Goma de borrar
 
martes, agosto 29, 2006
EL BRASIL DE LOS SUEÑOS

Por Alejandra Laurencich

Miro la pantalla de los arribos anunciados en la estación de micros y confirmo que el que trae a mi hijo de su viaje de egresados, llega a la plataforma19 en un cuarto de hora. Camino hacia la zona indicada haciendo tiempo, acomodándome el pelo frente a las vidrieras, deteniéndome en los locales que promocionan destinos fabulosos a precios accesibles. En uno de ellos, un afiche me llama la atención. Me acerco. ElBrasil de los sueños dice, y la fotografía muestra una playa de arena blanca lamida por el mar increíblemente azul. Una hamaca de hilo trenzado cuelga entre dos palmeras. Me quedo mirando la hamaca y no necesito cerrar los ojos para que otra imagen se superponga a esta. Una postal recibida hace treinta años. El cartero la había traído en un sobre con los bordes verdes y amarillos. El destinatario era mi hermano mayor; corrí a llevársela a su cuarto. Dentro del sobre y junto a la postal con la hamaca había una fotografía. Una chica en bikini, con un collar de caracoles. Los dientes blancos, en una sonrisa que traté de imitar durante años. Mi hermano le dio un beso a la foto y se quedó mirando el paisaje de la postal.

-Buscá el mapa de Brasil- me dijo- así te muestro dónde queda el paraíso.

El mapa desplegado ocupaba todo un pedazo grande de la mesa del comedor. El continente americano en colores. Brasí-aal. Mi hermano había pronunciado el nombre así, con una l rara, de boca abierta, como si la lengua se le colgara del paladar, y se había ido bailando a ducharse, moviendo las caderas, diciendo algo sobre el meu amor, la felicitachi. Yo tendría unos ocho o nueve años, y nunca había visto a mi hermano mayor tan contento.

Volví a fijar la mirada en el mapa. Brasil se veía enorme. Y en el centro de ese país gigante una mancha verde oscura. En el colegio, la maestra nos había dicho que esa mancha era el pulmón del planeta. Al costado del pulmón donde se leía Mato Grosso, y cerca del borde en el que empezaba el celeste del Océano Atlántico, mi hermano había dibujado un corazoncito para señalarme una ciudad. El mismo nombre que tenía la postal. Por la tele habíamos visto el carnaval, hacía poco, toda la familia sentada frente al desfile del Sambódromo, como le llamaba en las historietas Isidoro Cañones, el playboy mayor de Buenos Aires.

-Ahí está su hermano, chicos- nos decía mamá señalandola pantalla y todos intentábamos encontrar su cara pecosa entre tanta pluma y tanta sonrisa, entre el dorado de las carrozas y la alegría de esa gente que bailaba sin parar.

-Brasil es inmenso, vieja- le había dicho papá-. ¿Sabés a cuántos kilómetros de Río queda la playa donde está tu hijo?

Ahora que yo miraba las dos ciudades en el mapa, veía que papá tenía razón. Traje la regla. Río de Janeiro quedaba a unos ocho centímetros del corazoncito que mi hermano había dibujado. Y después Brasil seguía por todos lados. Ocho centímetros. Argentina, de punta apunta, medía un poquito más que dieciséis. Y eso que decían que Argentina era un país inmenso, lleno de posibilidades. Oía la voz de mi hermano cantando bajo la ducha: Quin mi insenó a nadaaaaaar, quien miinsenóa nadaaaaar, foooooi, fooi marinero, foi los peyiñusdu maaaaar. Pensé que a lo mejor era ese pulmón lo que cambiaba a la gente que pasaba por Brasil, lo que les ponía ese brillo en los ojos. El aire sería algo mágico ahí. Todos esos árboles juntos, lianas como las de Tarzán, animales y pájaros de colores, el aire tendría notas musicales que se desparramaban por todos lados. La gente volvía de Brasil enamorada. La gente ahí, en esas ciudades, aprendía a bailar, y a reírse mostrando todos los dientes.

La voz por los altoparlantes anuncia el arribo del micro a la plataforma 19. Me apuro hacia allá mientras pienso dónde habrá quedado ese mapa con el corazoncito dibujado. Treinta años desde aquella mañana. Cuánto necesitaría ahora mi hermano de esa alegría. Dejar todos los compromisos y sumergirse en alguna de esas ciudades del Brasil, para volver a reír, a cantar bajo la ducha. Cuánto necesitaríamos todos respirar ese aire embriagador que debe seguir exhalando el pulmón del planeta.

Llego a la plataforma 19 cuando arriba el micro que trae a nuestros hijos del viaje de egresados. Saludo a algunos padres que conozco. Todos estamos ansiosos por verlos bajar, por abrazarlos.

-Van a venir muertos de cansancio- dice alguien a mi espalda.

-No, qué cansancio. Brasil te da energía para rato- le contesta otro, y estoy a punto de darme vuelta para encontrar al dueño de esa voz, pero justo descubro la cara de mi hijo detrás de un vidrio.

Me saluda radiante, con la mano extendida. Se ríe con esa risa inmensa que contagia Corro hasta la ventanilla y lo miro a los ojos. Entonces no me quedan dudas. Lo sé. Él también va a cantar bajo la ducha. Él, a sus diecisiete años, ya conoce dónde queda el paraíso.

posted by Mori Ponsowy at 9:06 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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