Goma de borrar
 
sábado, abril 08, 2006
CELESTE Y BLANCA

(primer capítulo de novela en trabajo)

Por Guillermo Piro

Mi corazón temblaba y no era un sueño
fueron muriendo todos los soldados de la
guardia del rey y mi corazón seguía temblando.


Leopoldo María Panero, a la edad de 5 años


1. Había una vez dos princesas a las que un príncipe sedujo y abandonó sin miramientos, que desobedecieron el mandato paterno, complotaron primero entre sí y luego unieron sus fuerzas para poner fin a su reinado y lo consiguieron, pero todo terminó en un desastre del que pocas veces se tuvo noticia en la historia política de Occidente. Si las princesas se hubieran dejado deslizar amablemente por el mundo, no tendría ninguna historia que contar. La desobediencia es, de hecho, la condición previa para que una historia tenga interés. Nadie quiere leer la historia de dos hermanas dóciles.
Una se llamaba Celeste, la otra Blanca. Celeste era de una belleza incondicional, que no transigía jamás con ninguna apreciación estética que no fuera fulminante y superlativa: gustaba a todos por igual y por todos era deseada. Como casi todas las princesas poseía una cabellera leonina y roja que cuidaba y cepillaba con esmero -como casi todas las princesas. Ésta (la melena) jamás había sufrido el trato castrador de ningún estilista del reino; por lo tanto, libre de cualquier contención o atadura, llegaba al suelo y resbalaba con gracia sobre él. Pero como era una princesa con hábitos higiénicos bien aprendidos y solidificados de princesa, rara vez se paseaba por el palacio con la melena suelta. A lo sumo, de noche, antes de acostarse a dormir, la acariciaba con cien cepilladas, como dice la tradición de la buena fémina. De día, al despertarse, el estilista del palacio -más bien deberíamos habla de ?su? estilista- elaboraba con ella -con la melena- los más suntuosos y variados peinados, de modo que nunca, en sus diecisiete años de vida, se la había visto con el mismo aspecto dos días seguidos -son gustos que sólo puede darse una princesa. Como gozaba de alta autoestima y se sabía bella, el pintor del palacio tenía el encargo de retratarla día a día con su peinado nuevo, tarea en las que se abocaba entre las 11 y las 5 de la tarde. La princesa, siempre puntual, posaba a la hora estipulada, el pintor bosquejaba hasta el mediodía, hora en que la princesa era liberada, y seguía trabajando hasta aproximadamente aquella hora. El pintor nunca almorzaba, entonces, en el comedor principal del palacio, sino que se nutría con las sobras en una pequeña mesa situada la cocina. Pero no se quejaba: era su trabajo. Considero que quejarse es una de las pocas características humanas, tan común por cierto, que resulta intolerable. Quien se queja da por sentado que se hace merecedor de algo mejor, pero todos sabemos que rara vez eso es cierto. Más bien todo lo contrario. Por esa razón celebro cuando un trabajador, no importa su oficio, sufre cada vez más y más martirios. El pintor era de mi misma opinión (no he dicho su nombre, perdón: Massimo Varese). En su caso podría decirse que exageraba, ya que toda su admiración recaía en los menonitas de la colonia pampeana de Guatraché, cuya forma de vida, creencias y costumbres, el que escribe, así y todo, en ningún caso hubiera compartido. Los granjeros menonitas sólo descansan los domingos, sus casas carecen de adornos ni electricidad, así como tampoco de retratos (ni retretes: los baños estaban afuera), en la iglesia se sientan separados los hombres de las mujeres, se confiesan públicamente, acuden los domingos a una misa que dura entre tres y cuatro horas aproximadamente y a los tractores les sacan las gomas, la cabina, la radio y las luces porque creen que Dios les dio la tierra para que la trabajen con sacrificio. Los menonitas de Guatraché habían llegado a La Pampa hacía relativamente poco, en 1986; su idioma era el alemán y sólo unos pocos utilizaban el español para los negocios. El pintor del palacio soñaba con integrarse a la colonia, pero los menonitas, por sobre todas las cosas, eran unos xenófobos recalcitrantes, y apenas en una ocasión dejaron que el pintor retratara a grandes rasgos y con carbonilla a una niña de seis años que para el pintor carecía de cualquier tipo de interés y ni siquiera era bella.
Pero en cierto modo la tarea para el pintor era bastante fácil. Sólo debía retratar el peinado de la princesa Celeste, lo demás no cambiaba. Y si así fuera, no le pagaban para que diera cuenta del lento, imperceptible e irremediable envejecimiento de la joven, que él percibía, porque tenía el ojo entrenado para eso, para ver los detalles.
El que la pasaba mal era el estilista, no sólo porque su imaginación en cuanto a peinados estaba llegando al límite, sino porque además ni siquiera le quedaba la picardía como opción: gracias al pintor había un registro diario, tamaño natural, de los peinados que había llevado la princesa, y hacerse el vivo quedaba descartado desde el vamos.
La vanagloria de la princesa Celeste era tan ilimitada como su fama. Hablaba cuatro idiomas casi a la perfección, aspiraba a estudiar ciencias económicas para beneficio y bienestar del reino y había recibido ya innumerables ofrecimientos de varias revistas del corazón para ser fotografiada desnuda, ofrecimiento que sistemáticamente había rechazado aduciendo a su minoría de edad; educadamente, como una buena princesa, dejando la puerta abierta para cuando cumpliera los dieciocho. Mientras tanto ella, vaga por antonomasia, dejaba que su imaginación vagara. Se veía a sí misma desnuda, con su larga cabellera roja cubriéndole parcialmente los senos, de rodillas ante un hombre igualmente desnudo, cruzado de brazos, dándole la espalda, pelilargo y biondo; y ella mordiéndose una uña, inocente e intempestiva -le encantaba esa palabra- y un texto al pie que rezaba más o menos esto: ?Me ratoneo con los rubios?. Era imbatible al ajedrez -o tal vez sus contrincantes se dejaban ganar. Menos malcriada de lo que su estirpe dejaría suponer, solía comportarse caprichosamente en lo relativo a la alimentación. Adoraba la sopa inglesa, que devoraba con frugal ansiedad, y era bulímica.

posted by Mori Ponsowy at 8:14 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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