Goma de borrar
 
jueves, abril 04, 2013
Más papistas que el Papa

Envidio a los creyentes. De todas las religiones, de todas las ideologías. Tanto los envidio que varias veces, a lo largo de mi vida, he estado a punto de convertirme a alguna otra religión que no fuera la de mi infancia, a alguna ideología de las muchas que prometen un país o un mundo mejor al alcance de la mano. Pero siempre, justo antes del sacramento de iniciación en la nueva fe, he cambiado de idea. A último momento me ha pasado que de pronto veo a mis futuros camaradas o correligionarios tan serios, tan ceñudos, tan convencidos de su propia importancia, tan seguros de sí mismos mientras enuncian sus proclamas, que empiezo a asustarme, a sentirme extranjera en el club al que estoy por pertenecer, a sospechar que no estoy tan convencida como ellos o, mejor dicho, que no estoy convencida en absoluto y que, si he de ser sincera, la verdad es que no quiero formar parte de esa confesión o de ese partido y, mucho menos, que me contagien sus expresiones adustas, su rigidez, esa forma adoquinada que tienen de ser adultos y de sentirse imprescindibles.

Cambio de idea, entonces, no firmo adhesión alguna, no paso por ningún rito iniciático y me quedo, de nuevo, sin un sistema de creencias al que asirme cada vez que el mundo cruje; sin una ideología firme que me diga quién tiene la razón cuando en un mismo país, el mismo día, un diario dice una cosa y, otro, todo lo contrario; cuando en un mismo país el oficialismo se ofusca porque un sacerdote argentino ha sido elegido Papa, mientras miles de personas celebran en las calles, en los bares, en las plazas. ¿Qué celebran?, me pregunto. “Me imagino lo enojada que debe estar Cristina,” dice una señora en un café, desde la mesa que está al lado de la mía, cuando en la tele anuncian que Bergoglio es el nuevo Papa. “¡Le robaron el protagonismo a Cris!” dice un señor que se acerca a la tele para escuchar mejor. Ambos ríen, satisfechos, como si hubieran hecho una travesura. Se me ocurre que quizá celebran el mal humor en que la noticia ha sumido a la Presidente. Empiezan a llegarme mensajitos de texto: “¡Es jesuita: qué bueno!”, me dice una amiga desde Venezuela. “¡Me llena de esperanza!”, escribe un amigo con el que acabo de almorzar. Se me ocurre entonces que quizá celebran que el nuevo Papa no pertenece al ala más conservadora de la Iglesia, sino a una de las más pensantes. Los bocinazos desde la calle se tornan ensordecedores. De un momento a otro, la gente ondea banderas argentinas y vaticanas. “Maradona, Messi, y ahora el Papa,” dice el mozo cuando me trae la cuenta. Y se me ocurre que quizá el mozo y los automovilistas celebran que el nuevo Papa es argentino, convencidos de que los logros de cualquier compatriota, de alguna manera, también les corresponden.

Cuando regreso a casa huyendo de la algarabía callejera, leo en Facebook cómo algunos de mis amigos K elucubran con que el nombramiento de Bergoglio tiene que ver con la estrategia de la Iglesia para frenar a los gobiernos populares del Cono Sur. Al día siguiente escucho a Horacio González decir que “no puede ser” que compañeros del oficialismo celebren la elección de Bergoglio, a pesar de lo cual, horas más tarde, veo a la Presidente emocionada y llorosa cuando saluda a Francisco I. Esa misma tarde, leo a Feinmann decir que ella hizo bien en tragarse un sapo y “adueñarse” de Francisco. Los veo a todos tan convencidos de lo que dicen que acabo sintiéndome totalmente inadecuada y sola con mi sospecha de que nada va a cambiar en nuestro país porque el Papa sea argentino pues, al final, los poderosos siempre tienen sus maneras de arreglar las cosas, de no enemistarse si no les conviene, y de desdecirse de un día a otro si creen que con ello pueden sacar algún provecho.

Hace tiempo leí una historia acerca del Dalai Lama. Probablemente sea una historia apócrifa, pero me gusta pensar que realmente sucedió así. Dicen que ocurrió antes de que ganara el Premio Nobel de la Paz. Viajaba en avión a alguna ciudad de Norteamérica y a su lado iba sentado un joven occidental. Cuando la azafata vino con las bandejas de comida, el Dalai Lama aceptó la suya y empezó a comer con apetito. Entonces, su vecino de asiento le preguntó: “¿Eso que está comiendo es carne?” “Sí,” respondió el Dalai Lama. “Creo que es de ternera. ¡Y está deliciosa!” A lo que su joven vecino, asombrado, contestó: “Pensé que los budistas no comían carne...” El Dalai Lama pinchó un trozo de ternera y, sonriendo, antes de llevárselo a la boca, respondió: “Eso es algo que sólo hacen los budistas realmente serios.”

Recordé esta anécdota cuando me enteré de que Bergoglio, poco después de haber sido elegido Papa, les dijo a los cardenales: “Que Dios los perdone por haberme elegido.” Imaginé a los cardenales riendo pero, a la vez, enmudecidos, al igual que aquel compañero de vuelo del Dalai Lama, sin saber qué contestar. Justamente a ellos, que teóricamente habían sido iluminados por el Espíritu Santo en su elección del nuevo Papa, el nuevo Papa parecía estarles haciendo una broma. Una broma que no sabían cómo interpretar porque rompía sus estereotipos acerca de cómo debían ser las cosas y, al romperlos, los confundía y les creaba desazón e incertidumbre. Desazón que nunca habrá sido tan grande como la que sintió nuestra Presidente cuando se enteró de que el Cardenal a quien catorce veces se había negado a otorgar audiencia acababa de ser nombrado Papa; ni tampoco tan grande como la que sintieron los ultra K cuando a la mañana siguiente de la coronación de Francisco, la ciudad amaneció cubierta de afiches que mostraban las manos de Cristina y el Papa, juntas alrededor del mate que ella le regaló, bajo la leyenda “Compartimos la esperanza”.

“Más papista que el Papa”, dice una expresión popular. Y así ha sido mucho de lo que ha sucedido desde la elección de Bergoglio como Jefe de la Iglesia. Los más ortodoxos de todos los bandos están enfurecidos. El ala más reaccionaria de la Iglesia, por un lado; la más inflexible del kirchnerismo, por el otro. Es lo que suele pasarle a todas las personas que dejan huella: tras ellos, vienen sus inflexibles seguidores, fundan una institución y se aferran a un conjunto rígido de creencias que hace que se sientan dueños y señores de la verdad. Para muestra, dos botones: ¿Qué tuvieron que ver las Cruzadas con las enseñanzas de Jesús? ¿Qué tuvieron que ver los Gulags soviéticos con los escritos de Marx?

Quisiera terminar contando una experiencia personal. Yo estudié en colegio de monjas y en sexto grado tuve un desencuentro con la que nos enseñaba religión. La Hermana Matilde dijo que no ir a Misa los domingos era pecado mortal y que quien muriera en pecado se iba al infierno. En casa, nadie iba a Misa y yo empecé a preocuparme, no tanto por mí, sino por mis padres. Me aterraba la posibilidad de que alguno muriera y se fuera directo al infierno. Entonces le pregunté a la monja qué sucedía si una persona no iba a Misa un solo domingo de su vida, y se moría el lunes. “Se va al infierno,” respondió, sin que le temblara la voz. “¿Aunque haya sido buena toda la vida?”, insistí, temiendo por el futuro metafísico de mis padres. “¡Se va al infierno!” sentenció la Hermana, con esa seguridad omnipotente que exhiben no sólo muchas personas religiosas, sino muchos marxistas, muchos ultraliberales, muchos kirchneristas, chavistas, anti-kirchneristas y anti-chavistas. Esa omnipotencia que, paradójicamente, también destilan muchos ateos que convierten su no creencia en Dios en una religión.

Gracias a la respuesta de la Hermana Matilde –y porque me resultaba imposible quedarme dormida por las noches imaginando a mis padres ardiendo en el infierno de los injustos- soy agnóstica desde los doce años. Debe ser por eso que no tuve manera de compartir ni la alegría de unos, ni el enojo de otros, ante el nombramiento del Papa argentino. Me cuesta confiar en las instituciones y en los líderes –sean religiosos o políticos- que creen tener la verdad en la mano pues la rigidez de sus teorías me parece la antítesis de la libertad de pensamiento.

Creo que la labor del intelectual es ser agnóstico: cuestionar el poder, a los poderosos, y defender los derechos del hombre individual. Las instituciones, los partidos políticos, las iglesias, las corporaciones, los sistemas cerrados de pensamiento, nos llevan a comportarnos de modos que sacan lo peor de nosotros. Sin embargo, no podemos volver a la aldea primitiva, ni acabar con todas las instituciones, así que quizá el desafío radique en encontrar maneras de conservar nuestra humanidad y cultivar la compasión en el contexto de las instituciones en las que transcurren nuestras vidas. El desafío es no ser más papistas que el Papa, ni que nadie. Aunque a veces incomode, aunque a veces los creyentes provoquen una pizca de envidia, no nos dejemos robar la libertad de pensamiento; no sucumbamos a las anteojeras; y, sobre todo, no creamos en ningún credo que niegue la posibilidad de error; en ninguno de los tantos que se proclaman dueños y señores de una sola verdad.

posted by Mori Ponsowy at 6:51 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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