Goma de borrar
 
miércoles, abril 12, 2006
CELESTE Y BLANCA (capí­tulo 2)

Por Guillermo Piro

Blanca era blanca. De niña, en la école, se ganó merecidamente el mote de polaca y su uso está en vigencia. (Pero yo nunca la llamaré así porque soy una persona modesta y bien educada. Los únicos sobrenombres que tolero son los que resultan de la defectuosa pronunciación infantil de los nombres propios -Caco por Carlos, Memo por Guillermo, y así-: el resto, entendiendo por esto el conjunto de motes y sobrenombres que no se originan en la mente de un niño, que por regla general ponen de manifiesto las distintas variantes de la intolerancia de cualquier especie, no me parecen otra cosa que la exteriorización de los complejos -convengamos, sin ánimos de adentrarnos demasiado en un asunto de ese calibre, que en última instancia la intolerancia es, palabras más, palabras menos, eso.) La princesa Blanca tenía los cabellos dorados, con mil reflejos de efectos lumínicos diversos que probablemente provenían de la refracción de la luz que como podía penetraba sus breves bucles melosos. No era tan bella como Celeste, pero su encanto era tal que no necesitaba más que diez minutos de ventaja para obnubilar al macho más guapo. Un año mayor que Celeste, el comienzo de esta historia la encuentra con 18 años recién cumplidos, aunque aparentara 16.
Por esas raras cosas que ocurren en las jóvenes cuando alcanzan una edad en que se vuelve difícil hacer que cumplan la voluntad de sus padres (es decir, cuando comienza a verse el resultado del modelado operado en ellas durante la infancia), Blanca se había obsesionado con la historia de la Comuna de París. Tanto había leído que con sólo 16 años, en dos ocasiones, había sido invitada a dar sendas conferencias en la Universidad del reino. No es que la historia de la Comuna de París les interesara mucho (de hecho la Comuna no figuraba en los programas de estudios, se pasaba por alto; o tal vez se pasaba por alto para eternizar las conferencias de Blanca; verdaderamente no lo sé, averiguaré al respecto), pero el mero hecho de ver a una niña dictando una conferencia, con el consabido manejo del suspenso, la dicción y los tiempos, con el consabido fingido interés con que escuchaba al final las preguntas de los asistentes y el fingido interés con que las respondía, eso ya era razón suficiente para atestar la sala de conferencias (había ocurrido en dos ocasiones, no sé si ya lo he dicho). Además del hecho, claro está, de que el rector de la Universidad pensara que así se ganaba la simpatía del rey, cosa que ya había conseguido. El rector sería hoy la típica figura carne de proceso por tráfico de influencias. Pero no es el momento de hablar de este siniestro personaje, así que sigamos adelante.
Blanca, rubia, pecosa y blanca (adjetivo por tríada, porque admiro y soy un fiel heredero de la tradición latina), compartía con su hermana el gusto por el ajedrez, pero rara vez se confrontaba con ella, sencillamente y en concomitancia con lo anteriormente dicho, porque a diferencia de sus contrincantes habituales Blanca no le concedía a Celeste ningún tipo de conmiseración. Siempre ganaba.
Secretamente, pero con un carácter tan pero tan secreto que ni siquiera llegó a confesar esta debilidad a su confesor, deseaba por sobre todas las cosas, más que un marido, que parece ser el deseo estable de toda buena princesa que se precie, un Lamborghini Diablo amarillo igualito al de Mike Tyson (a quien empezó a ver con controlada simpatía a partir del mordiscón en la oreja que había asestado al cobarde de Evander Holyfield en aquel célebre encuentro). Nada le hubiera impedido poseer uno, pero la fabricación artesanal de esos autos italianos obliga a los fabricantes a (que naturalmente se vanaglorian del carácter artesanal de la fabricación de esos autos) a responder a las demandas que provienen de todos los rincones del mundo tres años después de haber ordenado uno, es decir, tres años después de haberlo pagado taca taca. Alegrémonos: Blanca será una feliz poseedora de su Lamborghini Diablo amarilla cuando este libro haya concluido hace rato. A este paso será una feliz poseedora cuando ya no quede dónde registrar que finalmente lo es. Esperemos que las revistas se ocupen oportunamente de eso, ya que yo no puedo. Si no es noticia una adolescente piloteando un automóvil de 5700 cc. a 300 km por la autopista, no se qué es noticia. Mientras tanto Blanca vive su vida; el sol acaricia su faz.
Muchacha práctica, Blanca no daba mucha importancia a su atractiva cabellera rubia. Las atenciones que su hermana requería para mantener impecable la suya a ella la tenían sin cuidado. Ni qué hablar de la manía de hacerse retratar. Como poco más que dos perfectas desconocidas que solamente comparten los silenciosos momentos en torno a la mesa donde se sirve el almuerzo y la cena y a la que, por cuestiones de protocolo y ceremonial, no se puede molestar arrojándole un pedazo de pan por la cabeza, para Blanca esos momentos, que en voz baja, hablando sola, para sí, calificaba con el mote de ?turbios?, vaya uno a saber lo qué quería decir, eran de una turbiedad pasmosa, intolerable, irritable. Comía con prisa, entonces, manifestando tanto desinterés por lo que estaba deglutiendo que ni siquiera prestaba atención a qué era lo que se llevaba a la boca. No me refiero a la distracción, tan común entre los humanos, que puede llevar a alguien a confundirse y llevarse a la boca una endibia cuando lo que pretendía era asestarle un tenedorazo a una anchoa, no. No me refiero al posible error, tan común entre los humanos distraídos, de meterse sin querer la cuchara en la oreja o en el ojo, no. Me refiero a que Blanca podía comer con sumo interés y agrado simulados un plato entero de pollo de campo a la entrerriana o de conejo almendrado, alabar su suavidad (a veces en voz alta, para ser oída, a veces en voz alta pero para sí, distraída) y al acabar, cuando el sirviente retiraba el plato, no poder discernir qué acababa de comer. Voy de nuevo. Ella comía, dando muestras de estar atenta a lo que hacía y al mensaje que sus papilas gustativas le enviaban al cerebro, haciendo gestos con la cabeza acompañados de cierto fruncimiento de labios que sólo ella sabía hacer (Celeste era, en cambio, la que era capaz de torcer la lengua, cosa que Blanca no podía, así como de doblar el dedo pulgar hacia atrás hasta un punto antinatural, por decirlo así: monstruoso; cosa que Blanca no podía). Blanca comía, pero en realidad no prestaba atención a lo que hacía. De modo que al terminar, si alguien le preguntaba acerca de lo que acababa de comer, no respondía. Me refiero a una pregunta acerca de lo comido, de lo sustantivo, no de lo adjetivo, que a diferencia del recuerdo de las cosas vistas y oídas no se puede revivir (tal vez lo que se hace, con cierta práctica y esfuerzo, es recordar el efecto que tuvo en nosotros determinado sabor, pero eso no quiere decir que seamos capaces de volver a degustar lo que hemos comido). Blanca no recordaba, un minuto después, qué mierda había comido. Si pollo de campo o conejo, si pastel de papas o jamón del medio, si paella valenciana o pato a la naranja. Para ella el acto de nutrición carecía de atractivo alguno. Lejos de ser una anoréxica, comía como una condenada todo lo que se le ponía en el plato. Pero con sencillez, es decir, con naturalidad, sin prestarle la importancia social que el acto de comer tiene y ha tenido para el desarrollo de las civilizaciones, comer, para ella, carecía de atractivo. Era tiempo perdido, un lapso, un encuentro que era necesario atravesar prestamente.
Vaya otro ejemplo que nos servirá para apreciar el carácter de esta muchacha, Blanca, que a decir verdad me cae más simpática que su hermana. La pobre parecía haber nacido en una familia que no le convenía. Era una desgraciada (tal vez por eso me cae simpática). Nadie la entendía. Cuando todas las niñas se van a la cama acompañadas de su muñeca predilecta, ella lo hacía con una pelota. Una pelota de goma, igual a las miles que se fabrican en serie en alguna fábrica ignota en Taiwán y que se consiguen en cualquier rincón del mundo a bajo precio. Una pelota de goma marrón con rayas amarillas. Nadie la entendía, pero yo sí. Aún antes de que a Blanca la vida le demostrara lo amenazadora que puede llegar a ser, ella sabía lo que era el miedo. Soñaba con animalitos pequeños y rápidos, asquerosos e inasibles, roedores e insectos de muchas patas, mucho antes de que sospechara que antes o después hubiera tenido que enfrentarlos. Soñaba con las grandes oscuridades antes de saber que la oscuridad es nuestra meta. La muñeca se lleva a la cama por bondad, atribuyéndole una vida necesitada de calor humano, a la que sólo la ata a la vida su forma esbozada toscamente, con arte, es cierto, pero toscamente. ¿Pero y la pelota? Sus padres opinaban (no así, no con estas palabras) que la pelota, con su forma rígida y redonda, no pertenecía a la vida, no necesitaba calor. Pero lo cierto es que cuando Blanca la tenía cerca se tranquilizaba, sentía menos miedo. Yo creo que era un símbolo: se aferraba a la diversión para olvidarse de la vida. Yo también, cuando pude, pasé mi vida entre sonrisas burlonas, correcciones autoritarias y desprecios de toda índole. Para su suerte, espero que mi hijo no se parezca a mí. Quiera Dios que carezca de miedos. Que la diversión sea su destino. Que no sospeche nunca qué es la vida y que no tenga que cuidarse de ella. Quiera Dios que no pertenezca a la vida. Que la olvide, así podrá gozar de ella. Mi hijo no es muy estudioso, pero se sabe manejar. No estudia mucho, pero siempre tiene listos un par de datos precisos que le otorgan fácilmente la victoria. Dispone libremente de mis libros, siempre y cuando se lave las manos antes de tocarlos. En ellos puede encontrar todo lo que necesita saber. Hasta aquí llego, porque acabo de perder el hilo de lo que estaba diciendo. No será la última vez que algo así me pase.

posted by Mori Ponsowy at 10:08 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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