Goma de borrar
 
jueves, junio 29, 2006
JUSTINO

Al pasar por la puerta de la sala, Justino, el jardinero, encogía los hombros para no molestar. Era uno de esos hombres que parecen ser flacos por convicción. Arrugaba el ceño blanco y fino como quien dobla un pañuelo. Apretaba los labios, degustando su silencio. Justino, el jardinero, se avergonzaba ligeramente cada vez que lo invitábamos a almorzar con nosotros, en la misma mesa que toda la familia, y uno comprendía que nuestra amabilidad lo ponía en un compromiso: si aceptaba, podría parecer aprovechado o ?peor aún? famélico; pero, si se negaba, parecería descortés. Entonces, afligido, Justino aceptaba. Deslizaba su asiento por detrás de la espalda, las patas de la silla flotaban casi, y uno podía imaginar cómo de joven tuvo que ser buen bailarín. Que tengan buen provecho los señores, pronunciaba en voz baja, y en ese susurro había un afecto laborioso. Para no darnos una mala impresión precipitándose sobre el plato ni tampoco importunarnos con ninguna demora, Justino comenzaba siempre el último y terminaba el primero. Tampoco mucho antes. Dos, tres cucharadas.
Al principio le servíamos raciones abundantes: lo estimábamos y sabíamos de su duro trabajo, de su empeño al rasurar los arbustos, podar cada rama o regar nuestro césped infinitesimal. Procurábamos llenarle el plato, pero empezamos a disminuir las raciones cuando observamos que Justino se dejaba más o menos un cuarto. Entonces dimos las instrucciones pertinentes a la criada y, a partir de aquel día, las raciones de Justino empezaron a ser como las de los niños o incluso algo más escasas. Lo que nos preocupó fue comprobar que en sus platos bien rebañados, invariablemente, aún permanecía un cuarto de ración intacto. Nos llamaba la atención que Justino fuese hombre de tan poco apetito. Pero su esmerada flaqueza y sus ademanes transparentes nos convencieron de que, para no incomodarlo, las porciones debían ser todavía más pequeñas. Como quiera que Justino perseveraba en consumir tres cuartas partes de lo que le servíamos, nosotros, deseosos de hallar su medida exacta, seguimos reduciéndole el almuerzo hasta manchar apenas el plato con tres o cuatro máculas de legumbre.
El último mediodía que pasamos con Justino fue en apariencia igual a los otros y, sin embargo, supe desde el principio que nada sería idéntico. Su débil arrastrarse. Su voz un tanto desganada. Incluso los bordes no del todo impecables de nuestros abetos, todo me hizo temer por él y sus discretísimas cucharadas. Se sentó como siempre, eso sí, haciendo que la silla pareciera ingrávida, susurró un "que tengan buen provecho los señores" con una voz de lámina y esperó su ración juntando las manos. Unas manos ágiles, huesudas, pulcras: como un par de tijeras. Por no perder la buena educación, pese al aroma tenso que rodeaba la mesa, le hice a la criada una señal para que comenzase a servir. Cuando vio cómo la solitaria y diminuta lenteja se posaba en el centro de su plato hondo, Justino se levantó con parsimonia, pidió permiso para retirarse y no volvió por casa jamás nunca.

posted by Mori Ponsowy at 8:54 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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