Goma de borrar
 
viernes, septiembre 15, 2006
Animales nocturnos

Por Beatriz Vignoli

-¿Estás bien? -preguntó el Irlandés mientras hacía esfuerzos desesperados por limpiar la cerveza que acababa de volcársele.
-No te asustes, ya es mi cara así -contestó el Hombre Topo desde el otro extremo de la mesa cuadrada del café.
A esa hora, el lugar, que a mediados del siglo había sido una de las confiterías tradicionales de Buenos Aires, estaba casi vacío. Afuera, más oscura que la noche, estaba la avenida inmensa. La surcaban como balas trazantes autos zombis, que desaparecían aullando en las tinieblas.
El Irlandés observó la cara barbuda del Hombre Topo. Notó que sus ojos estaban más pequeños y opacos que antes, más oscuros y espesos que cuando todavía trabajaba con él en el diario. "¿Le quedará alma?" se preguntó el Irlandés mientras arrastraba por sobre la madera aún húmeda, empujándolo despacio hacia el otro extremo de la mesa, y deteniéndolo aproximadamente en la mitad, el grueso sobre manila que el Hombre Topo había estado aguardando con ansiedad casi insomne durante las últimas dos semanas.
-Gracias, gracias -musitó el Hombre Topo sin levantar la vista del sobre, en el que alcanzó a leer el nombre completo del Irlandés, innecesariamente tachado con un solo trazo de birome, y su propio nombre escrito apresuradamente con la misma birome, como queriendo compensar el canje de autorías que ahora, con la complicidad de ambos, se daba en la página cultural del diario. No era milagroso que siguera escribiendo: era lo que le permitía respirar.
-Espero que no te ofendas -dijo el Irlandés.
-Soy el Hombre Topo -dijo el Hombre Topo.-No podría ofenderme.
Su garra derecha vacilaba entre guardar el sobre cerrado, o abrirlo primero, para contar su contenido ni bien el Irlandés fuese al baño. Temía ofender al Irlandés si contaba el dinero delante de él. Hubiera preferido que todo fuese legal, y usar un banco.
-Mejor así, mejor así... -canturreó El Irlandés, y sus parpadeantes ojos grises se enrojecieron. Luego gruño en un castellano casi ininteligible:- Sos el tema central de todas mis confesiones últimamente, por si te sirve de algo saberlo.
-¿Confesiones? -se alarmó el Hombre Topo.
-Soy católico -explicó El Irlandés, ruborizándose. Luego se echó hacia atrás en su silla y sacó del bolsillo delantero de su pantalón un pañuelo arrugado, a cuadritos, que tenía unas manchas color herrumbre. Con eso se limpió la espuma de cerveza volcada que le quedaba en los dedos. El Hombre Topo apartó la vista de la mano rojiza de El Irlandés que volvía a guardar esa cosa amorfa y mojada adentro de su bolsillo; miró alrededor, tratando de percibir el ambiente, pero también le resultaba repulsivo. Para su gusto, era demasiado indigesto el contraste entre la contemporaneidad de la escasa clientela y lo decadente del entorno, con su mezcla de plantas colgantes artificiales taiwanesas y detalles de decoración que fueran audazmente modernos en la época de la orquesta de Ray Conniff: un acolchado de cuerina marrón sostenido por tachuelas de bronce a lo largo de todo el balcón del entrepiso, o una mampara de acrílico anaranjado calada en alegres círculos de diferentes medidas, relegada por la última remodelación al lugar más cercano a la cocina.
Cuando descubría esos detalles, al Hombre Topo lo invadía un modo particular de la nostalgia del siglo pasado: no podía evitar tratar de imaginarse qué clase de gente, cuánto tiempo atrás, los hubiera celebrado como novedades. Existía una relación inversamente proporcional entre lo eufórico del detalle y la tristeza que a él le producía. Un mapamundi multicolor, construido con trocitos de vidrio e iluminado desde atrás por lámparas invisibles, podía sumirlo en una amargura insondable. Comprendía entonces el Hombre Topo que todos los habitantes actuales de la ciudad usurpaban, sin saberlo, un espacio saqueado, hecho de ruinas de templos construidos por una civilización anterior, para la cual todo esto tenía sentido y además había sido divertidísimo. Desolado, el Hombre Topo se preguntaba qué clase de catástrofe podía haber aniquilado a aquellos seres felices, dispersando a los sobrevivientes en una diáspora sin retorno; creía saberlo, pero estaba acostumbrado a no hablar de eso. Y justo cuando había empezado a hablar, sobrevino este otro silencio, más espantoso aún.
-Soy un desastre sirviendo -dijo El Irlandés, mientras hacía desaparecer las últimas pruebas materiales de lo que acababa de afirmar.
Tarde para ayudarlo, llegó un mozo de casaca verde. El Irlandés le pidió más servilletas.
Casi como en un acto reflejo, el Hombre Topo cubrió los datos garrapateados en el sobre con su garra derecha, que todavía escribía, pero que de tan oscura y nudosa empezaba ya a parecerse a una raíz. Al descorrerla, leyó con la vista la dirección del diario. Le dolió el corazón al recordar que, no hacía mucho, él había dado esa dirección como propia. Por eso no le molestaba recibir del Irlandés un sobre reciclado. Era una de las cosas que él más extrañaba de la oficina de redacción del diario. Después de hora, cuando ya se habían ido todos los compañeros menos el Irlandés y él, el Hombre Topo revolvía la basura de los escritorios ajenos en busca de sobres de algún papel que sirviera para dibujar, mientras el Irlandés le leía los juegos de palabras, los retruécanos y los anagramas que sólo él descubría hojeando los cables. Después, a veces, salían a beber. El Hombre Topo evocaba esos modestos placeres de medianoche al recuperar juntos a El Irlandés y a un sobre manila usado. -Es como si a un exiliado le llevaras dulce de leche -trató de explicar.
-Vos no sabés todavía lo que es estar exiliado- contestó el Irlandés con repentina frialdad.
Al fin, el Hombre Topo optó por guardarse el sobre en un bolsillo interno de su parka y subir el cierre relámpago hasta arriba, ocultando de la vista de El Irlandés la desagradable línea vertical de mugre que subía por un borde de su interior anaranjado. Supuso que podría abrir el sobre en el baño, antes de despedirse de El Irlandés; podía pedirle cuentas si algo faltaba, y, si todo estaba bien, no habría ostentado ninguna desconfianza.
Después estaba el otro peligro, el de los robos y asesinatos; pero no arredraban al Hombre Topo, cuyo aspecto ya asustaba a los maleantes.
-Creo que estoy perdiendo todo rasgo humano -declaró, súbitamente trágico, mesándose, con uñas sucias de tierra, el copete entrecano de crenchas que le había crecido en medio de la cabeza y se inclinaba hacia atrás.
-Pero en serio, che, ¿estás bien? ¿Tenés espejo donde afeitarte?
-Por mí no te preocupes. Ya soy una especie de animal kafkiano.
-Ya veo, ya veo: un Gregorio Samsa de las pampas. Se transforma primero en mulita, después en charango...
-¡Mitad tronco, mitad animal! -bromeó el Hombre Topo. Rieron.
El Irlandés sirvió más cerveza.
-Te vendría bien una mujer -dijo.
-¿Una qué? -preguntó, en broma, el Hombre Topo.

posted by Mori Ponsowy at 8:51 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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