Goma de borrar
 
miércoles, diciembre 13, 2006
"Formación Hospitalaria" de Marina Serrano

(Este es el texto que leí anoche para la presentación del libro de Marina Serrano. Fotos de la fiesta que siguió después, acá. Buenísima la introducción de Mercedes Araujo cuando habló de una editorial que trate con amor a la literatura y a los autores, que acerque de nuevo la poesía a eso que tiene de rito primitivo, de baile tribal en medio de la noche.)

Una de las cosas que me sorprendió de la Argentina cuando llegué es la cantidad de escritores que hay. La cantidad de libros que se editan. Las librerías en Corrientes abiertas toda la noche. La avidez de la gente por leer. Aún más que eso, me sorprendió y me sorprende la enorme cantidad de veladas, talleres, festivales, encuentros y lecturas de poesía que hay. Es cierto que la narrativa vende más que la poesía. Sin embargo –o quizá por eso mismo- la poesía nos ha inundado. Ha invadido nuestra ciudad y gran parte del país, y se extiende como una telaraña tejida por centenares de voces multiplicándose en progresión geométrica.

Hace tres años en Buenos Aires había ocho o nueve lugares donde se hacían lecturas de poesía todas las semanas. La Dama de Bollini los martes, Zapatos Rojos los domingos... Hoy, hay por lo menos cuarenta y ocho ciclos regulares de poesía. Gente que se junta todas las semanas en un lugar a escuchar poemas de otros. Desde locales famosos a los que van poetas más o menos conocidos, hasta pequeños bares de barrio en donde leen poetas todavía inéditos.

Debo confesar que, por lo general, las lecturas de poesía me aburren. Soy poeta, pero no entiendo la mayor parte de la poesía que se escribe, que se escucha y se publica. Muchas veces me parece que quien lee lo está haciendo en otro idioma. O que se equivocó y en vez de un poema, está leyendo una carta o un telegrama. Nadie lo dice abiertamente, pero –para mi alivio- descubrí que no soy la única a la que le pasa esto. Conozco otros poetas que, después de dos o tres copas de vino, han admitido que les sucede lo mismo.

Al principio, en la época en la que iba a lecturas de poesía con más regularidad que ahora, esto de no entender a mis “colegas” me hacía sentir mal. ¿Seré poeta –me preguntaba- si no logro conmoverme, si no entiendo la poesía de tantos otros? ¿No seré una impostora? ¿No estaré disfrazándome de poeta? ¿Y si soy demasiada poca cosa para calzar esos zapatos a los que aspiro?

Por suerte, existen los mecanismos de defensa y cuando mis dudas se hacían demasiado molestas, tenía a mano un argumento que me reconfortaba. Si en este país hay tantos poetas, es lógico que sólo algunos sean realmente buenos. Este argumento venía reforzado por material empírico contundente: cada vez que iba a una lectura, descubría personas entre el público que, al toparse sus ojos con los míos, hacían la cabeza a un lado, torcían la boca y alzaban las cejas en un gesto aburrido como diciendo: ¡las cosas que uno tiene que escuchar! Admito que yo respondía con un levantamiento de cejas similar, lo cual a su vez seguro los reconfortaba a ellos. Peor que esa mirada fue la sensación de superioridad que empezó a invadirme cada vez que otro poeta leía algo que no me gustaba. Eso me llevaba directamente a la conclusión de que quien leía no era un verdadero poeta. Era un impostor. Estaba disfrazado. En realidad no era una persona sino... ¡un cocodrilo! O Chucky. La verdadera poeta era yo. No aquel que leía esos versos que yo no tenía forma de entender.

Mi asiduidad a lecturas de poesía hizo que me hiciera de algunos amigos. Y entonces descubrí que ellos también eran superiores. Verdaderos poetas y no Chuckys. Después de las lecturas, criticábamos juntos, dividiendo el mundo poético en un ellos -formado por alienígenas- y un nosotros- formado por poetas de una sensibilidad exquisita. Al cabo de un tiempo dejé de ir a lecturas de poesía. Si la verdad estaba en casa, no tenía motivo para salir.

Me quedé encerrada hasta que un día conversando de cualquier cosa, mi hijo me preguntó por qué habíamos venido a vivir a la Argentina. Y entonces me acordé: ¡por la calle Corrientes! Porque aquí hay amor a los libros.

¿Por qué vine? Vine porque este es un país de poetas.

Poetas abstractos, poetas herméticos, poetas narrativos, poetas surrealistas, poetas comprometidos... poetas enamoradas, como las de esta noche. Poetas que me gustan más y poetas que me gustan menos. Poetas a los que entiendo y, otros, a quienes no entiendo tanto pero que, a su vez, son entendidos por muchos lectores que, muy probablemente, no me entenderían a mí.

El día que me di cuenta de eso, mi musculito supraciliar, que es el que levanta la ceja, se me atrofió para siempre.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el libro de Marina Serrano que vengo a presentar? Tiene que ver. No poder subir más la ceja trae algunas consecuencias. La primera es que nos salen menos arrugas en la frente, y eso está bueno. Otra, es que uno aprende que los poemas son como canciones. Y que unas canciones les gustan a unos y otras a otros. Hay quien tararea las letras de Los Piojos, quien prefiere a Sumo, y también está el que muere por Chayanne. No tiene sentido que los seguidores de Sumo critiquen a los de Los Piojos. Lo maravilloso es que haya lugar y gustos para todos. Lo maravilloso es que todos quieran cantar. Pero lo más maravilloso de todo es que de vez en cuando aparece una canción que le gusta no sólo a diez o a cien, sino a miles. Son las canciones que todos cantamos. Dinosaurios, de Charly García. Aquellas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat. Canciones que pueden emocionar más allá de la condición social, la edad o el credo que uno tenga. Y así como pasa eso con algunas canciones, pasa también con algunos poemas de algunos poetas.

Esta noche estoy aquí porque creo que los poemas de Marinita van por ese camino.

Quiero contarles que no presento “Formación Hospitalaria” porque Marina Serrano y yo seamos amigas. Nunca he estado sola con ella tomando una copa de vino, ni un café, ni ninguna otra cosa. No sé cuántos hermanos tiene, dónde nació, ni cómo se le ocurrió dedicarse a la poesía. Estoy aquí porque una noche, en Fedro, la escuché leer algunos de los poemas de este libro, y me emocioné. Me emocioné tanto, que aun si hubiera tenido en buenas condiciones mi músculo supraciliar, no habría sentido necesidad de usarlo.

En una habitación restringida
hay una nena con tuberculosis,
el tipo que se juntó con la madre
le pegó el sida,
a ella y a su hermana.

A él no le importó, a la madre
tampoco.


Él amenaza
con su sangre resentida,
la enfermera no se arriesga,
nosotros
tampoco,
lo esquivaremos varias veces
antes de que termine el día.

La belleza de los poemas de “Formación Hospitalaria” nace del horror. La belleza nace cuando la autora nos cuenta algo que sabemos que está pasando porque lo hemos leído en la prensa o visto en los noticieros, pero nos lo cuenta de un modo nuevo que nos sorprende.

La nena, tosiendo en la máscara, va a morir.
La madre
tomará el bondi a Mataderos y tendrá otros hijos
con ese tipo,
los parirá aquí mismo,
y los traerá después muchas veces
antes de la definitiva.


A los diez años Marina Serrano quería ser una guerrera Ninja. Me lo contó ayer a la tarde por teléfono. Salir en misiones nocturnas sin ser vista, esconderse hasta volverse invisible en las sombras, caminar por los tejados y avanzar por el campo saltando de árbol en árbol sin tocar el suelo. Así que Marina empezó a entrenar, junto con otros cientos de chicos que, como ella, aspiraban a caminar por los tejados y a manejar la espada porque habían visto a David Carradine en la serie Kung Fu. Pero al cabo de unos años, la mayoría de esos chicos dejó los gimnasios, mientras que Marinita siguió entrenando. Horas y horas, seis veces por semana, hasta llegar al quinto Dan que tiene ahora. Hasta llegar a ser dos veces Campeona Mundial de Taekwondo.

No sé si ella será la única, pero no creo que mucha gente haya llegado a la poesía a través del Taekwondo. La cosa es que hace un tiempo Marina decidió empezar a escribir un libro sobre artes marciales. No un libro de poesía, sino un libro sobre la bio-mecánica de las artes marciales. Esto tiene que ver con el análisis de los movimientos, con las palancas que hace el cuerpo, con los tipos de músculos que se emplean. Tiene que ver con encontrar la manera de optimizar el movimiento en las artes marciales y, también, con darle herramientas a los médicos para saber qué ocurre cuando un artista marcial está lesionado. Para poder escribir ese libro y no para ser kinesióloga o poeta, Marinita estudió y kinesiología. Seis meses en cuatro hospitales distintos. En total, dos años, hasta graduarse.

Y es de lo que vio y de lo que sintió en esos hospitales que se nutre “Formación Hospitalaria”. En este libro, Marina Serrano habla de verdades que han dejado de conmovernos. Verdades que de tan sabidas, hemos aprendido a ignorar. Sus poemas parecen de hielo. Fijan escenas de la vida cotidiana de un hospital con distancia y fidelidad periodística, pero al mismo tiempo, con una fuerza lírica que difícilmente nos deje inmunes tras la lectura. A través de los ojos de Marina, la verdad vuelve a importarnos porque nos conmueve.

Hay que ser valiente para escribir poemas así. En una de esas a Marinita la ayudó ser cinta negra. Se necesita valentía para dar testimonio del horror, valentía para denunciar, pero aún más para contar de nosotros aquello que no nos deja bien parados.

Yo esperé, Accervil
entender a los niños con padecimiento cerebral.

Llegué un día temprano, el resto
a tiempo.

Me asignaron algunos pacientes
dos hombres fracturados
una mujer rígida
una postulante a reemplazo de cadera.

Los moribundos eran de todos,
también el machista malhumorado
con secuelas de ACV
que llegaba quince minutos antes del almuerzo.

Los atendía con dedicación,
podría decirse que fueron
rehabilitaciones exitosas,
pero no me sentí más feliz.
Me descubrí
cada día a la espera del receso.
Pensé
en el trabajo rutinario, en el tedio
de la curiosidad satisfecha.


Esperé que pasara
y pasó.

Ya no quise tratar niños
con padecimiento cerebral
ni con ninguna otra cosa.


Estoy contenta de vivir en un país donde haya tantos poetas. Que cientos de personas escriban versos significa, tal vez, que hay muchos con una sensibilidad especial. Pero lo mejor de vivir en un país así es que cuantos más poetas haya más probabilidades hay de que de vez en cuando aparezca alguien, como Marina Serrano, con capacidad para conmover no a unos pocos que hablen un lenguaje particular, sino a los muchos que somos todos.

Robert Frost pensaba que la labor del poeta era escribir de manera tal que cuando la gente lea pueda identificarse con lo leído, sentir que ellos sienten lo mismo que el autor y decir “ah, sí, es verdad: eso lo he pensado yo también.” Marina lo logró. Marina escribe acerca de lo que todos sabemos, pero no habíamos sabido decir. Eso, para mí, es la poesía.

posted by Mori Ponsowy at 10:52 a.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

¿Mensajes? ¿Comentarios?
mponsowy @ yahoo.com



Publicaciones

Enemigos afuera

Los colores de la inmaculada

No somos perfectas

El padre

Marie Howe

Mujeres políticas y argentinas

Manifiesto vital

Notas de opinión

Notas en LNRevista

Aquí y allá

Estante de preferidos

  • "The Corrections" de Jonathan Franzen
  • "Freedom" de Jonathan Franzen
  • "La noche de los tiempos" de Antonio Muñoz Molina
  • "The Fifth Child" de Doris Lessing
  • "1Q84" de Murakami
  • "Ulises" de James Joyce
  • "White Noise" de Don DeLillo
  • "Falling Man" de Don DeLillo
  • "Me casé con un comunista" de Philip Roth
  • "Pastoral Americana" de Philip Roth
  • "Sábado" de Ian McEwan
  • "Kafka en la orilla" de Haruki Murakami
  • "La Mancha Humana" de Philip Roth
  • "Alta Fidelidad" de Nick Hornby
  • "Abril Rojo" de Santiago Roncagliolo
  • "Cómo ser buenos" de Nick Hornby
  • "Matadero Cinco" de Kurt Vonnegut
  • "Desgracia" de J.M.Coetzee
  • "Las cosas que llevaban" de Tim O´Brien

Pelis

  • "El hombre elefante" de David Lynch
  • "Blue Valentine" de Derek Cianfrance
  • "Singin in the Rain" de Gene Kelley y Stanley Doney
  • "The Day the Earth Stood Still" de Robert Wise
  • "Luz silenciosa" de Carlos Reygadas
  • "Gigante" de Adrián Biniez
  • "La teta asustada" de Claudia Llosa
  • "Slumdog Millionaire" de Danny Boyle
  • "Caramel" de Nadine Labaki
  • "Paranoid Park" de Gus Van Sant
  • "Sin lugar para los débiles" de los hermanos Cohen
  • "El arco" de Kim Ki-duk
  • "Volver" de Almodóvar
  • "Nadie sabe" de Hirokazu Kore-eda
  • "De latir el corazón se me paró" de Jacques Audiard
  • "Caché" de Haneke
  • "La promesa" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "El niño" de Jean-Pierre y Luc Dardenne
  • "Una historia sencilla" de David Lynch
  • "Los idiotas" de Lars von Trier
Un enemigo

Arnet, gran estafa

Muchos amigos

Por los chicos

Fedro

Hostería Los Pecanes

Miradapuntoart:arte y diseño

Powered by Blogger

Entrevistas y algo más

Poemas

Otros blogs y sitios amigos

Archivos