Goma de borrar
 
jueves, junio 15, 2017
RETRATO DE LOS JÓVENES GUERREROS VENEZOLANOS

Les llaman “los guerreros”. La gente los admira. Les llevan comida y agua. Les preparan escudos. Juntan botellas y frascos de vidrio para que ellos hagan bombas molotov. Cuando se cruzan con ellos en las marchas, algunos les dan rosarios. Una amiga mía se dedica a coserles chalecos basados en el mismo modelo del delantal sin mangas que usábamos en primaria. La diferencia entre un chaleco cualquiera y los de los guerreros es que los de ellos tienen relleno para protegerlos de los disparos de la Guardia Nacional y de la Policía Bolivariana durante las manifestaciones. Mi amiga costurera rellena los chalecos con pedazos de alfombra que le lleva otra amiga. 

¿Una alfombra detiene un perdigón?

Los guerreros tienen entre 15 y 25 años. En las fotos se los ve con su armamento improvisado: hondas, piedras, cascos de moto o de andar en bici, anteojeras de natación, escudos caseros de lata o de madera pintados con consignas como si fueran graffitti, pañuelos y remeras que les cubren la boca y la nariz para protegerse de las bombas lacrimógenas. Otra amiga prepara escudos con puertas viejas cortadas por la mitad. Algunos guerreros –no todos- llevan máscaras antigas. Otros van con jeans y el torso descubierto. Tienen miedo y lo admiten. “¿Sabes que estás arriesgando tu vida?” le pregunté a uno de ellos, de diecinueve años. “Claro,” me dijo. “Pero si no llego a ver una Venezuela libre, la verán mis hermanitos.”

¿Sabe lo que vale su vida o acaso es un niño que juega a la guerra?

Algunos de estos chicos son estudiantes universitarios o de carreras técnicas. Algunos tienen cuerpos atléticos y musculosos. A otros se los ve desnutridos. Vienen del hambre. Son cuerpos humanos que dan lástima. Llegan al este de Caracas desde los barrios marginales del oeste donde –hasta hace pocos días- no había manifestaciones pues ahí la presencia brutal de los grupos de civiles armados por el Gobierno disuade de la protesta. Algunos de estos chicos han terminado la escuela en colegios privados. Otros abandonaron la escuela pública hace años. Algunos tienen un hogar. Algunos lo han dejado y deambulan de casa en casa para proteger a su familia pues la policía los está buscando. Otros no tienen casa, ni comida, ni trabajo, ni esperanzas.

“En mi grupo somos ocho,” me dijo un chico de los que luchan en la Plaza de Altamira. “Hay cuatro que no tienen dónde dormir. Necesitamos comida. ¿Tú nos puedes ayudar?”

Cuando empezaron las protestas en serie, en enero de 2014, los líderes eran estudiantes universitarios. Se trataba principalmente de manifestaciones de clase media. Sin embargo, con el paso del tiempo y, sobre todo, a partir de octubre del año pasado, con la suspensión de la convocatoria del referéndum revocatorio, y de marzo de este año, con la disolución de la Asamblea Nacional, las protestas empezaron a cobrar un cariz distinto: las marchas que antes estaban formadas por estudiantes, políticos y gente de clase media, se convirtieron en marchas en las que confluyen todos los sectores. Ha habido un quiebre: ya no son marchas elitescas: hay un pueblo marchando. Un pueblo hambriento. El sueldo mínimo es de veintiocho dólares, pero la canasta básica sale ciento cuarenta y ocho. Con el sueldo mínimo diario no alcanza para comprar una bolsa de pan.

Las marchas son anárquicas. Las suelen convocar los políticos de la oposición, aunque algunas han sido convocadas por grupos de médicos o asociaciones de estudiantes. A pesar de que el llamado siempre ha sido a marchar pacíficamente, nunca se sabe qué va a pasar. La gente acude al punto de partida desde distintos lugares. Durante las primeras horas, encabezan los diputados, la sociedad civil, los estudiantes. El objetivo de muchas de las marchas es llegar a organismos gubernamentales: la Defensoría del Pueblo, el Tribunal Supremo de Justicia. Horas después de caminar, la multitud se topa con tanquetas, grupos de policías armados y unidades anti-motines. A partir de ahí no pueden avanzar. La policía intenta dispersar a la gente con bombas lacrimógenas y chorros de agua a presión. Es entonces cuando los guerreros se abren paso entre la masa. Corren hacia adelante. Y empieza la batalla campal.

La violencia despierta a todos. Despierta a la sociedad civil y al gobierno; a líderes políticos oficialistas y opositores; a la prensa extranjera; a los organismos internacionales; a diplomáticos y políticos de otros países. Tanto la oposición como la sociedad civil apoyan la protesta pacífica: no quieren muertos, ni darle al gobierno motivos que justifiquen la represión. 

“A veces la guardia empieza la violencia, a veces la empieza la resistencia,” –me dijo un guerrero. “Si fuéramos como Gandhi, si no nos enfrentáramos a la dictadura, esto no llegaría a ninguna parte.”

El país está de luto cada vez que uno de ellos muere. Cada vez que uno de ellos muere, el gobierno culpa a la oposición y la oposición a las fuerzas de seguridad del gobierno. Neomar Lander tenía 17 años cuando murió el lunes 5 de junio. Había llegado desde Guarenas, una de las ciudades pobres periféricas a Caracas. La gente lo conocía sobre todo por una foto en la que se lo veía con remera y jeans. Tenía el rostro cubierto y el brazo en alto con una rosa de tallo largo. Tras la rosa se ve el cielo tropical y, también, si uno observa con atención, una botella con una carga de pólvora explosiva. El día que Neomar murió llevaba puesto un chaleco. Un chaleco relleno de alfombra.

“La lucha equivale al futuro de muchos,” había dicho en una entrevista, unos días antes.

Son adolescentes. Y con cada muerto, crece su enojo y su indignación. Van para adelante, dispuestos a dar la vida. Cada grupo actúa con independencia de los otros. Hacen lo que se les ocurre en el momento. No todos están por ahí por las mismas razones. Hay quienes quieren librarse de este gobierno, pero sospecho que la mayoría está ahí porque necesita comer. El socialismo del siglo XXI es lo único que conocen: nacieron con Chávez en el poder, pero ven el mundo a través de sus computadoras y la pantalla de sus celulares. “¿Dónde aprenden a fabricar bombas? ¿Cómo saben de qué manera protegerse?”, le pregunté a uno de ellos. “Estamos en el siglo XXI,” me respondió. “Todo lo que quieras aprender está en Internet.”

Mucha gente los aplaude cuando pasan, les agradecen por protegerlos. “Ellos son nuestros verdaderos héroes,” dice una de mis amigas. Otra dice que esos aplausos le dan vergüenza ajena: “Estos niños están siendo usados por otros que sienten que esta es una manera barata de hacer frente. Es fácil que otros luchen por ti.” Hay quien dice que algunos consumen droga. “Si vas a guerrear vas a guerrear, pero no a consumir,” me dijo uno de ellos. Algunos van con la bandera de Venezuela en la espalda, como una capa. Otros van descalzos. Una médica que los socorre me dijo: “Los hay con caretas y sin ellas, apertrechados o con el torso denudo. Pero cuando llegan asfixiados o heridos al puesto de primeros auxilios, todos tiemblan como hojitas.”

posted by Mori Ponsowy at 4:45 p.m.

About Me

Mori Ponsowy (Buenos Aires, Argentina) ha publicado los libros de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA) y "Cuánto tiempo un día", y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres), "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010) y "Busco un amigo". Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva), y editado los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009).

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