Goma de borrar
 
miércoles, noviembre 22, 2006
CAPÍTULO DOS

El martes, después de que Susana se va, Enrique se levanta de la cama, cierra con llave la puerta de la habitación, se desnuda y vuelve a acostarse. Las sábanas son suaves, mucho más que las que él usa en el sillón. Hunde el rostro en la almohada y respira el olor de ella. Se cubre hasta la cabeza con la cobija, cierra los ojos, busca el lugar donde el perfume y el sudor de Susana se sienten con más intensidad. Lleva la cuenta exacta de cuántos meses, cuántos días, cuántas horas han pasado desde la última vez que hicieron el amor. Aún así, vive simulando que todo está bien y que la vida que llevan es normal, pues está convencido de que desde el momento en que él le hable de sus sospechas, todo habrá terminado. Después, ya nada podría evitar que Susana se fuera. Una vez dichas, las palabras no pueden ser borradas. Por eso, incluso cuando dejó de dormir con ella en esa misma cama, lo propuso como algo natural. Le dijo que lo hacía para que los dos pudieran dormir mejor, porque a ella le molestaban sus ronquidos. Pero la verdad era que él ya no había podido seguir durmiendo a su lado, conteniendo su deseo y su dolor, sabiendo que una vez tras otra ella lo rechazaría.

Bajo las sábanas, se pregunta dónde estará ella en este momento. No cree en el taller de escultura al que dice ir todos los martes. Si fuera cierto, no regresaría con las manos tan limpias, las uñas tan pulidas y perfectas como cuando se va. La noche anterior él no había podido dormir. Hoy Susana se iría temprano, quién sabe a dónde, con quién. Enrique se había levantado varias veces de madrugada para ir a hablarle, para pedirle que fuera bondadosa, que tuviera piedad de él, que no siguiera haciéndolo sufrir de esa manera. Había logrado contenerse hasta casi las seis y, entonces, sabiendo que ya faltaban pocos minutos para que ella se levantara, la había ido a buscar. Para acariciarla, solamente, pare recordarle que la quería. Con la esperanza, tal vez, de que ese gesto suyo silencioso la hiciera cambiar de idea y quedarse en casa. Pero, una vez más, ella lo había apartado, se había ido a bañar, y él se había quedado solo en la cama, sintiéndose insignificante. Lo mismo le sucedía cada vez que ella clavaba en él sus ojos. Los mismos ojos que hace años lo habían mirado brillantes y llenos de esperanza, ahora lo miraban de una manera tan distante que hacían que algo dentro de él se encogiera. Poco a poco y con cada mirada de ella, Enrique sentía que se iba haciendo más pequeño. Si Susana seguía sin amarlo, un día él acabaría desapareciendo, convertido en nada, tragado por su desamor.

Nunca pensó que acabaría siendo un cornudo. Se lo habían dicho, más de una vez. Hasta la insolente de Inmaculada se lo había dicho antes de que se casaran: quien se acuesta con niños, amanece mojado. Él no lo había querido creer. Cuánto esfuerzo le lleva ahora aparentar que no sospecha nada, que no sufre, que todo está bien. Cuánto esfuerzo caminar erguido por la casa, sonreír durante las comidas, hablar de política, contar cosas sobre su trabajo como al pasar. Cuánto le cuesta contenerse para no hablarle a Susana de todo esto, para no contarle sus dudas, sus sospechas, el miedo inmenso que tiene de perderla. Durante años ella ha sido su mujer y su mejor amiga. Ahora, él ya no tiene en quién confiar. A veces quisiera decírselo todo para hacerle ver que no es el imbécil que ella cree que es. Pero piensa que, al final, su esfuerzo y su silencio habrán valido la pena: si ella tiene un amante, lo mejor es esperar a que se le pase el entusiasmo. Porque se le va a pasar, está seguro, ella no puede haber dejado de amarlo. Lo que sucede es que está confundida. Es joven y él ha sido su único amor. Era previsible que algún día ella se preguntaría si había hecho bien en casarse con él, si acaso no se habría perdido algo importante estando con el mismo hombre ?un hombre mayor- desde sus veinte años. Él puede entender todo esto y por eso prefiere no decir nada, que ella sola se dé cuenta de que nadie podrá entenderla como él, de que nadie podrá amarla como la ama él.

Ya no siente su perfume. Se destapa y voltea la almohada, pero también se ha esfumado de ahí. Entonces va al baño, levanta el pijama de Susana del piso y se lo acerca a la nariz. Está impregnado de su olor y esa presencia de ella hace que cada músculo del cuerpo de Enrique se contraiga dolorosamente. Vuelve a la cama y se cubre el rostro con el pijama. Es un pijama blanco, de algodón. A través de los ojos entrecerrados adivina las nubes celestes estampadas en la tela. Parece el pijama de una niña, pero es el de su mujer. La misma mujer que tal vez en este preciso momento esté desnudándose para otro hombre. ¿Cómo puede ser que ella, ahora fría y callada, sea la misma que antes moría de amor por él? Le parece imposible que Susana ya no lo quiera. ¿Acaso no tiene motivos suficientes para estarle agradecida? Gracias a él se había atrevido a dejar la medicina para dedicarse a la pintura. Gracias a él había descubierto que tenía talento y que podía vivir de su trabajo. Si ahora ya no logra pintar ninguna otra cosa más que esa puerta una y otra vez se debe, precisamente, a que no le conviene el hombre al que está viendo, quienquiera que sea. Si ella estuviera feliz, tendría que poder pintar. Quizá debería procurar hablarle sobre esto. No sobre sus sospechas, pero sí sobre su pintura. Al fin y al cabo, había sido eso lo que los había acercado. Hablarle con delicadeza para no espantarla. Encontrar el tono adecuado para romper su encierro. Sí, eso haría. Cuando ella regresara, la invitaría a cenar afuera. La esperaría bañado, con la camisa a rayas que ella le había regalado una Navidad y que tanto le gustaba. La llevaría a su restaurante preferido. A ella le haría bien hablar de su dificultad para pintar. Tener un amigo a quien contarle su falta de inspiración. El encanto de un nuevo amor es siempre pasajero. Lo que vale es la confianza, la intimidad. No puede dejar que también eso se pierda entre ellos. Qué importa que Susana no quiera acostarse con él, si logra mantenerla cerca. Ella lo necesita tanto como él a ella. Tiene que encontrar la manera de hacérselo notar. Sola, ¿a dónde iría a vivir? ¿Cómo podría mantenerse, ahora que nadie quiere sus cuadros?

Decide que hoy no va a ir a trabajar. Ni mañana tampoco. Llamará a la clínica diciendo que está resfriado. Tiene ganas de quedarse en casa. Quiere estar cuando Susana vuelva. Al principio, no les alcanzaba el tiempo para estar juntos, ella siempre le pedía más. Él debería empezar a hacer dieta, quizá. Hoy mismo se va a cortar el pelo. Se saca el pijama de arriba de la cara. Son las ocho. Hora de levantarse. Inmaculada debe estar por llegar y no conviene que lo encuentre ahí.

(De "Los colores de Inmaculada", a la venta en Fedro.)

posted by Mori Ponsowy at 8:35 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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