viernes, junio 16, 2006
|
|
Eva María se fue
|
por Beatriz Vignoli
(a Carlos Álvarez)
Debo respirar. Aunque el pecho se me haya convertido en una losa pesada y fría, debo respirar. Tengo que conseguir que bajo las cobijas que me ha dado la encargada de la pensión, entre estas sábanas limpias, mi cuerpo recupere la serenidad necesaria para dormir, virtud que poseen en gran medida los animales... cuando están tranquilos, claro. En este momento soy un animal asustado. Fui, hasta ayer nomás, la mujer más poderosa de Sudamérica. Hoy, esta noche, soy un animal asustado. Debo dormir. Lo he perdido todo, menos a mí misma, y debo dormir, como sea. Mañana me levanto temprano. Mañana tengo que salir, radio por radio, agencia por agencia, a buscar trabajo. ¿Qué diré cuando me pregunten cómo me llamo? ¿Daré mi verdadero nombre, diré: "Eva Duarte"? No, no "de Perón", claro, ya no, eso no más, nunca. Soy Eva. No quiero mentir mi nombre. Eva, no Evita. Es extraño esto que medito en mi desvelo: yo era la primera dama y era Evita, ahora soy cualquier mujer y mi nombre es Eva. ¿Es que tuve que empequeñecerme para estar al lado del poder y disfrutarlo, y ejercerlo a mi modo, a mi modo humanizado y sentimental? Digo: "Soy cualquier mujer" y no: "No soy nadie". Lo segundo sería contradictorio con el pensamiento justicialista que sostuve hasta ayer. Pero... ¡qué tranquila me sentía mientras los "cabecitas negras" fueron los otros! Los "grasitas" siempre eran "ustedes"... No, no es que haya traicionado mi pensamiento; es que ya no sé ni lo que pienso. Ahora la grasa soy yo. Y tengo miedo. Sobre mis costillas reposa un camión. Alguien cerró una esclusa sobre la boca de mi estómago. Esta ha de ser la famosa angustia, la angustia de muerte de la que tanto hablaban mis heroínas en los radioteatros. No soy la heroína de nadie, me he caído de la historia. Envidio los ronquidos de la sirvienta de la cama de al lado, en la parte ajena de la pieza. Dormite, Evita. Es una orden. En mi sueño, El General no era ningún cavernícola y sabía cómo tratar a una dama (¿alguien sabrá de esta infidencia? ¿Lesiono el prestigio del Conductor?). En el sueño, yo no me escapaba de la Casa Rosada. Que no era tal, sino un dorado templete egipcio. Éramos reyes egipcios, él y yo, expuestos a la adoración del pueblo. Del pueblo egipcio, claro. Yo me llamaba Nefertiti. Y mi marido, él sonreía con su sonrisa de siempre, con esa sonrisa que cuando brillaba sobre mi cara era para mí tan natural como la luz del sol. ¿Cómo describirla? ¿Cómo una boca que se curvaba tiernamente para arriba por una sola comisura como un mocasín chancleteado, mientras los ojos se entreabrían y se entornaban, chinescos, un visillo refulgente de calor de hogar en la mueca del visir? ¿Cómo contar lo que esa sonrisa me decía, a mí, solamente? Esa sonrisa -la parte que a mí me estaba reservada de ella- ha muerto, ha muerto para siempre; sólo yo lo sé. "Vendé las joyas, Negra", me decía su voz en el sueño. Me despiertan unos golpes en la puerta. Podrían ser unos enviados de mi marido El General, pero él ya no me quiere, y no enviará a nadie por mí. La encargada ruge mi nombre de pila en un acento español. Con la luz vuelve a mí la sensación del peso que me aplasta. Lo que pesa sobre mí, curiosamente, es la nada. Me pesa la nada: ¿está bien dicho esto? ¿Se dice así, "me pesa la nada"? Tengo las joyas. Me aterra y me alegra a la vez pensar que alguien, anoche, pueda haberme delatado con una simple llamada telefónica a través del Río de la Plata. -Levante-sé -ruge la encargada, acentuando la palabra de dos maneras, las dos orillas del Atlántico en su propia forma de pronunciar el castellano. Ahora me dan órdenes. Qué raro es todo. Estos montevideanos han tomado mi presencia con total naturalidad. Toda esa avenida que resuena a nuestros pies, según me informarán más tarde durante el desayuno, se llama la Dieciocho de Julio porque ese es el día de la independencia del Uruguay (yo ya lo sabía, de los protocolos. Pero lo había olvidado). -¿Qué te pasó? ¿Te peleaste con Perón? -me pregunta una cocinera negra que nos ha traído una inmensa pava de fierro (el caldero, le dicen acá) llena de mate cocido. El comedor huele a sopa rica, al caracú de los pobres, desesperados por alimentarse para poder vivir. Por toda respuesta, sopo en mi tazón de mate una tajada de pan casero fresco. El sueño es esto, este comedor de paredes grises lleno de mujeres jóvenes y viejas, blancas y negras, de batones floreados y pelos recogidos con redecillas; el sueño son esta mesa de madera y este mantel cuadrillé de percal. Si el sueño es esto, ¿ser reina egipcia era la realidad? "Juan -le diría yo a él, si estuviera-. Te quise y te quiero, pero éramos vos o yo. Para quererte, tenía que odiarme a mí misma", le diría, y mis palabras caerían como sobras en el hueco metálico de su desprecio. ¿Qué diré? ¿Qué diré de mí? ¿Qué teatro, ahora, habrá de salvarme?
(Rosario, 2 de septiembre de 2000. Publicado en "El Eslabón".) |
posted by Mori Ponsowy at 3:48 PM

|
|