaderamente no lo sé, averiguaré al respecto), pero el mero hecho de ver a una niña dictando una conferencia, con el consabido manejo del suspenso, la dicción y los tiempos, con el consabido fingido interés con que escuchaba al final las preguntas de los asistentes y el fingido interés con que las respondía, eso ya era razón suficiente para atestar la sala de conferencias (había ocurrido en dos ocasiones, no sé si ya lo he dicho). Además del hecho, claro está, de que el rector de la Universidad pensara que así se ganaba la simpatía del rey, cosa que ya había conseguido. El rector sería hoy la típica figura carne de proceso por tráfico de influencias. Pero no es el momento de hablar de este siniestro personaje, así que sigamos adelante.
Blanca, rubia, pecosa y blanca (adjetivo por tríada, porque admiro y soy un fiel heredero de la tradición latina), compartía con su hermana el gusto por el ajedrez, pero rara vez se confrontaba con ella, sencillamente y en concomitancia con lo anteriormente dicho, porque a diferencia de sus contrincantes habituales Blanca no le concedía a Celeste ningún tipo de conmiseración. Siempre ganaba.
Secretamente, pero con un carácter tan pero tan secreto que ni siquiera llegó a confesar esta debilidad a su confesor, deseaba por sobre todas las cosas, más que un marido, que parece ser el deseo estable de toda buena princesa que se precie, un Lamborghini Diablo amarillo igualito al de Mike Tyson (a quien empezó a ver con controlada simpatía a partir del mordiscón en la oreja que había asestado al cobarde de Evander Holyfield en aquel célebre encuentro). Nada le hubiera impedido poseer uno, pero la fabricación artesanal de esos autos italianos obliga a los fabricantes a (que naturalmente se vanaglorian del carácter artesanal de la fabricación de esos autos) a responder a las demandas que provienen de todos los rincones del mundo tres años después de haber ordenado uno, es decir, tres años después de haberlo pagado taca taca. Alegrémonos: Blanca será una feliz poseedora de su Lamborghini Diablo amarilla cuando este libro haya concluido hace rato. A este paso será una feliz poseedora cuando ya no quede dónde registrar que finalmente lo es. Esperemos que las revistas se ocupen oportunamente de eso, ya que yo no puedo. Si no es noticia una adolescente piloteando un automóvil de 5700 cc. a 300 km por la autopista, no se qué es noticia. Mientras tanto Blanca vive su vida; el sol acaricia su faz.
Muchacha práctica, Blanca no daba mucha importancia a su atractiva cabellera rubia. Las atenciones que su hermana requería para mantener impecable la suya a ella la tenían sin cuidado. Ni qué hablar de la manía de hacerse retratar. Como poco más que dos perfectas desconocidas que solamente comparten los silenciosos momentos en torno a la mesa donde se sirve el almuerzo y la cena y a la que, por cuestiones de protocolo y ceremonial, no se puede molestar arrojándole un pedazo de pan por la cabeza, para Blanca esos momentos, que en voz baja, hablando sola, para sí, calificaba con el mote de ?turbios?, vaya uno a saber lo qué quería decir, eran de una turbiedad pasmosa, intolerable, irritable. Comía con prisa, entonces, manifestando tanto desinterés por lo que estaba deglutiendo que ni siquiera prestaba atención a qué era lo que se llevaba a la boca. No me refiero a la distracción, tan común entre los humanos, que puede llevar a alguien a confundirse y llevarse a la boca una endibia cuando lo que pretendía era asestarle un tenedorazo a una anchoa, no. No me refiero al posible error, tan común entre los humanos distraídos, de meterse sin querer la cuchara en la oreja o en el ojo, no. Me refiero a que Blanca podía comer con sumo interés y agrado simulados un plato entero de pollo de campo a la entrerriana o de conejo almendrado, alabar su suavidad (a veces en voz alta, para ser oída, a veces en voz alta pero para sí, distraída) y al acabar, cuando el sirviente retiraba el plato, no poder discernir qué acababa de comer. Voy de nuevo. Ella comía, dando muestras de estar atenta a lo que hacía y al mensaje que sus papilas gustativas le enviaban al cerebro, haciendo gestos con la cabeza acompañados de cierto fruncimiento de labios que sólo ella sabía hacer (Celeste era, en cambio, la que era capaz de torcer la lengua, cosa que Blanca no podía, así como de doblar el dedo pulgar hacia atrás hasta un punto antinatural, por decirlo así: monstruoso; cosa que Blanca no podía). Blanca comía, pero en realidad no prestaba atención a lo que hacía. De modo que al terminar, si alguien le preguntaba acerca de lo que acababa de comer, no respondía. Me refiero a una pregunta acerca de lo comido, de lo sustantivo, no de lo adjetivo, que a diferencia del recuerdo de las cosas vistas y oídas no se puede revivir (tal vez lo que se hace, con cierta práctica y esfuerzo, es recordar el efecto que tuvo en nosotros determinado sabor, pero eso no quiere decir que seamos capaces de volver a degustar lo que hemos comido). Blanca no recordaba, un minuto después, qué mierda había comido. Si pollo de campo o conejo, si pastel de papas o jamón del medio, si paella valenciana o pato a la naranja. Para ella el acto de nutrición carecía de atractivo alguno. Lejos de ser una anoréxica, comía como una condenada todo lo que se le ponía en el plato. Pero con sencillez, es decir, con naturalidad, sin prestarle la importancia social que el acto de comer tiene y ha tenido para el desarrollo de las civilizaciones, comer, para ella, carecía de atractivo. Era tiempo perdido, un lapso, un encuentro que era necesario atravesar prestamente.
Vaya otro ejemplo que nos servirá para apreciar el carácter de esta muchacha, Blanca, que a decir verdad me cae más simpática que su hermana. La pobre parecía haber nacido en una familia que no le convenía. Era una desgraciada (tal vez por eso me cae simpática). Nadie la entendía. Cuando todas las niñas se van a la cama acompañadas de su muñeca predilecta, ella lo hacía con una pelota. Una pelota de goma, igual a las miles que se fabrican en serie en alguna fábrica ignota en Taiwán y que se consiguen en cualquier rincón del mundo a bajo precio. Una pelota de goma marrón con rayas amarillas. Nadie la entendía, pero yo sí. Aún antes de que a Blanca la vida le demostrara lo amenazadora que puede llegar a ser, ella sabía lo que era el miedo. Soñaba con animalitos pequeños y rápidos, asquerosos e inasibles, roedores e insectos de muchas patas, mucho antes de que sospechara que antes o después hubiera tenido que enfrentarlos. Soñaba con las grandes oscuridades antes de saber que la oscuridad es nuestra meta. La muñeca se lleva a la cama por bondad, atribuyéndole una vida necesitada de calor humano, a la que sólo la ata a la vida su forma esbozada toscamente, con arte, es cierto, pero toscamente. ¿Pero y la pelota? Sus padres opinaban (no así, no con estas palabras) que la pelota, con su forma rígida y redonda, no pertenecía a la vida, no necesitaba calor. Pero lo cierto es que cuando Blanca la tenía cerca se tranquilizaba, sentía menos miedo. Yo creo que era un símbolo: se aferraba a la diversión para olvidarse de la vida. Yo también, cuando pude, pasé mi vida entre sonrisas burlonas, correcciones autoritarias y desprecios de toda índole. Para su suerte, espero que mi hijo no se parezca a mí. Quiera Dios que carezca de miedos. Que la diversión sea su destino. Que no sospeche nunca qué es la vida y que no tenga que cuidarse de ella. Quiera Dios que no pertenezca a la vida. Que la olvide, así podrá gozar de ella. Mi hijo no es muy estudioso, pero se sabe manejar. No estudia mucho, pero siempre tiene listos un par de datos precisos que le otorgan fácilmente la victoria. Dispone libremente de mis libros, siempre y cuando se lave las manos antes de tocarlos. En ellos puede encontrar todo lo que necesita saber. Hasta aquí llego, porque acabo de perder el hilo de lo que estaba diciendo. No será la última vez que algo así me pase.

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sábado, abril 08, 2006
Guillermo Piro

Guillermo Piro nació en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, el 16 de agosto de 1960. Publicó los siguientes libros, La Golosina Caníbal, Las Nubes, Estudio de Manos, Correspondencia, Sain-Jean David (poesía) y Versiones del Niágara (novela, 2do. premio nacional de literatura). Integra la antología Monstruos realizada por el poeta Arturo Carrera. Desde hace años está abocado a la reedición de las obras del escritor argentino Héctor A. Murena, de quien el Fondo de Cultura Económica ha publicado una antología a su cuidado, Visiones de Babel. Se ha desempeñado como periodista free-lance para distintos medios nacionales y extranjeros. Sus artículos, críticas, entrevistas y crónicas de viaje han aparecido en Clarín, La Nación, Perfil, Página/12, First, 3 Puntos, La Stampa, Los Inrockuptibles. Fue director de la revista de libros Gargantúa. También es traductor y periodista. Integra el consejo de redacción del Diario de Poesía y el consejo de dirección de la revista Confines. Ha traducido, entre otros, a J.R. Wilcock, Roberto Benigni, Emilio Salgari, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Andrea Zanzotto, C.M. Cipolla, Enrico Brizzi, Federico Fellini, Paolo Rossi, Melissa P. y Ermanno Cavazzoni. Posee un blog, Wimbledon (www.ultimasdebabel.blogspot.com). Actualmente se encuentra preparando la edición de Herrschaft, una reunión de textos inéditos de H.A. Murena.


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CELESTE Y BLANCA

(primer capítulo de novela en trabajo)

Por Guillermo Piro

Mi corazón temblaba y no era un sueño
fueron muriendo todos los soldados de la
guardia del rey y mi corazón seguía temblando.


Leopoldo María Panero, a la edad de 5 años


1. Había una vez dos princesas a las que un príncipe sedujo y abandonó sin miramientos, que desobedecieron el mandato paterno, complotaron primero entre sí y luego unieron sus fuerzas para poner fin a su reinado y lo consiguieron, pero todo terminó en un desastre del que pocas veces se tuvo noticia en la historia política de Occidente. Si las princesas se hubieran dejado deslizar amablemente por el mundo, no tendría ninguna historia que contar. La desobediencia es, de hecho, la condición previa para que una historia tenga interés. Nadie quiere leer la historia de dos hermanas dóciles.
Una se llamaba Celeste, la otra Blanca. Celeste era de una belleza incondicional, que no transigía jamás con ninguna apreciación estética que no fuera fulminante y superlativa: gustaba a todos por igual y por todos era deseada. Como casi todas las princesas poseía una cabellera leonina y roja que cuidaba y cepillaba con esmero -como casi todas las princesas. Ésta (la melena) jamás había sufrido el trato castrador de ningún estilista del reino; por lo tanto, libre de cualquier contención o atadura, llegaba al suelo y resbalaba con gracia sobre él. Pero como era una princesa con hábitos higiénicos bien aprendidos y solidificados de princesa, rara vez se paseaba por el palacio con la melena suelta. A lo sumo, de noche, antes de acostarse a dormir, la acariciaba con cien cepilladas, como dice la tradición de la buena fémina. De día, al despertarse, el estilista del palacio -más bien deberíamos habla de ?su? estilista- elaboraba con ella -con la melena- los más suntuosos y variados peinados, de modo que nunca, en sus diecisiete años de vida, se la había visto con el mismo aspecto dos días seguidos -son gustos que sólo puede darse una princesa. Como gozaba de alta autoestima y se sabía bella, el pintor del palacio tenía el encargo de retratarla día a día con su peinado nuevo, tarea en las que se abocaba entre las 11 y las 5 de la tarde. La princesa, siempre puntual, posaba a la hora estipulada, el pintor bosquejaba hasta el mediodía, hora en que la princesa era liberada, y seguía trabajando hasta aproximadamente aquella hora. El pintor nunca almorzaba, entonces, en el comedor principal del palacio, sino que se nutría con las sobras en una pequeña mesa situada la cocina. Pero no se quejaba: era su trabajo. Considero que quejarse es una de las pocas características humanas, tan común por cierto, que resulta intolerable. Quien se queja da por sentado que se hace merecedor de algo mejor, pero todos sabemos que rara vez eso es cierto. Más bien todo lo contrario. Por esa razón celebro cuando un trabajador, no importa su oficio, sufre cada vez más y más martirios. El pintor era de mi misma opinión (no he dicho su nombre, perdón: Massimo Varese). En su caso podría decirse que exageraba, ya que toda su admiración recaía en los menonitas de la colonia pampeana de Guatraché, cuya forma de vida, creencias y costumbres, el que escribe, así y todo, en ningún caso hubiera compartido. Los granjeros menonitas sólo descansan los domingos, sus casas carecen de adornos ni electricidad, así como tampoco de retratos (ni retretes: los baños estaban afuera), en la iglesia se sientan separados los hombres de las mujeres, se confiesan públicamente, acuden los domingos a una misa que dura entre tres y cuatro horas aproximadamente y a los tractores les sacan las gomas, la cabina, la radio y las luces porque creen que Dios les dio la tierra para que la trabajen con sacrificio. Los menonitas de Guatraché habían llegado a La Pampa hacía relativamente poco, en 1986; su idioma era el alemán y sólo unos pocos utilizaban el español para los negocios. El pintor del palacio soñaba con integrarse a la colonia, pero los menonitas, por sobre todas las cosas, eran unos xenófobos recalcitrantes, y apenas en una ocasión dejaron que el pintor retratara a grandes rasgos y con carbonilla a una niña de seis años que para el pintor carecía de cualquier tipo de interés y ni siquiera era bella.
Pero en cierto modo la tarea para el pintor era bastante fácil. Sólo debía retratar el peinado de la princesa Celeste, lo demás no cambiaba. Y si así fuera, no le pagaban para que diera cuenta del lento, imperceptible e irremediable envejecimiento de la joven, que él percibía, porque tenía el ojo entrenado para eso, para ver los detalles.
El que la pasaba mal era el estilista, no sólo porque su imaginación en cuanto a peinados estaba llegando al límite, sino porque además ni siquiera le quedaba la picardía como opción: gracias al pintor había un registro diario, tamaño natural, de los peinados que había llevado la princesa, y hacerse el vivo quedaba descartado desde el vamos.
La vanagloria de la princesa Celeste era tan ilimitada como su fama. Hablaba cuatro idiomas casi a la perfección, aspiraba a estudiar ciencias económicas para beneficio y bienestar del reino y había recibido ya innumerables ofrecimientos de varias revistas del corazón para ser fotografiada desnuda, ofrecimiento que sistemáticamente había rechazado aduciendo a su minoría de edad; educadamente, como una buena princesa, dejando la puerta abierta para cuando cumpliera los dieciocho. Mientras tanto ella, vaga por antonomasia, dejaba que su imaginación vagara. Se veía a sí misma desnuda, con su larga cabellera roja cubriéndole parcialmente los senos, de rodillas ante un hombre igualmente desnudo, cruzado de brazos, dándole la espalda, pelilargo y biondo; y ella mordiéndose una uña, inocente e intempestiva -le encantaba esa palabra- y un texto al pie que rezaba más o menos esto: ?Me ratoneo con los rubios?. Era imbatible al ajedrez -o tal vez sus contrincantes se dejaban ganar. Menos malcriada de lo que su estirpe dejaría suponer, solía comportarse caprichosamente en lo relativo a la alimentación. Adoraba la sopa inglesa, que devoraba con frugal ansiedad, y era bulímica.

posted by Mori Ponsowy at 8:14 p.m. 0 comments

miércoles, abril 05, 2006
GOMA DE BORRAR SE VA DE VIAJE

A Italia primero. A buscar a Efraim Medina Reyes para ver por qué demonios no ha seguido con sus textos de los jueves. Para convencerlo, le llevamos dulce de leche y unos llaveritos comprados en el McCastell's de Puerto Madero.

A España, después. Para presentar "Los colores de Inmaculada" en Cáceres, comer gambas en las ramblas de Barcelona y traer una o dos botellas de ajenjo.

Mientras tanto, seguiremos subiendo textos al blog, pero no con la regularidad de siempre.

Gracias a la gente de la Diputación de Cáceres por el premio y por la invitación.

Y muchí­simas gracias también a Federico Chaplin, de Carlson Wagonlit, por su paciencia infinita ayudándonos a organizar el viaje, eligiendo vuelos, buscando trenes, hospedajes y hasta recomendando qué pelis ver para ir abriendo el apetito antes de viajar. Un agente viajero excepcional. Lector y amigo.

Ci vediamo presto!


posted by Mori Ponsowy at 11:01 a.m. 2 comments

martes, abril 04, 2006
LA NOVIA DE MERCUTIO

Por Inés Garland

True; and therefore women, being the weaker vessels,
are ever thrust to the wall:
therefore I will push Montague’s men from the wall
and thrust his maids to the wall.
W.Shakespeare


Es un niño herido mi Mercutio, muy blanco, muy frágil. Camina escorado, el hombro izquierdo subido como si cargara allí el peso del mundo. Su fragilidad, su deseo de mí, su certeza de que no puede abarcarme me duelen en el corazón. El quiere penetrarme y ronda la entrada a mi cueva como si su falo fuese su propia mano adolescente. Se desespera. Cree que voy a abandonarlo. Y yo no sé qué voy a hacer con él. Me entrego a sus besos, a las palabras que murmura, a las caricias de sus manos calientes. Nadie jamás me dijo las cosas que él me dice. Me habla de mi cuerpo y me vuelve una diosa, me toca y me enciende como una fogata de piñas. Pero de pronto se vuelve tan menudo, tengo miedo de romperlo; mi cuerpo parece crecer, inmenso, mis caderas como las de una giganta, una madraza que podría reabsorberlo, hacerlo nadar para siempre en el líquido amniótico. Pero siento que no es eso lo que quiero, soy una mujer voraz, quiero que me busque, sentirlo golpear contra mis huesos hasta abrirme, que su deseo me arrase y me tome toda entera. Lo atraigo hacia mí, le muerdo la boca, me entrego al viaje. Y mi Mercutio se asusta, me abandona en el medio de la cabalgata. El camino se le vuelve de agua; se ahoga en la maroma de su terror de mí, de su amor por mí. Y me deja sola. Se aleja blanco y herido. Un niño escorado, una mitad apartada de mí.

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lunes, abril 03, 2006
Paula Varsavsky


Paula Varsavsky (Buenos Aires, 1963) es escritora y periodista cultural. Su novela Nadie alzaba la voz (Emecé 1994), forma parte de la bibliografí­a de varios cursos en universidades de la Argentina y Estados Unidos. Asimismo se publicó en Estados Unidos traducida al inglés con el tí­tulo No One Said a Word (Ontario Review Press, 2000) donde recibió excelentes crí­ticas. En julio de 2006, Editorial Sudamericana publicará su novela El resto de su vida.
Actualmente colabora con los siguientes medios: La Gaceta de Tucumán, La Nación, El Dí­a, Diario Perfil y Latin American Theatre Review.

posted by Mori Ponsowy at 8:43 a.m. 1 comments

COLECTIVO VEINTINUEVE

un cuento inédito de Paula Varsavsky

"¡Qué chico es el mundo!", balbuceó alguien.
Miré hacia ése lado de casualidad, o atraída por su mirada perdida, por su aspecto de persona que vive en la calle. Llevaba la barba crecida. Los pelos hirsutos despuntaban de su barbilla. Mantenía la boca entreabierta, antes y después de hablar. Alcancé a ver que llevaba puesto un saco raído y una camisa sin planchar.
"Sí, contesté", y asentí con la cabeza. Acabábamos de subir al colectivo veintinueve. Diana y yo. Después de tomar un café con las compañeras de danza. Mientras ponía las monedas en la máquina, los ochenta centavos, intentaba continuar la conversación con Diana. Estaba animada. Venía contándole acerca de un tipo, hombre, ya no sabía cómo nombrarlos, con quien había salido unas veces.
Hasta los treinta y dos o treinta y tres años, los había llamado chicos, chicos con los que salía. A partir de entonces, ya no sabía qué palabra utilizar. Tampoco sabía cómo nombrar esas situaciones en las que a una cena, le había sucedido otra, después cogíamos, después nos volvíamos a ver y luego se terminaba. ¿Había sido un fato? ¿Un one- night- stand, como se le decía en inglés? ¿Y qué pasaba si era más de una noche pero seguía teniendo la misma connotación? ¿Nos convertíamos en amantes? ¿Amantes, si ninguno de los dos estaba casado? ¿O un affaire? Y seguían las palabras en otros idiomas.
Por suerte había asientos, el colectivo estaba casi vacío. Ramiro estaba sentado en un asiento individual. Apenas lo saludé. Lo reconocí. Luego seguí de largo. Me dio vergüenza frenar a saludarlo. ¿Cómo le explicaba quién era ese hombre a Diana? Estábamos en otro tema.
Ante semejantes dificultades con el lenguaje, la conversación se hacía difícil. El viaje en colectivo era corto. Había que ir rápidamente al punto.
El rostro de Ramiro permaneció en mi mente. Le conté a Diana que ya no quería volver a salir con Antonio, ni volver, en fin, no quería volver a intimar?Claro, no había pasado nada malo, pero me parecía que daba hasta ahí, no más.
"¿Y le dijiste?", preguntó Diana. "Porque? ¡qué momento!"
"Sí, la verdad es que me llevó los treinta y ocho años que tengo, poder tomármelo con calma. No sentir que el sexo es algo pecaminoso. Aunque parezca mentira."
"Te creo, es muy difícil."
Me sentía culpable por no haberme detenido a saludar a Ramiro. Me acordé de papá, de su segundo matrimonio, de las veces anteriores en que me había cruzado con Ramiro. En otros colectivos, o por la calle. Lo evité en varias oportunidades. Conversé con él en otras. Me había encontrado sentada a su lado, dos años antes, en otro colectivo, de otra línea y color. De chico, había sido el favorito de papá. El favorito de los hijos de su segunda esposa. ?Ramiro es el que está mejor?, decía papá. Y me lo ponía como ejemplo. El que había estudiado en el Nacional Buenos Aires, igual que papá. El que seguía una carrera científica, igual que papá. Sin embargo, luego de la muerte de papá, Ramiro creyó que un profesor de biología quería robarle el cerebro.
"La última vez que nos vimos fue hace más de una semana. Fuimos al cine, después a cenar: me hablaba todo el tiempo de sus ex mujeres. A la una de la mañana intentaba explicarme el concepto de que su segunda ex mujer pretendía cobrar un sueldo de madre. Mañana se va de viaje por quince días. Cuando me dejó en casa esa vez me preguntó si podíamos vernos antes de que él viajara. Le contesté que no estaba segura."
"¿Y te llamó?"
"No"
"Las sutilezas?"
No había dos asientos juntos, nos sentamos una delante de la otra. Me di vuelta para seguir la conversación. Descarté la idea de contarle quién era el muchacho que me había hablado. A esa altura ya no me quedaban dudas de que Diana ni siquiera lo había registrado. Ni se le podía ocurrir que yo
lo conociera. ¿Cómo iba a conocer al loco del colectivo? Subió más gente. Ya no lo veía. A medida que el colectivo se deslizaba, raudo, por la Avenida Córdoba, entraba un aire algo cálido por las ventanillas abiertas del micro.
"¿Te enteraste de que Lucio se fue de vacaciones?"
"¿En plena época de clases? No, no sabía."
"Tres semanas"
"¿En serio?"
"¡Qué envidia!"
"Yo?, estoy un poco complicada. Con este tema de los alimentos. La situación se puso un poco tensa con Marcelo" dijo Diana.
"Y, sí?"
Ramiro recorría la ciudad haciendo trámites, me lo había contado otra de las veces que me lo encontré. Trabajaba como cadete de un laboratorio de análisis médicos de la mujer. "¿Dónde te hacés el papanicolau?", me había preguntado en otro colectivo.
"Al menos, por suerte, él cambió de abogado. Ya no es más tu prima", le dije.
"¡Ay, sí!"
Bajamos del colectivo, caminamos juntas media cuadra hasta la esquina de Gurruchaga y Güemes.
"Tratá de terminar con eso lo antes posible. La vida es otra cosa".
"Lo que pasa es que el abogado no quiere que firme. Dice que puedo conseguir más plata".
"Eso es un engaño. ¡Siempre dicen lo mismo!"
Nos despedimos. Fuimos cada una hacia su casa. Pensé en el colectivo que se había ido, en Ramiro que debía seguir allí, en su cerebro perdido. Nunca hubiese podido contarle a Diana quién era ese muchacho ya canoso sentado en el asiento del veintinueve. Tampoco podría haberle dicho que era el preferido de papá. Y lo que jamás hubiera sonado verosímil es que era, según papá, el ejemplo de salud mental.

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About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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Enemigos afuera

Los colores de la inmaculada

No somos perfectas

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Marie Howe

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  • "The Corrections" de Jonathan Franzen
  • "Freedom" de Jonathan Franzen
  • "La noche de los tiempos" de Antonio Muñoz Molina
  • "The Fifth Child" de Doris Lessing
  • "1Q84" de Murakami
  • "Ulises" de James Joyce
  • "White Noise" de Don DeLillo
  • "Falling Man" de Don DeLillo
  • "Me casé con un comunista" de Philip Roth
  • "Pastoral Americana" de Philip Roth
  • "Sábado" de Ian McEwan
  • "Kafka en la orilla" de Haruki Murakami
  • "La Mancha Humana" de Philip Roth
  • "Alta Fidelidad" de Nick Hornby
  • "Abril Rojo" de Santiago Roncagliolo
  • "Cómo ser buenos" de Nick Hornby
  • "Matadero Cinco" de Kurt Vonnegut
  • "Desgracia" de J.M.Coetzee
  • "Las cosas que llevaban" de Tim O´Brien

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  • "El hombre elefante" de David Lynch
  • "Blue Valentine" de Derek Cianfrance
  • "Singin in the Rain" de Gene Kelley y Stanley Doney
  • "The Day the Earth Stood Still" de Robert Wise
  • "Luz silenciosa" de Carlos Reygadas
  • "Gigante" de Adrián Biniez
  • "La teta asustada" de Claudia Llosa
  • "Slumdog Millionaire" de Danny Boyle
  • "Caramel" de Nadine Labaki
  • "Paranoid Park" de Gus Van Sant
  • "Sin lugar para los débiles" de los hermanos Cohen
  • "El arco" de Kim Ki-duk
  • "Volver" de Almodóvar
  • "Nadie sabe" de Hirokazu Kore-eda
  • "De latir el corazón se me paró" de Jacques Audiard
  • "Caché" de Haneke
  • "La promesa" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "El niño" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "Una historia sencilla" de David Lynch
  • "Los idiotas" de Lars von Trier
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