Goma de borrar
 
miércoles, julio 26, 2006
ALGO SOSPECHOSO EN ESA ESQUINA

Por Alejandra Laurencich

Atardecer de otoño. Una luz cobriza se filtra por las últimas hojas de los plátanos que bordean la calle Víctor Hugo, casi en el margen de la Capital. Dejo esa bucólica imagen y me pongo alerta. Me dirijo con el auto hacia el cruce de Beiró. Una esquina caótica a esa hora de la tarde. Una esquina donde ganar un centímetro de recorrido equivale a asegurarse el cruce en un plazo razonable. No hay privilegios para peatones, ni señoras embarazadas, ni viejos con bastón. La semana pasada un grupo de vecinos tomó la calle para impedir el desvío de los colectivos que quieren evitar esa esquina. Pero hoy no hay vecinos, tampoco amontonamiento de vehículos, ni bocinazos o insultos. Tengo la impresión de haberme equivocado de calle. Observo por delante del auto que me antecede para corroborar que sea el mismo cruce que atravieso a diario. Sorpresa: un policía dirigiendo el tránsito. ¿Y esto?, me digo, incrédula. Me acomodo en la butaca y lo miro. Me gusta verlo. Como sacado de una de las estampas de Los niños buenos, de la vieja editorial Colorín, esos libros que andaban dando vueltas por el desván de casa a finales de los 60, ilustraciones de niños con pantalones cortos y jopito engominado, madres con delantal de volados y zapatos de taco sacando un pollo del horno, mientras el papá fuma la pipa y lee el diario. Otra época. Miro los brazos extendidos del agente de tránsito, esa es su función ahora, por lo tanto así lo nombro, con orgullo casi, o alivio por poder nombrarlo en una función necesaria y estimable. Él nos hace gestos seguros para que aguardemos el paso de los vehículos que transitan la avenida. Un orden sano y lógico. Un policía, un agente de tránsito, llevándose el silbato a la boca, extendiendo las manos, abriéndolas en un gesto de autoridad. Nos da paso ahora. Muy bien, avanzo. Le sonrío y me siento obsecuente al hacerlo. Por qué. ¿No es normal la confianza, no es inherente al ser humano, no es su estado natural? Sigo manejando y contra esta sensación de haberme pasado al bando de los fascistas, percibo la otra, la del sosiego, como después de haber olido un ramo de jazmines en diciembre, la humanidad vuelve a ser comprensible y bella, al menos por un rato. El policía ha quedado atrás, igual que mi sonrisa y mis ganas de decirle, como le decía el nene de pantalones cortos en la estampa del libro: Señor agente, estoy perdido, me podría indicar cómo llegar a mi casa. A la casa donde se sirve el pollo con papas, donde los niños guardan su libreta de ahorros en cajitas de madera, donde para jugar a la perinola por diez centavos se cierran las cortinas que dan a la calle; al país de los campos de trigo, de las heladeras Siam. Cuánto nos quitaron, pienso, cuánta inocencia. Recuerdo aún, por contraste, el día que mi hijo menor, con sólo dos años, se negó a pasar delante del policía que hacía su guardia tranquilamente en la vereda del kiosko. Qué daño irreversible sobre una conciencia virgen. Mi hijo tiene inculcado el terror irracional a los uniformes y quizá lo hereden sus hijos. Cada policía será para mis descendientes un sinónimo del mal. Cuántos años necesitaremos para volver a confiar en ellos, para que al verlos así, dirigiendo el tránsito en una esquina caótica podamos sonreír sin suspicacia, sin sentir que hemos entregado el alma al enemigo.

posted by Mori Ponsowy at 9:11 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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