Goma de borrar
 
jueves, junio 29, 2006
JUSTINO

Al pasar por la puerta de la sala, Justino, el jardinero, encogía los hombros para no molestar. Era uno de esos hombres que parecen ser flacos por convicción. Arrugaba el ceño blanco y fino como quien dobla un pañuelo. Apretaba los labios, degustando su silencio. Justino, el jardinero, se avergonzaba ligeramente cada vez que lo invitábamos a almorzar con nosotros, en la misma mesa que toda la familia, y uno comprendía que nuestra amabilidad lo ponía en un compromiso: si aceptaba, podría parecer aprovechado o ?peor aún? famélico; pero, si se negaba, parecería descortés. Entonces, afligido, Justino aceptaba. Deslizaba su asiento por detrás de la espalda, las patas de la silla flotaban casi, y uno podía imaginar cómo de joven tuvo que ser buen bailarín. Que tengan buen provecho los señores, pronunciaba en voz baja, y en ese susurro había un afecto laborioso. Para no darnos una mala impresión precipitándose sobre el plato ni tampoco importunarnos con ninguna demora, Justino comenzaba siempre el último y terminaba el primero. Tampoco mucho antes. Dos, tres cucharadas.
Al principio le servíamos raciones abundantes: lo estimábamos y sabíamos de su duro trabajo, de su empeño al rasurar los arbustos, podar cada rama o regar nuestro césped infinitesimal. Procurábamos llenarle el plato, pero empezamos a disminuir las raciones cuando observamos que Justino se dejaba más o menos un cuarto. Entonces dimos las instrucciones pertinentes a la criada y, a partir de aquel día, las raciones de Justino empezaron a ser como las de los niños o incluso algo más escasas. Lo que nos preocupó fue comprobar que en sus platos bien rebañados, invariablemente, aún permanecía un cuarto de ración intacto. Nos llamaba la atención que Justino fuese hombre de tan poco apetito. Pero su esmerada flaqueza y sus ademanes transparentes nos convencieron de que, para no incomodarlo, las porciones debían ser todavía más pequeñas. Como quiera que Justino perseveraba en consumir tres cuartas partes de lo que le servíamos, nosotros, deseosos de hallar su medida exacta, seguimos reduciéndole el almuerzo hasta manchar apenas el plato con tres o cuatro máculas de legumbre.
El último mediodía que pasamos con Justino fue en apariencia igual a los otros y, sin embargo, supe desde el principio que nada sería idéntico. Su débil arrastrarse. Su voz un tanto desganada. Incluso los bordes no del todo impecables de nuestros abetos, todo me hizo temer por él y sus discretísimas cucharadas. Se sentó como siempre, eso sí, haciendo que la silla pareciera ingrávida, susurró un "que tengan buen provecho los señores" con una voz de lámina y esperó su ración juntando las manos. Unas manos ágiles, huesudas, pulcras: como un par de tijeras. Por no perder la buena educación, pese al aroma tenso que rodeaba la mesa, le hice a la criada una señal para que comenzase a servir. Cuando vio cómo la solitaria y diminuta lenteja se posaba en el centro de su plato hondo, Justino se levantó con parsimonia, pidió permiso para retirarse y no volvió por casa jamás nunca.

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miércoles, junio 28, 2006
POPOLO ROMANO - I



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martes, junio 27, 2006
(fragmento de novela en progreso)

Por Alejandra Laurencich
Día de sol intenso. Subo al altillo y miro cómo duerme Fabián. Anoche lo escuché llegar a las cinco y media. Trato de descubrir en su expresión un indicio de lo que habrán visto esos ojos. Dónde habrá estado y con quién. Abro mi libreta, mi diario íntimo y escribo. "La vida está vacía desde que ella se fue. Me gustaría ser grande, agarrar un bolso y sacar un boleto en micro. Recuerdo la dirección de la casa donde Mariana iba a vivir. La memoricé de tanto repetirla. Ella me dijo que no la escribiera en ningún papel. No hace falta. Imagino la cara que pondría Mariana al verme. Faltan tres semanas para el secundario. Tengo ganas de meterme en la cama y no salir hasta tener veinte años. Fabián duerme y sus vaqueros están tirados al lado de la cama. Me pregunto qué pasaría si revisara los bolsillos. Sólo está el póster de Crosby, Still, Nash, & Young mirándome". Escucho la voz de mamá que me llama: Ponéte la malla que vamos a la playa. Versito odioso. Trato de seguir escribiendo. Fabián se acomoda en la cama. Mamá hace ruido con sus ojotas. ¿Oíste, Andrea?
Caminamos bajo el sol de las tres de la tarde. Arrastro los pies, me pesa ...
(sigue aquí, en SACAPUNTAS)

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lunes, junio 26, 2006
EL MUNDO, INCONTROLABLE

Por Mori Ponsowy

Una habitación demasiado grande, vacía.
Una casa que no conoces. Ruidos extraños.
Uñas sucias en un pie bajo la mesa. Poco basta
para que se dispare en carrera loca tu corazón.
Estás en tu mejor momento. Pero zumba
un mosquito. Adiós momento: arranca el corazón
y, ciego, tú tras él, sin razonar.

Llenas de objetos la habitación. La achicas.
Sin despedirte huyes de la casa
que ya nunca conocerás. De madrugada,
persigues al mosquito hasta aplastarlo
entre tus manos. ¿Se aplacael corazón?

En la arquitectura del mundo
alguien cometió un enorme error.
Deberían haberte consultado.
Hacer del planeta un lugar seguro.
Sin mosquitos. Ni uñas sucias.

Tomas el lápiz y lo dibujas tú:
una piscina ?ni muy grande, ni muy pequeña
-con agua a la temperatura justa y luces bien dispuestas
en una primavera sin vientos. ¿Era tan difícil

hacerlo bien? La piscina perfecta: una casa
en nada parecida a ese útero al que nunca
sueñas volver.

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viernes, junio 23, 2006
SEXY PASTA



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jueves, junio 22, 2006
LIBROS

Por Alejandro Parisi

Ayer fui a la FNAC a comprar libros. Generalmente, voy directo a la góndola de ediciones de bolsillo: ahí, treinta euros pueden rendir entre cuatro y seis libros. Pero ayer tenía que comprar un regalo a mi mujer, y además quería comprarme unos libros recién publicados.
Entré a una sala amplia con sillones y pufs en los que la gente consultaba libros de cocina, de autoayuda y de viajes, y elegí una guía de Holanda para mi mujer, con la ilusión del viaje que vamos a hacer en agosto. Después, en un medio que me era más natural, busqué dos libros de Houellebecq que ya había leído pero que quería tener en mi biblioteca: "Plataforma" y "Las partículas elementales" (pronto voy a volver sobre Houellebecq). Por último, compré "Juventud", de J. M. Coetzee, que no leí pero que, como siempre, promete una lectura agradable y reflexiva.
Entonces llegó el momento esperado. Mesa de novedades: los libros amarillos de Alfaguara resaltan a simple vista. Los que buscaba eran dos: "El primer tercio", de Neal Cassady y una reedición especial y bilingüe de "Aullido", de Allen Ginsberg. Por supuesto, el que más me inquietaba era el primero.
Neal Cassady nació en la carretera (diría ruta, pero las traducciones españolas no me lo permiten) en 1926, creció en una familia pobre, acompañando a su padre por bares de borrachos y desempleados; por algún tiempo se prostituyó, también fue ladrón (a los 21 años se enorgullecía de haber robado quinientos coches) y estuvo preso. Fumaba marihuana, etc. Quizá escuchara jazz (lo exige el personaje).Al conocerlo, los beat quedaran alucinados. Cassady era todo eso que ellos querían escribir (ser), es más: para ellos Cassady era Buda. Ginsberg le dedicaba poemas; Jack Kerouac lo bautizaba como Dean Moriarty, el personaje más inquieto "En el camino".
Cassady también escribía, pero no llegó a publicar en vida. En 1968 lo encontraron muerto junto a la vía del tren, entre dos estaciones.
"El primer tercio" es una autobiografía, lo único que quedó de sus textos y se publica después de muchos años. Ya la tengo sobre mi escritorio, y prometo comentarios tras la lectura.
No creo que me vaya a encontrar con una obra capital ni mucho menos (hace diez años lo hubiera sido), pero espero disfrutar de ese ambiente de post guerra norteamericana, con tanta señora rubia feliz con su tostadora eléctrica, autos color pastel y yonquis incapaces de conciliar el sueño americano.
Últimas lecturas (recomendables)
"El origen de la tristeza", de Pablo Ramos.
"Hacia la boda", de John Berger.

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miércoles, junio 21, 2006
E´ SOLO UN GIORNO CHE NON VA

Por Inés Garland

Duermo mucho y no tengo ganas de levantarme a la mañana. Me paso horas en una especie de duermevela en la que redacto y redacto en mi cabeza esto que me pasa, como si lo buscara en las palabras que abren descripciones y se pierden otra vez. La lámpara de mi escritorio, en la penumbra de la mañana, se convierte en una mujer sentada en la punta de la cama y me despierta. Trato de descubrir por qué estoy así. Me paso los fines de semana en casa encerrada tratando de descubrir algo que quiera hacer, alguien a quien quiera llamar y no hay nada, no hay nadie. Y el teléfono no suena. Leo sin pasión. Miro muchas películas y entre una y otra hago zapping. Tres argentinos en Hamburgo saltan en la calle con la camiseta celeste y blanca; dos canales más allá, una mujer con voz de nena hace un corazón de papel maché para sostener la lapicera -un objeto perfectamente inútil que juntará polvo en alguna parte de alguna casa hasta perder los colores o el alambre retorcido que sostiene la lapicera -, un musculoso vende un aparato para que otros crean que pueden lograr con diez minutos por día un cuerpo como el de él y la felicidad increíble que eso les traerá; todos están embarcados en algo y yo los miro a través de un vidrio.
A cuatro cuadras de casa, mi amiga María se está muriendo de cáncer. Vomita la morfina. Sus días están llenos de eso. Los míos parecen haberse vaciado de sentido. No tengo derecho, pero cómo le digo a lo que sea que tengo que no puede estar, que se vaya, que me deje abrir los ojos a la mañana con ganas de hacer lo que sea que hago. Cómo hago para honrar la vida si todo parece tan arbitrario, si me siento un animal estúpido, inútil, que algún día va a terminar en la basura, o como dice Richard Thompson, en un cajoncito, como merienda de los gusanos.

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martes, junio 20, 2006
LOS TRES EN BARCELONA


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viernes, junio 16, 2006
Una terraza propia

Aunque no están todas, esta antología tiene cuentos de dos amigas de la casa: Beatriz Vignoli y Ale Laurencich.
En el siguiente post, un cuento de Beatriz que tiene una estética similar al que publicó en este libro.

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Eva Marí­a se fue

por Beatriz Vignoli

(a Carlos Álvarez)

Debo respirar.
Aunque el pecho se me haya convertido en una losa pesada y fría, debo respirar. Tengo que conseguir que bajo las cobijas que me ha dado la encargada de la pensión, entre estas sábanas limpias, mi cuerpo recupere la serenidad necesaria para dormir, virtud que poseen en gran medida los animales... cuando están tranquilos, claro.
En este momento soy un animal asustado. Fui, hasta ayer nomás, la mujer más poderosa de Sudamérica. Hoy, esta noche, soy un animal asustado.
Debo dormir. Lo he perdido todo, menos a mí misma, y debo dormir, como sea. Mañana me levanto temprano. Mañana tengo que salir, radio por radio, agencia por agencia, a buscar trabajo. ¿Qué diré cuando me pregunten cómo me llamo? ¿Daré mi verdadero nombre, diré: "Eva Duarte"? No, no "de Perón", claro, ya no, eso no más, nunca.
Soy Eva. No quiero mentir mi nombre. Eva, no Evita. Es extraño esto que medito en mi desvelo: yo era la primera dama y era Evita, ahora soy cualquier mujer y mi nombre es Eva.
¿Es que tuve que empequeñecerme para estar al lado del poder y disfrutarlo, y ejercerlo a mi modo, a mi modo humanizado y sentimental?
Digo: "Soy cualquier mujer" y no: "No soy nadie". Lo segundo sería contradictorio con el pensamiento justicialista que sostuve hasta ayer. Pero... ¡qué tranquila me sentía mientras los "cabecitas negras" fueron los otros! Los "grasitas" siempre eran "ustedes"... No, no es que haya traicionado mi pensamiento; es que ya no sé ni lo que pienso. Ahora la grasa soy yo.
Y tengo miedo.
Sobre mis costillas reposa un camión. Alguien cerró una esclusa sobre la boca de mi estómago. Esta ha de ser la famosa angustia, la angustia de muerte de la que tanto hablaban mis heroínas en los radioteatros. No soy la heroína de nadie, me he caído de la historia. Envidio los ronquidos de la sirvienta de la cama de al lado, en la parte ajena de la pieza.
Dormite, Evita. Es una orden.
En mi sueño, El General no era ningún cavernícola y sabía cómo tratar a una dama (¿alguien sabrá de esta infidencia? ¿Lesiono el prestigio del Conductor?). En el sueño, yo no me escapaba de la Casa Rosada. Que no era tal, sino un dorado templete egipcio. Éramos reyes egipcios, él y yo, expuestos a la adoración del pueblo. Del pueblo egipcio, claro. Yo me llamaba Nefertiti. Y mi marido, él sonreía con su sonrisa de siempre, con esa sonrisa que cuando brillaba sobre mi cara era para mí tan natural como la luz del sol. ¿Cómo describirla? ¿Cómo una boca que se curvaba tiernamente para arriba por una sola comisura como un mocasín chancleteado, mientras los ojos se entreabrían y se entornaban, chinescos, un visillo refulgente de calor de hogar en la mueca del visir? ¿Cómo contar lo que esa sonrisa me decía, a mí, solamente? Esa sonrisa -la parte que a mí me estaba reservada de ella- ha muerto, ha muerto para siempre; sólo yo lo sé.
"Vendé las joyas, Negra", me decía su voz en el sueño.
Me despiertan unos golpes en la puerta. Podrían ser unos enviados de mi marido El General, pero él ya no me quiere, y no enviará a nadie por mí. La encargada ruge mi nombre de pila en un acento español. Con la luz vuelve a mí la sensación del peso que me aplasta. Lo que pesa sobre mí, curiosamente, es la nada. Me pesa la nada: ¿está bien dicho esto? ¿Se dice así, "me pesa la nada"?
Tengo las joyas. Me aterra y me alegra a la vez pensar que alguien, anoche, pueda haberme delatado con una simple llamada telefónica a través del Río de la Plata.
-Levante-sé -ruge la encargada, acentuando la palabra de dos maneras, las dos orillas del Atlántico en su propia forma de pronunciar el castellano.
Ahora me dan órdenes. Qué raro es todo. Estos montevideanos han tomado mi presencia con total naturalidad. Toda esa avenida que resuena a nuestros pies, según me informarán más tarde durante el desayuno, se llama la Dieciocho de Julio porque ese es el día de la independencia del Uruguay (yo ya lo sabía, de los protocolos. Pero lo había olvidado).
-¿Qué te pasó? ¿Te peleaste con Perón? -me pregunta una cocinera negra que nos ha traído una inmensa pava de fierro (el caldero, le dicen acá) llena de mate cocido. El comedor huele a sopa rica, al caracú de los pobres, desesperados por alimentarse para poder vivir.
Por toda respuesta, sopo en mi tazón de mate una tajada de pan casero fresco. El sueño es esto, este comedor de paredes grises lleno de mujeres jóvenes y viejas, blancas y negras, de batones floreados y pelos recogidos con redecillas; el sueño son esta mesa de madera y este mantel cuadrillé de percal. Si el sueño es esto, ¿ser reina egipcia era la realidad?
"Juan -le diría yo a él, si estuviera-. Te quise y te quiero, pero éramos vos o yo. Para quererte, tenía que odiarme a mí misma", le diría, y mis palabras caerían como sobras en el hueco metálico de su desprecio.
¿Qué diré? ¿Qué diré de mí?
¿Qué teatro, ahora, habrá de salvarme?

(Rosario, 2 de septiembre de 2000. Publicado en "El Eslabón".)

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jueves, junio 15, 2006
Enanos rumanos

Por Alejandro Parisi

a Luciano y Matías

Mi último trabajo había sido como vendedor en un negocio mayorista de pirotecnia. Después de las fiestas de Navidad y de Fin de Año, el dueño decidió cerrar la empresa y despidió a todos los empleados. Pagó la indemnización, regaló algunos fuegos artificiales y nos dejó en la calle.
Pasé todo un mes en el balcón de casa, tomando cerveza y contemplando cómo se iluminaba el cielo cada vez que encendía un cohete. Eran de distintos colores, y el que más me gustaba era amarillo.
Una noche, que recuerdo muy calurosa, bajé a comprar más cerveza y vi un hombre que observaba mi casa desde la vereda de enfrente. Era rubio, usaba bigotes y llevaba pantalón color café, camisa blanca a rayas rojas y, doblada sobre su brazo izquierdo, una campera azul.
Se acercó y me preguntó si conocía a la persona que hacía brillar el cielo. Tenía un acento extraño, que supuse polaco, ruso o tal vez ucraniano. Volvió a preguntarme:
- ¿Conoce al que hace brillar el cielo?

(sigue AQUÍ, en SACAPUNTAS.)


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miércoles, junio 14, 2006
TRENCACAPS

por Mori Ponsowy
en traducció al català de Pere Bessó


Veig les peces en aquesta taula de fusta
esparses com caragols de mar oblidats un dia de pluja,
sense sentit en la seua disposició arbitrària,
rient-s'hi de mí irreverents.

Tantes que cap capsa no abastiria-
petites com òvuls, algunes; altres, pesades com el mar.
Imatges d´aigua, boscos, foscúries-Cap no pot ser tornada.
Es multipliquen cada segon,
abandonen els llocs on necessite veure-les,
clamen per atenció si m´hi distrec.

El trencacaps és als meus somnis, els meus somnis en ell:
no hi ha despertar per a l´alleujament, descans reparador, diferència entre nit i dia.
Imatges adherides a les meues parpelles amb foc, amb agonia, amb amor-
ma mare alçant-me en un banc de plaça,
el primer dia d´escola,
un picnic vora un riu de pedres cobertes de llana.

Com pots ser la mateixa ara, Mare,
la mateixa cap a qui correguí els braços oberts en una platja del Perú?
Ets només allò que veig, o hi ha quelcom més en tu
que les paraules que m´afanye a trobar?
Per què aquesta inesgotable taula plena de culpa entre nosaltres?
I, dis-me: potser els teus ulls sempre han estat tristos,
o tan sols és la meua mirada reclamant la teua falda?

Encaixe dues peces i tot seguit una tercera,
però les altres es reprodueixen com cèl·lules malignes,
desborden la taula, copulen en l´aire sense vergonya.
Com ha sigut, serà-
Estic nugada amb records a aquesta cadira,
només quan tot trobe el seu lloc estaré en llibertat,
podré eixir d´aquesta casa fosca,
tornar a aqueix diumenge que rèiem juntes
i la por encara no nodria la meua ànima.

¡Si poguéssem tornar a escriure la història, Mare!
¡Si poguesses ajudar-me a desxifrar el fang de què naixí!
Però ets enllà de les mans que tinc per a assolir-te-
Centímetre a centímetre t´acostes a la teua mort
i jo no trobe un llenguatge que baste per a les dues.

(Muchas gracias una vez más, Pere, por devolverme mis palabras vertidas al catalán.
La versión en castellano de este poema puede verse
AQUÍ.)


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martes, junio 13, 2006
Niños y pájaros

Por Efraim Medina Reyes

1
En los arbustos de un parque de Vicenza, un hombre que paseaba con su perro descubrió la semana pasada los cadáveres de una decena de pájaros. El hombre llamó desde su celular a la policía y esperó, a prudente distancia, sin lograr apartar la vista de aquellos minúsculos copetones; sobre todo le intrigaba que estuvieran pegados de aquella forma a las ramas de los arbustos, parecía como si una fuerza extraña los hubiera congelado mientras estaban dormidos. El fantasma de la fiebre aviaria rondó su mente, era lo único que podía explicar la muerte de aquellos pájaros en plena primavera. Los policías parquearon su patrulla a la entrada del parque y se acercaron con paso cansino, el perro empezó a ladrar. El hombre les señaló los pájaros y les dijo que tuvieran cuidado al manipular los cadáveres. El perro tiraba la correa tratando de ir hacia los pájaros, el hombre lo jaló en dirección contraria y se alejó de los policías que se miraban uno a otro sin saber qué hacer. Al final uno de ellos fue a la patrulla y trajo guantes y una bolsa plástica. Unos metros adelante el perro se detuvo a cagar mientras el hombre observaba a un grupo de pájaros que corría de un lado a otro del prado en busca de migas e insectos. El hombre se quedó un instante pensativo y luego regresó con los policías. Uno de ellos estaba arrancando los pájaros de las ramas y metiéndolos en la bolsa.
-Hay otros pájaros allá-dijo el hombre.
-¿Muertos?-preguntó irritado el policía.
-No, pero si es la fiebre habrá que sacrificarlos a todos.
-¿Quiere que matemos a todos los pájaros?
-Es lo que se hace en esos casos.
El policía y su compañero rieron.
-¿Qué hizo su perro allá?-preguntó el policía.
-Ahora la recojo-replicó el hombre.
-No vio el aviso en la entrada, es prohibido traer perros aquí.
El hombre volvió a insistirles en que mataran a los otros pájaros y luego salió del parque con su perro. Los policías terminaron de llenar la bolsa de pájaros muertos y se largaron en su patrulla. Apenas el parque quedó solo dos niños llegaron, el más grande era gordo y pecoso, del bolsillo de su chaqueta sacó un recipiente de pegante escolar que mostró a su compañero con orgullo y luego empezó a vaciarlo sobre las ramas de un arbusto mientras el más pequeño, flaco y pelirrojo, lo distribuía minuciosamente con las manos. Cuando acabaron el pegante el pelirrojo fue a la pileta a lavarse las manos mientras el gordo sacaba del bolsillo una bolsa llena de migas de pan y las arrojaba sobre el arbusto como si fueran las cenizas de un difunto. Después los dos fueron a ocultarse detrás de un árbol a esperar que cayera algún pájaro.

2
Entre los arbustos de un parque de Rio Janeiro, un hombre que paseaba con su perro descubrió la semana pasada los cadáveres de dos niños. El hombre llamó desde su celular a la policía y esperó sentado en una banca sin lograr apartar la vista de los frágiles cuerpos; le llamó la atención que estuvieran abrazados como suelen estar los gemelos en el vientre de sus madres. Los cuerpos no presentaban huellas de violencia, uno de los niños todavía apretaba entre sus manos una botella de pegante, alrededor de los cuerpos había otras botellas esparcidas. El hombre dedujo que habían muerto de inanición luego de estar horas o quizá días aspirando esas botellas. Las sirenas de una patrulla y una ambulancia lo sacaron de sus cavilaciones, su perro empezó a ladrar ante la llegada de los policías y paramédicos que de inmediato iniciaron con las diligencias de levantamiento de los cadáveres. Después de responder unas pocas preguntas el hombre reanudó su caminata, unos metros adelante vio a otros niños ocultarse detrás de un árbol cada uno con la nariz pegada a su botella. El hombre regresó sobre sus pasos para alertar a los policías sobre aquellos niños, en ese momento los paramédicos estaban metiendo los dos cadáveres, sin siquiera separarlos, en una oscura bolsa de plástico. El hombre habló con los policías y les señaló el árbol donde se habían ocultado los niños. Uno de los policías le dijo que no se preocupara, que ellos se harían cargo del asunto después de terminar el informe. El perro volvió a ladrar y el policía le pidió al hombre alejarlo de allí.
-Pero, ¿y esos niños?
-¿Qué quiere que hagamos?-preguntó a su vez el policía con fastidio-. ¿Por qué no hace algo usted?
-Son ustedes la autoridad, yo he cumplido mi deber llamándolos.
-Estamos haciendo lo posible-dijo el policía acariciando su arma-. ¿Cree que si me llevo a esos niños y los retengo unas horas serviría de algo?
El hombre se quedo pensativo, un sabor amargo le inundó la boca. Su perro estaba olfateando la bolsa con los cadáveres. El hombre jaló con fuerza la correa y arrastró al perro hacia un extremo del parque. Desde la distancia siguió las maniobras de los policías; un repentino vértigo y ganas de vomitar lo sacudieron cuando el más alto de los policías arrastró la bolsa rumbo a la patrulla, entonces quiso gritar con todas sus fuerzas, pero se quedó allí, silencioso, abrazado a su perro.


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lunes, junio 12, 2006
VIDRIERAS DE ROMA / PRADA




















Con este precioso conjunto no sé qué hacer: si quedármelo yo o regalárselo a Romana.

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viernes, junio 09, 2006
El baño

Por Alicia Genovese

Hay una ducha al fondo
de la casa
y cada tardecita
después del calor, el rí­o
los mates, las conversaciones
sudorosas en el porche
es la hora del baño
Atravieso los ligustros
dejo la toalla en una rama
el jabón
sobre un tronquito
hachado al ras; un mí­nimo
preparativo antes de hacer
correr
el agua
Frí­a al comienzo
después más tibia
llega la que el sol
abrasó en el tanque
de fibrocemento
el dí­a entero
Al aire libre
la caña de ámbar
vuelve encantamiento,
el rito diario;
me lavo la cabeza
me bajo los breteles,
la malla y vigilo, casi
con inconsciente cuidado
que los sonidos sean
los habituales:
algún zorzal
que levanta vuelo
una gallineta que picotea
las últimas migas
en el pasto, esa quietud
atardeciendo
las casas vecinas
y la variedad inabarcable
de hojas y ramas en el monte
extasiadas rozándose
Me enjabono
la espalda, los hombros
arden y otra vez el agua
reciben plácidos,
más sensible
el borde sin solear
del cuerpo siempre enmallado;
los pelitos de la vulva emblanquecen
con la sedosa jabonada
y los pezones se agrandan
bajo las marcas
geométricas del escote
Abro por completo la ducha
y el caudal
cae a brochazos
casi helada me apura
fuera del letargo
de la respiración;
hasta que cierro y vuelvo
al calor de las telas
al sigilo en la toalla
mientras el agua
por la zanjita
perfumada corre
como un suspiro aliviado
como un instante amoroso
y su exigente vigilia
No sabe nadie
nadie presencia
mi tarde detrás
del arroyo;
piedrita que alguien regala
y al aceptarla toma
la forma de tu mano;
no tiene valor
no se cotiza
ni siquiera se pone
en una vitrina
de objetos exóticos;
se vive con poco
con nada
se hace un reino

(del libro Quí­mica diurna, Alción, 2004)

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Alicia Genovese

Alicia Genovese, nació en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, en 1953. Publicó los libros de poesía: El cielo posible, El mundo encima, Anónima, El borde es un río, Puentes y Química diurna. En ensayo, publicó La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas (Biblos, 1998). Colaboró como crítica literaria en los suplementos culturales de los diarios Clarín y El Cronista Comercial y en publicaciones especializadas. Actualmente, dirige el Departamento de Literatura en la Universidad Kennedy y coordina talleres de escritura. Obtuvo la beca a la creación en poesía otorgada por el Fondo Nacional de las Artes, en 1999 y en el 2002 recibió la beca John S. Guggenheim.


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martes, junio 06, 2006
ABRACADABRA



















Por Mori Ponsowy


El mago saca un conejo de la galera,
traga una espada, serrucha una mujer en dos,
hace desaparecer un elefante en nuestras narices.
Matí­as no se sorprende:
sus manos, mi pelo, los zapatos rojos
de la niña delante nuestro,
le interesan más.

En el zoológico, en vez de mirar los tigres,
contempla las plantas.
Los gorros de los chicos grandes lo hipnotizan.
Simples nubes, la blancura de una pared,
el ir y venir constante de los dedos de sus pies—
¿Qué hay ahí­?

No me lo dice:
sus ojos en mis labios
forcejean por gobernar sonidos.
Le lleva semanas enteras
(nada por aquí, nada por allá)
pero, finalmente, da con el conjuro exacto,
"ma-ma-ma-ma", y ahí estoy para él. Ahí estaré

mucho después, cuando pierdan encanto las palabras
y, aburrido de proezas, el brujo
me deje de llamar. ¿Será más fácil entonces,
libre una vez más, cuidar sólo de mí?
¿Qué lazo, además de un instinto deslucido,
llenará el vacío entre nosotros?

¿Seremos capaces de admirar de nuevo un hormiguero,
de remontar un barrilete juntos,
de reunirnos en silencio
una tarde invernal?

(del libro "Enemigos Afuera" a la venta en Librería del Mármol - crédito de foto: Gus Nielsen)


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lunes, junio 05, 2006
Juan Luis Calbarro

Lo conocí en Cáceres, durante la Feria del Libro. Yo había ido a presentar mi novela y él su último libro de poesía. Nació en Zamora en 1966. Ha publicado los poemarios Trébol, Elegía sajona, Circunstancias de la metamorfosis y, el de Cáceres, Sazón de los barrancos. Además de poeta, es ensayista, tiene dos blogs, Sínaco y la victoria y La mano y la mirada, y también es autor de Memorias de Chanita Suárez y de La mano y la mirada, una recopilación de artículos sobre arte contemporáneo. Entre 2002 y 2004 dirigió en Fuerteventura la revista literaria Perenquén. En la actualidad reside en Palma de Mallorca, donde es crítico de arte para varios medios. No nos volvimos a ver. El día después de la presentación él, mejor informado que nosotros, se fue a Malpartida, un pueblo cercano, a ver el monumento natural de Los Barruecos, un paraje rocoso donde está el Museo Vostell, "una especie de maravilla en medio de la nada", en palabras de un mail de Juan, "un lavadero de lana del siglo XVIII, con unas instalaciones magníficas, tres colecciones de arte contemporáneo internacional im-pre-sio-nan-tes, una sala de historia de la trashumancia, un embalse idílico y por todas partes cigüeñas, garzas, tortugas, carpas, renacuajos...". Lástima no haberlo sabido antes. Ahora quién sabe cuándo volveremos a Cáceres.


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PRODIGIOS DE LA MEMORIA

Por Juan Luis Calbarro

Hace unos meses Isabel regresó a mi vida. En segundo de EGB, en aquel colegio que el nomadeo de nuestras familias nos había deparado, se sentaba a mi lado porque nuestros dos apellidos eran contiguos en la lista. Una vez, la muy cotorra no paraba de hablar y el padre Matías, un fraile de barba poblada y tufillo sospechoso bajo el hábito, me riñó. ¡Con lo bien que yo me portaba...! Isabel, que en todo este tiempo se ha licenciado en Historia, buscaba en Google algo relacionado con el arte y encontró mi bitácora. Reconoció mi nombre y mi apellido. En estos treinta y pico años que hemos estado sin vernos, ha publicado varias novelas y ha formado una familia; pero no se ha olvidado ni del tufillo del padre Matías ni del apellido de aquel niño tímido que la acompañaba en clase y una vez recibió una regañina por su culpa. Con siete años, Isabel se tiñó de moreno porque a su compañero de pupitre no sólo le encantaban los animales y quería ser naturalista como Rodríguez de la Fuente, sino que además le gustaban las chicas morenas como la Cantudo. Ahí es nada.
La sorpresa de recuperar inesperadamente aquellas fibras del pasado, apenas entretejidas, me hizo dudar de la inocencia de Internet. Superada la sospecha de una broma, intuía vagamente que aquel reencuentro suponía un enriquecimiento súbito, recobrar alguna dimensión perdida desde 1974, un latido que nos faltaba. Sólo ahora, meditado el asunto y disfrutados sus matices, alcanzo la importancia del caso y me siento genuinamente feliz de beneficiarme de la buena memoria de Isabel. Compartimos cosas que nadie más comparte; algunas permanecen y permanecerán en el olvido y otras -dada mi mala memoria- van saliendo poco a poco de los recodos del córtex cerebral de Isabel. Son detalles, escuetos jirones de vida que, no obstante, tienen la calidad hospitalaria y muelle de lo primigenio, de lo no manchado.


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viernes, junio 02, 2006
SONATA MARCHITA

por Sharon Olds

Creo que en algún momento miré a mi padre
y pensé Está lleno de mierda. ¿Cómo
sabía que otros padres hablaban con sus hijos,
los besaban? Sabía. Lo miraba y lo juzgaba.
Fuera lo que fuera lo que él vertiese en mi madre,
ella lo odiaba, su rostro se arrugaba como un ala
delgada cuando él estaba cerca,
y el alcohol que a la fuerza él metía en su cuerpo
lo derribaba, asesinaba el árbol vivo,
los meandros de la cebada y el maíz se multiplicaban,
se petrificaban, se fecalizaban, él era una
mierda, pero yo sentía que odiaba serlo,
nunca había imaginado que eso podría pasarle, este sueño
alcohólico era un conjuro arrojado sobre él...
¡por mi madre! Bien: dejé en sus manos
decidir quién le hizo qué a quién, era una
criatura en su cama sobre quien se revolcaban,
pero no podía vivir odiándolo.
No me daba cuenta que no había alternativa. Parada
en la sala viéndolo dormitar
como el príncipe, con su belleza desaliñada, empecé
a pensar que era una especie de cáliz,
un grial, su amor la meta de una búsqueda,
¡sí! Él era el dios del amor
y yo era una mierda. Miraba mi antebrazo:
lo que fuera que hubiera dentro
no era bueno, era hedor blanco,
maná del malo. Me miraba en el espejo
y florecían las manchas en mi rostro,
como cerdos saliendo del lodo
al llamado de la bruja. Me sorprendía
que mi cuerpo despidiera un olor dulce, era la prueba
de mi ser demoníaco, pero al menos podía respirar fuera,
y no la escoria aturdida y agria de mi interior,
la verdad de mi padre. Es divertido hablar de esto,
me gustan los términos de la inmundicia. He aprendido
a disfrutar hablando del dolor.
Pero morirse, así. Envejecer y morirse
niña, mintiéndose a sí misma.
Mi padre no era una mierda. Era un hombre
equivocándose en la vida. Tenía mierditas
navegando dentro suyo mientras yacía inconsciente.
A veces, ahora, no me permito decir
que lo amaba, pero siento
que casi amo esas mierdas que viajan dentro de él,
bien formadas, esos fetos marchitos,
mi madre, mi hermana, mi hermano, y yo
en ese purgatorio.


posted by Mori Ponsowy at 8:38 a.m. 0 comments

EL PADRE


De venta en la Librerí­a Del Mármol,
Gorriti 3538, ente Mario Bravo y Billinghurst.

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jueves, junio 01, 2006
ALGUNAS REFLEXIONES PREVIAS

Por Alejandro Parisi

Para los catalanes el mundial de fútbol ya terminó. Salieron campeones, cantaron sus himnos, sacaron sus banderas a los balcones y ahora tienen todo el verano para disfrutar la victoria mientras "los españoles" y el resto de inmigrantes comenzamos a sufrir desesperadamente: algunos temiendo la suerte que correrán sus equipos, otros hinchando el pecho de orgullo ante la admiración que despiertan aquellos jugadores que los representan.

Durante el franquismo estuvo prohibido hablar en cualquier lengua que no fuera la castellana. En las escuelas de Catalunya, los niños aprendían a escribir en una lengua distinta a la que se hablaba en sus casas. Porque a pesar de todo, en las casas la gente seguía hablando catalán: con las puertas y ventanas cerradas para que no los escuchen las autoridades. El único sitio en el que se podía hablar catalán sin temor era en el estadio del Fútbol Club Barcelona, que poco a poco se convirtió en el bastión del catalanismo. Allí no traducían los insultos, ni los cánticos dedicados al Real Madrid, el club que condensaba a la plana mayor del Gobierno de Franco.

La leyenda cuenta que los árbitros bombeaban al Barça para que siempre perdiera con los equipos de Madrid. Penales inauditos, expulsiones infantiles? Pero la alegría de cada gol parecía justificarlo todo: el encierro, la tortura, el odio a la Capital que prohibía tantas cosas.

Actualmente, en las tribunas del Camp Nou (así se llama el estadio del Barça) se sigue escuchando hablar en catalán, y se dejan ver banderas con la leyenda CATALUNYA IS NOT SPAIN, que confunden a los rubios turistas alemanes, ingleses y norteamericanos, maltratados por el sol del mediterráneo, que esperan fotografiar a Messi y Ronaldinho.

Treinta años después del final de la dictadura, el Fútbol Club Barcelona (gracias a Cryft, Maradona, Ronaldinho ? todos extranjeros) se convirtió en un gran símbolo catalanista (no solo para los nacionalistas, sino para todos los catalanes) y, a la vez, en una máquina comercial que trasciende las fronteras de Catalunya, de España y de Europa.

A muchos catalanes les gustaría tener su propia selección de fútbol y competir como un país más en las competencias internacionales. Por eso, para muchos, el Barça es lo más parecido a una selección nacional y también por eso el festejo de hace un par de semanas fue mundial.

Ahora los catalanes están planeando sus vacaciones, mirando con ironía a los demás españoles, sabiendo que la posible derrota de esa selección (en la que juegan varios catalanes) no les afecta en lo más mínimo. El otro día un amigo catalán me dijo:
­ Se terminó el fútbol hasta septiembre.
Más allá de conocer y comprender estas internas de España (que no es un solo país, como nos enseñaron en la escuela), la frase me dejó atónito. Imaginé las calles de Buenos Aires repletas de banderas y el rumor de las conversaciones, de las estrategias, de las velas encendidas y de los amuletos que lleva cada uno el día del partido.

Volví a mi casa y abrí el placar. Hacía calor, pero eso no me impidió que me pusiera mi camiseta de Argentina de manga larga, y me senté frente al televisor a esperar que comience el Mundial.


posted by Mori Ponsowy at 9:54 a.m. 0 comments

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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